Camino cubierto de hojas caídas entre abedules amarillos en un bosque de otoño

Lístopadnaia: cuando el otoño ruso lee el invierno en las hojas

El 5 de octubre se miraba el abedul. Si el árbol conservaba todavía la hoja, se esperaba una nieve tardía. Esa mitad del dicho es la que más repiten las notas del calendario popular. Alekséi Kononenko, en su Enciclopedia de la cultura, la escritura y la mitología eslavas, anota también la otra: hoja ya en el suelo, invierno con deshielo. No es un parte del tiempo. Es el idioma con que el campo creía leer la estación que empezaba.

Al día lo llaman Lístopadnaia, y también día de Jonás y Focas. Por el calendario juliano cae el 22 de septiembre. El santoral presta dos nombres; la palabra que se quedó viene de la caída de la hoja. También le decían listoder, porque la racha no acaricia la copa: la desnuda. En las recopilaciones se dice que Jonás «echa las hojas de los árboles y acerca el invierno». Lístopadnaia era, para quien miraba el campo, el umbral de la otoñada seria.

Abedul plateado con hojas de otoño en un campo cerca de Sarátov, Rusia
Abedul plateado en otoño, cerca de Sarátov (Rusia). Fotografía de Le.Loup.Gris. Wikimedia Commons, licencia CC BY-SA 3.0.

Dos santos y una palabra de bosque

El profeta Jonás y Focas sirven de percha. El habla campesina les coloca encima un nombre de estación, y el resultado deja de ser un oficio de iglesia. Quien hojea octubre en ese calendario encuentra días llenos de dichos sueltos, a veces un manjar, a veces una prohibición. En este, el centro visible es uno solo: la hoja que se va. Por eso el nombre no anuncia una homilía. Anuncia el gesto del bosque cuando empieza a soltar lo que ya no sostiene. Listoder, el otro nombre del día, no designa a otro santo: nombra ese mismo viento, el que desnuda la copa en vez de mecerla.

Las fuentes no pesan igual, y no hay por qué igualarlas. La hoja aún en las ramas, y la nieve que tarda, es la fórmula que más circula. El deshielo ligado al árbol ya desnudo está, sobre todo, en Kononenko. Las dos lecturas caben en el mismo 5 de octubre. No son la misma frase dicha por todos.

Lo que decide el abedul

Era una manera de reconocer la otoñada, no una ley del clima. Dicho así, el otoño se volvía legible. Lo que queda, fuera de la superstición vestida de ciencia, es un hábito de atención: mirar la hoja para nombrar el invierno antes de verlo. El abedul de la fotografía, cerca de Sarátov, no prueba el dicho. Enseña el árbol del que el dicho habla. Lístopadnaia no anuncia el tiempo que va a hacer en Rusia. Mide hasta dónde aquel calendario fiaba el año a una copa. Vestida, el frío espera. Desnuda, el invierno ya no viene entero.

Plantas altas destruidas de la Casa Blanca de Moscú tras el asalto de octubre de 1993

La Casa Blanca de Moscú, 4 de octubre de 1993

El 4 de octubre de 1993, tanques del ejército disparaban contra las plantas altas de la Casa Blanca de Moscú. De allí salía humo. Dentro estaban Ruslán Jasbulátov, presidente del Soviet Supremo, y Aleksandr Rutskói, el vicepresidente a quien esa cámara había juramentado presidente en funciones. La orden de disparar era de Borís Yeltsin.

El conflicto venía del decreto 1400, de dos semanas antes, que disolvía el Congreso de los Diputados del Pueblo y el Soviet Supremo. El Tribunal Constitucional lo declaró contrario a la Constitución vigente. El Parlamento destituyó a Yeltsin y se encerró en su sede. El 3 de octubre sus partidarios rompieron el cerco y hubo tiroteos en el centro de televisión de Ostánkino. Nada de eso cambia el hecho del día siguiente: un presidente resolvió un pleito constitucional haciendo fuego contra el parlamento.

Jasbulátov y Rutskói salieron detenidos. El recuento oficial de muertos superó el centenar. En diciembre, un referéndum aprobó la Constitución que deja el poder en la presidencia. Esa ley no se discutió en una cámara. Se escribió después de haberla bombardeado.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos

Sputnik 1: el satélite que cambió el cielo en 1957

A las 19:28 UTC del 4 de octubre de 1957 —en el polígono de Tyuratam ya era día 5— una esfera de aluminio pulido entró en órbita y empezó a decir «bip-bip». Dentro, bajo nitrógeno, iban baterías, un sistema de regulación térmica y dos transmisores. Nada más. En la oficina de Serguéi Koroliov el artefacto se llamaba PS-1, Prostéishiy Sputnik: el satélite más simple. Fuera, el nombre que se quedó fue Sputnik 1.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos
Réplica de Sputnik 1 en el National Museum of the U.S. Air Force. Foto: U.S. Air Force (dominio público).

En ruso, sputnik ya quería decir satélite: el compañero que viaja al lado de otro cuerpo. Después de aquella noche la palabra se fue a otras lenguas y pasó a nombrar cualquier cosa que irrumpe y obliga a mirar arriba. La señal, en 20,005 y 40,002 megahercios, eran pulsos alternados. La oyeron radioaficionados con receptores modestos, y periódicos y escuelas siguieron el paso del satélite con la misma facilidad. Más de la mitad de los 83,6 kilos eran baterías. El diámetro, 58 centímetros: dos hemisferios y cuatro antenas de varilla, de unos 2,4 a 2,9 metros, abiertas como bigotes. El satélite lo proyectó Mijaíl Jomiakov; el cohete fue un R-7 de la oficina de diseño OKB-1, la de Koroliov. El despegue sigue anclado a Tyuratam, en Kazajistán, el polígono que luego se llamaría Baikonur.

Una esfera para un museo

Koroliov quería, se cuenta, que aquella bola brillara lo bastante como para acabar en un museo. No es un dato de telemetría. Es la anécdota que explica el pulido mejor que un catálogo. La órbita inicial era baja y elíptica, del orden de 215–223 por 940–950 kilómetros, con una inclinación de unos 65,1 grados y un periodo cercano a los 96 minutos. Las baterías se agotaron hacia el 26 de octubre de 1957. El cuerpo siguió en silencio hasta reentrar y desintegrarse el 4 de enero de 1958, tras unas mil cuatrocientas vueltas.

Mientras sonó, midió. El arrastre orbital permitió estimar la densidad de la alta atmósfera; la propagación de la señal dio pistas sobre la ionosfera. Todo ello dentro del Año Geofísico Internacional (1957-1958), cuando una órbita artificial era todavía una herramienta nueva. Las cifras de masa y diámetro figuran de forma coherente en la documentación histórica de la NASA y en los catálogos de satélites.

Réplica de Sputnik 1, esfera pulida con cuatro antenas largas, Museo Nacional del Aire y el Espacio
Réplica de Sputnik 1 en el National Air and Space Museum. Foto: NSSDC / NASA (dominio público).

Lo que queda del primer bip

No hizo falta una cápsula tripulada. Bastó un objeto pequeño, sencillo y ruidoso, pensado —si la anécdota se sostiene— para dejarse ver. Las réplicas de museo cumplen hoy ese brillo mejor que el original, que ya no está. Sputnik 1 importa por lo poco que llevaba encima. El primer compañero que el ser humano puso en el cielo no fue una nave: fue una esfera de 58 centímetros que habló tres semanas y se quemó el 4 de enero. El museo, al final, se quedó con las copias.

Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920

Serguéi Yesenin: el poeta del campo ruso

Los sábados, en Konstantinovo, la abuela le peinaba. Caballos, río, peleas de muchachos: Serguéi Yesenin pasó buena parte de la infancia con los abuelos maternos, y esa casa pesa más en los versos que el resto de la biografía. Nació en la aldea el 21 de septiembre de 1895 por el calendario juliano, todavía el del Imperio; el gregoriano anota el 3 de octubre. La doble fecha no es una nota a pie. Es el sitio de un poeta que vivió entre el pueblo y la ciudad, entre el campo de madera y un siglo que ya no esperaba.

Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920
Serguéi Yesenin. Fotografía anterior a 1925 (Wikimedia Commons, dominio público).

Se llamó a sí mismo, con orgullo y con melancolía, «el último poeta de la aldea». La Rusia de madera queda al lado, como imagen —abedules, caminos de tierra, campanarios—, no como lema. Konstantinovo era una aldea campesina del uyezd de Riazán, el distrito de entonces, hoy provincia. Esa geografía atraviesa la poesía como paisaje interior, no como postal.

Moscú no borró el pueblo

Estudió en la escuela del zemstvo, el autogobierno rural, en Konstantinovo, y luego en Spas-Klepiki. Hacia 1910 escribía ya de forma sostenida. En 1912 se trasladó a Moscú, entró en una imprenta y en los círculos literarios. El salto no anuló la aldea: la convirtió en mito personal. Entre 1915 y 1916 llegó a Petrogrado, trató a Aleksandr Blok y publicó Radunitsa (1916). El título nombra un día de recuerdo de los muertos. En ese primer libro están los motivos que luego no se le van: iconos, cigüeñas en las chimeneas, el cielo como un pañuelo azul sobre los abedules.

Al final de los años diez y al principio de los veinte hubo afinidad con la nueva poesía campesina y, un tiempo, con el imaginismo. Lo que permanece al leer es la despedida: un yo que se aparta del campo como quien se aparta de la infancia, sabiendo que el regreso ya no será el mismo. La ciudad en transformación no le dio un lugar estable. Esa tensión —arraigo y exilio interior— se oye sin antología. Muchas traducciones largas siguen, además, bajo derechos, y el clima del verso basta.

Fotografía de Serguéi Yesenin en Moscú, alrededor de 1922
Serguéi Yesenin hacia 1922. Wikimedia Commons, dominio público.

Vagánkovo

El 28 de diciembre de 1925 murió en Leningrado. Tenía treinta años. Lo enterraron en el cementerio de Vagánkovo, en Moscú. En su país se le lee y se le recita; hay canciones hechas sobre sus textos, y esa vida oral lo deja cerca del oído común, no solo del estante. Konstantinovo guarda la casa-museo. El paisaje de la provincia de Riazán sigue ahí, al lado de unos versos que ya no describen el mismo pueblo.

Radunitsa lo dice mejor que cualquier aniversario. Un primer libro titulado con el día de los difuntos no es un debut inocente: Yesenin escribe la aldea como algo a lo que ya se vuelve de luto. Su fórmula, «el último poeta de la aldea», es la que cabe. La Rusia de madera se queda en los campanarios, no en la boca del poeta.