La casa blanca de Tolstói en Iásnaia Poliana, rodeada de árboles

Por dónde empezar a leer a los clásicos rusos sin rendirse en la página diez

Casi todos los lectores tienen en casa una edición de Guerra y paz que nunca pasaron de la página cuarenta. Los nombres con patronímico, los apodos que cambian de un capítulo a otro y las mil páginas pesan tanto como el libro. Y sin embargo, quien entra en la literatura rusa por la puerta adecuada suele quedarse para siempre.

El secreto está en el orden. Empezar por lo breve, ganar confianza con los nombres y llegar a las grandes novelas con el oído hecho. Y elegir bien la traducción: las versiones antiguas, muchas de ellas hechas, según se suele señalar, desde el francés, explican parte de la fama de aburridos que arrastran estos libros.

Antes de empezar

Dos consejos sencillos. Primero, aceptar que cada personaje tiene varios nombres: Rodión Románovich Raskólnikov es también Rodia y Rodka, según quién le hable. Basta una lista en un papel para no perderse. Segundo, buscar traducciones directas del ruso, que hoy abundan en las editoriales españolas.

Un itinerario en ocho pasos

  1. Chéjov, cuentos. La mejor puerta: relatos breves, humor y tristeza a partes iguales. La antología Cuentos de Alba, con selección y traducción de Víctor Gallego, reúne sesenta.
  2. Pushkin, prosa breve. Los relatos de Pushkin son ligeros y fundacionales; sirven para ver de dónde sale todo lo demás. Su relación con España tiene historia propia, como contamos en Pushkin en Granada.
  3. Lérmontov, Un héroe de nuestro tiempo. Una novela corta, moderna y cruel, ambientada en el Cáucaso. Le dedicamos un artículo propio.
  4. Dostoievski, Crimen y castigo. La gran novela de entrada: un crimen, un detective y una ciudad asfixiante. En Alianza, traducción de Juan López-Morillas.
  5. Tolstói, Anna Karénina. Más accesible que Guerra y paz y no menos grande. Alba la publica en traducción de Víctor Gallego; Alianza, en la de Juan López-Morillas.
  6. Bulgákov, El maestro y Margarita. El diablo de visita en el Moscú de los años treinta. En Alianza, traducción de Amaya Lacasa.
  7. Dostoievski, Los hermanos Karamázov. Su obra más ambiciosa, para cuando el lector ya domina los nombres. Cátedra la publica con traducción y notas de Augusto Vidal.
  8. Tolstói, Guerra y paz. La cima, al final del camino. La traducción de Lydia Kúper, editada por El Aleph, es la que suelen recomendar los lectores exigentes.
La casa blanca de Tolstói en Iásnaia Poliana, rodeada de árboles
La casa de Tolstói en Iásnaia Poliana, donde escribió sus grandes novelas. Foto: Alexxx1979 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Por qué este orden

El itinerario sube de lo breve a lo extenso y alterna autores para no agotar a ninguno. Chéjov y Pushkin acostumbran al lector a los nombres y al humor ruso, que existe y es abundante. Lérmontov introduce al antihéroe que luego Dostoievski llevará al extremo. Bulgákov hace de pausa luminosa antes de las dos montañas finales.

No hace falta leerlo todo seguido. Lo importante es no empezar por el final. Quien abre Guerra y paz sin haber pasado antes por Chéjov se enfrenta a una montaña sin botas; quien llega a ella con seis libros rusos a la espalda descubre que lo difícil ya lo ha hecho, y que solo le queda disfrutar de la cumbre.

La iglesia blanca de la Protección de la Madre de Dios en el Nerl, junto a Bogoliúbovo, entre prados

Pokrov: el velo que cerraba el otoño ruso

En las aldeas del norte de Rusia, la mañana del 14 de octubre las muchachas iban a la iglesia antes que nadie. Encendían una vela y, según el dicho que repetían sus abuelas, pedían al Pokrov que cubriera la tierra de nieve y a ellas les trajera un novio. Fuera, los campos ya estaban segados, el grano en el granero y el ganado de vuelta al establo. Ese día, la fiesta de la Protección de la Madre de Dios, el otoño se daba por cerrado.

La palabra lo dice todo. Pokrov es a la vez «protección» y «cubierta», el manto que tapa. Y sobre esa doble lectura, la celestial y la de la primera nevada, la Rusia campesina levantó una de sus fiestas más queridas. Es una fiesta que tiene poco de rusa en su origen y que, sin embargo, en ningún otro sitio se vivió como allí.

Una visión en Constantinopla

La escena original ocurre lejos, en el siglo X, en la iglesia de las Blanquernas de Constantinopla. Durante una vigilia, Andrés el Loco por Cristo, un asceta que vivía como un mendigo, ve a la Virgen avanzar en el aire sobre los fieles y extender su velo sobre ellos. Solo lo ve él y su discípulo Epifanio. En Bizancio la visión quedó como un episodio piadoso más. Los griegos no le dedicaron una gran fiesta.

Fue la Rus la que sí lo hizo. La celebración aparece en el siglo XII, y la tradición la vincula al príncipe Andréi Bogoliubski, el señor de Vladímir que quería una devoción propia para su tierra. A él se atribuye la iglesia que mejor la representa: la de la Protección en el Nerl, levantada en un prado inundable cerca de Bogoliúbovo. La tradición la fecha en 1165, aunque varios investigadores la adelantan a 1158. Blanca, pequeña y sola sobre su colina artificial, hoy forma parte de los monumentos blancos de Vladímir y Súzdal que la UNESCO declaró patrimonio mundial.

Icono ruso del Pokrov de 1399: la Madre de Dios extiende su velo sobre los fieles reunidos en una iglesia
Icono del Pokrov, 1399. Autor anónimo (Wikimedia Commons, dominio público).

Los iconos rusos del Pokrov fijaron la escena con una composición casi fija. Arriba, la Virgen con el velo entre las manos; debajo, la iglesia llena de santos y fieles; en un rincón, Andrés señalando la visión a Epifanio. Es un cuadro de multitud protegida, y esa idea de amparo colectivo explica buena parte de lo que vino después.

La fiesta que pasó al calendario agrícola

El 1 de octubre del calendario juliano, que la Iglesia ortodoxa rusa sigue utilizando, cae hoy en el 14 de octubre. En el campo, esa fecha coincidía con el final real de las faenas. Se cobraban las deudas, se ajustaban los jornaleros, se sellaban las ventanas para el invierno. Si nevaba en el Pokrov, se decía, el invierno llegaría pronto.

Y empezaba la temporada de bodas. Con la cosecha recogida había comida y tiempo para la celebración, así que el Pokrov abría el periodo de los casamientos, que se prolongaba hasta la Cuaresma de Navidad. De ahí las peticiones de las muchachas en la iglesia, y de ahí también el tono de la fiesta, mitad religioso, mitad de feria y casamentera.

La iglesia blanca de la Protección de la Madre de Dios en el Nerl, junto a Bogoliúbovo, entre prados
La iglesia de la Protección en el Nerl, cerca de Bogoliúbovo. Foto: Alexxx1979 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Un manto sobre la Plaza Roja

La idea del amparo tuvo pronto una lectura militar. El asalto decisivo de las tropas de Iván el Terrible contra Kazán empezó el 1 de octubre de 1552, el mismo día del Pokrov, y la ciudad cayó al día siguiente. El zar mandó levantar en Moscú un templo en acción de gracias. Su nombre oficial es catedral de la Protección de la Madre de Dios en el Foso, aunque el mundo entero la conoce como la catedral de San Basilio. El edificio más fotografiado de Rusia es, en el fondo, una iglesia del Pokrov.

Desde entonces la fiesta ha acompañado otras guerras y otras devociones, y las iglesias dedicadas a la Protección se cuentan por miles, de los monasterios a las aldeas más pequeñas. Muchas sobrevivieron como almacenes en época soviética y han vuelto a abrir. La fiesta, entretanto, siguió viva en los refranes, que no necesitaban permiso.

Lo que hace singular al Pokrov es justamente esa mezcla. Una visión bizantina que los propios bizantinos dejaron en segundo plano acabó convertida, en otro clima y a otra latitud, en la frontera entre el trabajo y el invierno, entre la soltería y la boda. Pocas fiestas muestran tan bien cómo Rusia hacía suyo lo que recibía: el velo de Constantinopla terminó siendo, sencillamente, la primera nieve sobre los campos segados.

Camino cubierto de hojas caídas entre abedules amarillos en un bosque de otoño

Lístopadnaia: cuando el otoño ruso lee el invierno en las hojas

El 5 de octubre se miraba el abedul. Si el árbol conservaba todavía la hoja, se esperaba una nieve tardía. Esa mitad del dicho es la que más repiten las notas del calendario popular. Alekséi Kononenko, en su Enciclopedia de la cultura, la escritura y la mitología eslavas, anota también la otra: hoja ya en el suelo, invierno con deshielo. No es un parte del tiempo. Es el idioma con que el campo creía leer la estación que empezaba.

Al día lo llaman Lístopadnaia, y también día de Jonás y Focas. Por el calendario juliano cae el 22 de septiembre. El santoral presta dos nombres; la palabra que se quedó viene de la caída de la hoja. También le decían listoder, porque la racha no acaricia la copa: la desnuda. En las recopilaciones se dice que Jonás «echa las hojas de los árboles y acerca el invierno». Lístopadnaia era, para quien miraba el campo, el umbral de la otoñada seria.

Abedul plateado con hojas de otoño en un campo cerca de Sarátov, Rusia
Abedul plateado en otoño, cerca de Sarátov (Rusia). Fotografía de Le.Loup.Gris. Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

Dos santos y una palabra de bosque

El profeta Jonás y Focas sirven de percha. El habla campesina les coloca encima un nombre de estación, y el resultado deja de ser un oficio de iglesia. Quien hojea octubre en ese calendario encuentra días llenos de dichos sueltos, a veces un manjar, a veces una prohibición. En este, el centro visible es uno solo: la hoja que se va. Por eso el nombre no anuncia una homilía. Anuncia el gesto del bosque cuando empieza a soltar lo que ya no sostiene. Listoder, el otro nombre del día, no designa a otro santo: nombra ese mismo viento, el que desnuda la copa en vez de mecerla.

Las fuentes no pesan igual, y no hay por qué igualarlas. La hoja aún en las ramas, y la nieve que tarda, es la fórmula que más circula. El deshielo ligado al árbol ya desnudo está, sobre todo, en Kononenko. Las dos lecturas caben en el mismo 5 de octubre. No son la misma frase dicha por todos.

Lo que decide el abedul

Era una manera de reconocer la otoñada, no una ley del clima. Dicho así, el otoño se volvía legible. Lo que queda, fuera de la superstición vestida de ciencia, es un hábito de atención: mirar la hoja para nombrar el invierno antes de verlo. El abedul de la fotografía, cerca de Sarátov, no prueba el dicho. Enseña el árbol del que el dicho habla. Lístopadnaia no anuncia el tiempo que va a hacer en Rusia. Mide hasta dónde aquel calendario fiaba el año a una copa. Vestida, el frío espera. Desnuda, el invierno ya no viene entero.

Icono ruso de Palekh del siglo XIX que representa la Exaltación de la Santa Cruz

Exaltación de la Cruz: el festivo ortodoxo del 27 de septiembre

En la vigilia, tras la gran doxología, sacan la Cruz del altar y la llevan al centro del templo. Si hay catedral o bendición del obispo, el celebrante la levanta hacia los cuatro puntos cardinales y la gente repite muchas veces «Señor, ten piedad»: Góspodi, pomíluy. Luego la Cruz queda en el analoy, el atril de veneración, para el beso y a menudo para la unción con óleo. Eso es el Vozdvízhenie. La palabra quiere decir elevación. No se representa un hallazgo: se muestra la Cruz.

Icono ruso de Palekh del siglo XIX que representa la Exaltación de la Santa Cruz
Exaltación de la Cruz. Icono de Palekh, siglo XIX (Wikimedia Commons, dominio público).

La Iglesia ortodoxa rusa lo celebra el 14 de septiembre del calendario juliano, que en el civil cae el 27. El desfase con el gregoriano es de trece días y seguirá así hasta 2100. El nombre largo es Exaltación de la Cruz honrada y vivificante del Señor; en ruso, Vozdvízhenie Krestá Gospodnia, y en el habla antigua se acortaba a Zdvizhénie. Es uno de los doce grandes festivos —los dvunadesiátye—, festivo del Señor, fijo, que no se mueve con la Pascua. Y es el único de esos doce que pide ayuno estricto el mismo día: sin carne, sin lácteos, sin huevos, sin pescado. El aceite vegetal suele admitirse. En 2026 el 27 de septiembre cayó en domingo, y el ayuno no se levantó por eso. La prefiesta es el 26; la postfiesta llega hasta el otdanie, la despedida del festivo, el 4 de octubre. Mientras dura, la Cruz sigue en el atril.

Lo que Eusebio no escribió

La fecha mira a Jerusalén. El 13 de septiembre de 335 se consagraron las iglesias del Santo Sepulcro; al día siguiente se fijó la conmemoración. El año nuevo eclesiástico —el nóvoletie, o indicta— empieza el 1 de septiembre juliano, el 14 civil, y la Cruz llega en esas primeras semanas, junto al Nacimiento de la Madre de Dios. La narrativa del culto sitúa hacia 326 a santa Elena, madre de Constantino, ante tres cruces halladas junto al Gólgota. La verdadera se habría reconocido por un milagro —una enferma, o un muerto, que revivió al contacto— y el patriarca Macario la habría alzado mientras se cantaba «Señor, ten piedad». También se recuerda la restitución de la reliquia bajo Heraclio, hacia 628-630, después del saqueo persa de 614.

Eusebio de Cesarea, en la Vida de Constantino, describe la limpieza del lugar y la iglesia. No menciona el hallazgo de la Cruz. El viaje de Elena y las obras constantinianas, Santo Sepulcro incluido, están bien atestiguados; la reliquia, no en ese libro. Las primeras alusiones aparecen hacia mediados del siglo IV, en Cirilo de Jerusalén. El relato completo, con Elena y el milagro, cuaja a finales de ese siglo y en historiadores del V. La autenticidad material de la Vera Cruz no se demuestra: es materia de fe y de culto. Lo que sí queda documentado es la veneración ya ritual en Jerusalén en los años 380, en el diario de Egeria. El rito de ahora no prueba la excavación. Repite un gesto: mostrar la Cruz a toda la asamblea, el que la tradición atribuye a Macario.

Del icono a Tyumen

Fachada de la iglesia Krestovozdvizhenskiy en Tyumen, barroco siberiano
Templo de la Exaltación de la Cruz en Tyumen. Foto: Yliya Medvedeva (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

En el icono, el patriarca está sobre un ambo de escalones, la Cruz en alto; a menudo aparecen Elena y Constantino, y el fondo sugiere el Santo Sepulcro. El tema entra con fuerza en la fila festiva del iconostasio ruso entre los siglos XV y XVI. El tropario pide «Salva, Señor, a tu pueblo»; en la Liturgia, el Trisagio cede a menudo el paso a «Ante tu Cruz nos postramos, Señor». Hay templos enteros con esta advocación. El de Tyumen, barroco siberiano del siglo XVIII, enseña hasta dónde viajó el título.

La etnografía anota, con cautela, el nombre Zdvizhénie y los días rurales de preparar la col: temporada, no dogma. Lo sólido es la visita al templo, el ayuno y la veneración hasta el 4 de octubre. Un gran festivo que pide hambre, y una elevación que la liturgia repite aunque el historiador de Constantino no escribiera el hallazgo. El icono de Palekh y la fachada de Tyumen no prueban el siglo IV. Enseñan a una Iglesia que, cada 27 de septiembre, prefiere alzar la Cruz.

Exposición de templos rusos en Tetuán

El Centro Cultural Eduardo Úrculo de Tetuán acoge hasta el próximo 30 de junio la exposición de fotografía Templos de la Región de Perm. Una bonita muestra de la arquitectura de construcciones tan características en Rusia como iglesias y templos.

La muestra está dedicada a la memoria del sacerdote Yakov Vasilevicha Ugolnikov, víctima de las represiones políticas de 1937, y también reúne —entre otros— el trabajo de los fotógrafos Dmitry Kazakov, Sergey Ostroknutov y Olga Perevoshchikova.

Centro Cultural Eduardo Úrculo

Del 3 al 30 de junio de 2013
Horario: De lunes a viernes, de 9:00 a 21:00 h.
Sábados de 10:00 a 21:00 h.
Domingos y festivos cerrado

Fuente: madridpress.com y tetuanmadrid.com

ERANET-PLUS, becas de doctorado en Rusia

ERANET-PLUS

Nos envían desde la Universidad de Barcelona una información que podría ser del interés de las personas que consultan Casa Rusia.

ERANET-PLUS, un programa Erasmus Mundus coordinado por la Universidad de Barcelona, abre una convocatoria extraordinaria para ofrecer becas (totalmente financiadas) de doctorado de 31-32 meses a estudiantes europeos para hacer el programa en una de las universidades rusas del consorcio y para estudiantes rusos que vengan a Europa. La convocatoria se lanzará el 31 de mayo. Para más información: www.eranetplus.ub.edu

Desde luego, una grandísima oportunidad.

Alexandre Rodtchenko, el juego de la mujer

Alexandre Rodtchenko, el juego de la mujerAlexandre Rodtchenko (San Petesburgo, 1891- Moscú, 1956) es uno de los grandes artistas del siglo XX y que más ha contribuido a hacer de la fotografía un arte mayor de la modernidad. Figura central y teórico del Movimiento Constructivista, después Productivista, Rodtchenko ejerció una influencia considerable en toda la producción fotográfica de la Vanguardia de Oriente y Occidente.

Obra Social Caja Madrid trae a Zaragoza la exposición El juego de la mujer, una exposición producida por el Musée de l’Elysée y los Archivos Rodtchenko en Moscú, y que se mostrará en el Espacio para el Arte (Plaza Aragón, 4) desde el 22 de enero hasta el 22 de marzo de 2009. (más…)