Iglesia de la Transfiguración de Kizhi, con sus cúpulas de tejuela de álamo, vista desde el camino de la isla

Kizhi: veintidós cúpulas de álamo sobre el Onega

El barco salta sobre el Onega durante una hora y media larga y, cuando por fin dobla la punta sur de la isla, aparece de golpe: una montaña de madera gris con veintidós cúpulas que se superponen como escamas. No hay transición. El pasajero que va en cubierta mira el agua y, un segundo después, mira hacia arriba.

Esto es Kizhi, a unos sesenta kilómetros al noreste de Petrozavodsk, en la Carelia rusa. Un recinto de dos iglesias y un campanario de madera que la UNESCO inscribió en 1990 y que sigue siendo la mejor respuesta a quien cree que la arquitectura monumental necesita piedra. Es la iglesia de Kizhi lo que la gente viene a ver, y no decepciona.

Iglesia de la Transfiguración de Kizhi, con sus cúpulas de tejuela de álamo, vista desde el camino de la isla
Iglesia de la Transfiguración, Kizhi (Carelia). Foto: Alexxx1979, CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Los números que importan

La iglesia de la Transfiguración se levantó en 1714. La fecha no es una estimación: el altar se colocó el 6 de junio de ese año y así consta en la cruz que hay dentro. Mide 37 metros hasta la punta de la cúpula central, tiene veintidós cúpulas y está montada sobre un armazón octogonal de troncos de pino de unos treinta centímetros de diámetro.

Las cúpulas no son de metal. Están cubiertas de tejuelas de álamo temblón cortadas a mano, que con el tiempo se oxidan a un gris plateado y cambian de tono según la luz. El interior está sin calentar y, por eso, la llaman iglesia de verano: durante siglos solo se ofició allí en la estación cálida.

La leyenda del maestro Néstor

La tradición dice que el carpintero que la levantó, un tal Néstor, terminó el trabajo, subió a la cúpula más alta y lanzó su hacha al lago. Lo que quería decir era que no habría otra igual. También se repite que la iglesia se construyó sin un solo clavo. La parte del hacha es leyenda; la del clavo merece un matiz, porque las tejuelas se sujetan con piezas metálicas pequeñas. Lo que sí se sostiene sin discusión es lo asombroso: miles de troncos traídos desde el continente, encajados sin planos ni hierro estructural, en un lugar al que todo llegaba en barco.

Cuarenta años de andamios

La madera envejece y se deforma. En 1980 los especialistas declararon la iglesia en mal estado y empezó una discusión que duró dos décadas: desmontarla o sujetarla por dentro. Ganó lo segundo. Desde 2011 se introdujo un esqueleto metálico que sostiene la estructura mientras se sustituyen las piezas dañadas, sin desarmar el edificio. De las aproximadamente 40.000 tejuelas del tejado se restauró una por una, y al final solo se cambió el 36 % de la madera.

La iglesia reabrió al público en julio de 2021, después de cuarenta años cerrada. Hoy solo acoge una liturgia al año, el 19 de agosto, fiesta de la Transfiguración. El resto de los días es un monumento: se entra, se mira hacia arriba y se sale en silencio.

Cómo llegar

Se llega en barco desde Petrozavodsk, con hidroalas que salen por la mañana y vuelven por la tarde, o en los cruceros fluviales que suben desde el Neva. La isla tiene un museo al aire libre con edificios de madera traídos de toda la región, y en verano conviene reservar con días de antelación: es uno de los destinos escolares y turísticos más solicitados de Carelia.

Quien vaya buscando la estela de la arquitectura religiosa rusa puede seguir por la iglesia de Koloménskoye, que apuntaba al cielo con piedra en lugar de madera, o recorrer el resto de nuestros lugares.

La iglesia blanca de la Protección de la Madre de Dios en el Nerl, junto a Bogoliúbovo, entre prados

Pokrov: el velo que cerraba el otoño ruso

En las aldeas del norte de Rusia, la mañana del 14 de octubre las muchachas iban a la iglesia antes que nadie. Encendían una vela y, según el dicho que repetían sus abuelas, pedían al Pokrov que cubriera la tierra de nieve y a ellas les trajera un novio. Fuera, los campos ya estaban segados, el grano en el granero y el ganado de vuelta al establo. Ese día, la fiesta de la Protección de la Madre de Dios, el otoño se daba por cerrado.

La palabra lo dice todo. Pokrov es a la vez «protección» y «cubierta», el manto que tapa. Y sobre esa doble lectura, la celestial y la de la primera nevada, la Rusia campesina levantó una de sus fiestas más queridas. Es una fiesta que tiene poco de rusa en su origen y que, sin embargo, en ningún otro sitio se vivió como allí.

Una visión en Constantinopla

La escena original ocurre lejos, en el siglo X, en la iglesia de las Blanquernas de Constantinopla. Durante una vigilia, Andrés el Loco por Cristo, un asceta que vivía como un mendigo, ve a la Virgen avanzar en el aire sobre los fieles y extender su velo sobre ellos. Solo lo ve él y su discípulo Epifanio. En Bizancio la visión quedó como un episodio piadoso más. Los griegos no le dedicaron una gran fiesta.

Fue la Rus la que sí lo hizo. La celebración aparece en el siglo XII, y la tradición la vincula al príncipe Andréi Bogoliubski, el señor de Vladímir que quería una devoción propia para su tierra. A él se atribuye la iglesia que mejor la representa: la de la Protección en el Nerl, levantada en un prado inundable cerca de Bogoliúbovo. La tradición la fecha en 1165, aunque varios investigadores la adelantan a 1158. Blanca, pequeña y sola sobre su colina artificial, hoy forma parte de los monumentos blancos de Vladímir y Súzdal que la UNESCO declaró patrimonio mundial.

Icono ruso del Pokrov de 1399: la Madre de Dios extiende su velo sobre los fieles reunidos en una iglesia
Icono del Pokrov, 1399. Autor anónimo (Wikimedia Commons, dominio público).

Los iconos rusos del Pokrov fijaron la escena con una composición casi fija. Arriba, la Virgen con el velo entre las manos; debajo, la iglesia llena de santos y fieles; en un rincón, Andrés señalando la visión a Epifanio. Es un cuadro de multitud protegida, y esa idea de amparo colectivo explica buena parte de lo que vino después.

La fiesta que pasó al calendario agrícola

El 1 de octubre del calendario juliano, que la Iglesia ortodoxa rusa sigue utilizando, cae hoy en el 14 de octubre. En el campo, esa fecha coincidía con el final real de las faenas. Se cobraban las deudas, se ajustaban los jornaleros, se sellaban las ventanas para el invierno. Si nevaba en el Pokrov, se decía, el invierno llegaría pronto.

Y empezaba la temporada de bodas. Con la cosecha recogida había comida y tiempo para la celebración, así que el Pokrov abría el periodo de los casamientos, que se prolongaba hasta la Cuaresma de Navidad. De ahí las peticiones de las muchachas en la iglesia, y de ahí también el tono de la fiesta, mitad religioso, mitad de feria y casamentera.

La iglesia blanca de la Protección de la Madre de Dios en el Nerl, junto a Bogoliúbovo, entre prados
La iglesia de la Protección en el Nerl, cerca de Bogoliúbovo. Foto: Alexxx1979 (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Un manto sobre la Plaza Roja

La idea del amparo tuvo pronto una lectura militar. El asalto decisivo de las tropas de Iván el Terrible contra Kazán empezó el 1 de octubre de 1552, el mismo día del Pokrov, y la ciudad cayó al día siguiente. El zar mandó levantar en Moscú un templo en acción de gracias. Su nombre oficial es catedral de la Protección de la Madre de Dios en el Foso, aunque el mundo entero la conoce como la catedral de San Basilio. El edificio más fotografiado de Rusia es, en el fondo, una iglesia del Pokrov.

Desde entonces la fiesta ha acompañado otras guerras y otras devociones, y las iglesias dedicadas a la Protección se cuentan por miles, de los monasterios a las aldeas más pequeñas. Muchas sobrevivieron como almacenes en época soviética y han vuelto a abrir. La fiesta, entretanto, siguió viva en los refranes, que no necesitaban permiso.

Lo que hace singular al Pokrov es justamente esa mezcla. Una visión bizantina que los propios bizantinos dejaron en segundo plano acabó convertida, en otro clima y a otra latitud, en la frontera entre el trabajo y el invierno, entre la soltería y la boda. Pocas fiestas muestran tan bien cómo Rusia hacía suyo lo que recibía: el velo de Constantinopla terminó siendo, sencillamente, la primera nieve sobre los campos segados.