Recreación en Castle Hill, Sitka, del cambio de bandera de 1867 entre Rusia y Estados Unidos

Sitka, 1867: el día que Rusia arrió su bandera en Alaska

A media tarde del 18 de octubre de 1867, en la colina que domina Novoarjánguelsk, la capital de la América rusa, dos destacamentos formaban frente a frente. Los soldados rusos, con sus fusiles; los estadounidenses, recién desembarcados de tres barcos de guerra fondeados en la bahía. Sonaron las salvas, y la bandera rusa empezó a bajar por el mástil. A mitad de camino se detuvo: el viento la había enredado en las drizas.

Los marineros tiraron de las cuerdas sin resultado. Hubo que izar a uno de ellos para soltarla, y cuando lo consiguió la tela se le escapó y cayó sobre las bayonetas de los soldados rusos. Según la tradición que recogen varias crónicas, la mujer del gobernador, la princesa Maksútova, se desmayó. Después subió la bandera de las barras y estrellas, y la ciudad empezó a llamarse Sitka.

Recreación en Castle Hill, Sitka, del cambio de bandera de 1867 entre Rusia y Estados Unidos
Recreación del traspaso en Castle Hill, Sitka, en el Alaska Day de 2017. Foto: Sgt. David Bedard, Ejército de EE. UU. (Wikimedia Commons, dominio público).

Una venta firmada de madrugada

El trato se había cerrado meses antes. En la noche del 29 al 30 de marzo de 1867, en Washington, el secretario de Estado William Seward y el representante ruso Eduard Stoeckl firmaron el tratado de cesión: Alaska pasaba a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares. Para San Petersburgo era una colonia lejana, cara de defender y con las pieles de nutria marina casi agotadas. La guerra de Crimea había dejado claro que, en caso de conflicto con Gran Bretaña, no podría protegerla.

Cuadro de Emanuel Leutze: Seward y Stoeckl, con sus ayudantes, ante el tratado de cesión de Alaska en 1867
La firma del tratado de cesión de Alaska, marzo de 1867, por Emanuel Leutze (Wikimedia Commons, dominio público).

En Estados Unidos la compra tuvo mala prensa. Hubo quien habló de la «nevera de Seward» y de una locura pagada con dinero público. El Congreso tardó en aprobar el pago, y el cheque del Tesoro no se emitió hasta el verano de 1868. Ese cheque de 7,2 millones se conserva en los Archivos Nacionales.

La tarde en que cambió el calendario

La ceremonia de Sitka tuvo una rareza que los habitantes de la colonia notaron enseguida. Rusia seguía el calendario juliano, doce días por detrás del gregoriano, y la América rusa, que se gobernaba desde el otro lado del Pacífico, contaba además los días como en Rusia, un día por delante de la costa americana. Para los rusos de Novoarjánguelsk, aquella tarde de viernes 18 era el sábado 7 de octubre. Con la nueva bandera pasaron de golpe al calendario y a la hora estadounidenses: avanzaron once días en el mes y el sábado se convirtió en viernes.

Por eso la fecha bailó en los libros. Las fuentes rusas la dan a veces como 6 de octubre, la equivalencia juliana del 18, y otras como 7 de octubre, el día que marcaba el calendario de la colonia; en Alaska, el 18 de octubre es festivo y se llama Alaska Day. Cada año, en Sitka, se recrea la escena en la misma colina, hoy llamada Castle Hill, con uniformes de época y la bandera bajando por el mástil.

Lo que se quedó

Los rusos de la colonia nunca fueron muchos, apenas unos centenares. El tratado les permitía quedarse como ciudadanos estadounidenses o volver en tres años, y la mayoría se marchó. Se quedaron los criollos, los nativos bautizados y la Iglesia ortodoxa, que siguió teniendo fieles entre los tlingit y los aleutas mucho después de que se fuera el último funcionario imperial. La catedral de San Miguel, en el centro de Sitka, es todavía la huella más visible de aquella América rusa.

Visto con distancia, el traspaso fue un negocio redondo para un lado y una retirada sensata para el otro, pero la ceremonia lo resume mejor que cualquier balance. Una bandera que se niega a bajar, un mástil al que hay que trepar y un calendario que salta doce días en una tarde: así terminó, sin batalla y con cierta torpeza, la única colonia que Rusia tuvo en América.

Plantas altas destruidas de la Casa Blanca de Moscú tras el asalto de octubre de 1993

La Casa Blanca de Moscú, 4 de octubre de 1993

El 4 de octubre de 1993, tanques del ejército disparaban contra las plantas altas de la Casa Blanca de Moscú. De allí salía humo. Dentro estaban Ruslán Jasbulátov, presidente del Soviet Supremo, y Aleksandr Rutskói, el vicepresidente a quien esa cámara había juramentado presidente en funciones. La orden de disparar era de Borís Yeltsin.

El conflicto venía del decreto 1400, de dos semanas antes, que disolvía el Congreso de los Diputados del Pueblo y el Soviet Supremo. El Tribunal Constitucional lo declaró contrario a la Constitución vigente. El Parlamento destituyó a Yeltsin y se encerró en su sede. El 3 de octubre sus partidarios rompieron el cerco y hubo tiroteos en el centro de televisión de Ostánkino. Nada de eso cambia el hecho del día siguiente: un presidente resolvió un pleito constitucional haciendo fuego contra el parlamento.

Jasbulátov y Rutskói salieron detenidos. El recuento oficial de muertos superó el centenar. En diciembre, un referéndum aprobó la Constitución que deja el poder en la presidencia. Esa ley no se discutió en una cámara. Se escribió después de haberla bombardeado.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos

Sputnik 1: el satélite que cambió el cielo en 1957

A las 19:28 UTC del 4 de octubre de 1957 —en el polígono de Tyuratam ya era día 5— una esfera de aluminio pulido entró en órbita y empezó a decir «bip-bip». Dentro, bajo nitrógeno, iban baterías, un sistema de regulación térmica y dos transmisores. Nada más. En la oficina de Serguéi Koroliov el artefacto se llamaba PS-1, Prostéishiy Sputnik: el satélite más simple. Fuera, el nombre que se quedó fue Sputnik 1.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos
Réplica de Sputnik 1 en el National Museum of the U.S. Air Force. Foto: U.S. Air Force (dominio público).

En ruso, sputnik ya quería decir satélite: el compañero que viaja al lado de otro cuerpo. Después de aquella noche la palabra se fue a otras lenguas y pasó a nombrar cualquier cosa que irrumpe y obliga a mirar arriba. La señal, en 20,005 y 40,002 megahercios, eran pulsos alternados. La oyeron radioaficionados con receptores modestos, y periódicos y escuelas siguieron el paso del satélite con la misma facilidad. Más de la mitad de los 83,6 kilos eran baterías. El diámetro, 58 centímetros: dos hemisferios y cuatro antenas de varilla, de unos 2,4 a 2,9 metros, abiertas como bigotes. El satélite lo proyectó Mijaíl Jomiakov; el cohete fue un R-7 de la oficina de diseño OKB-1, la de Koroliov. El despegue sigue anclado a Tyuratam, en Kazajistán, el polígono que luego se llamaría Baikonur.

Una esfera para un museo

Koroliov quería, se cuenta, que aquella bola brillara lo bastante como para acabar en un museo. No es un dato de telemetría. Es la anécdota que explica el pulido mejor que un catálogo. La órbita inicial era baja y elíptica, del orden de 215–223 por 940–950 kilómetros, con una inclinación de unos 65,1 grados y un periodo cercano a los 96 minutos. Las baterías se agotaron hacia el 26 de octubre de 1957. El cuerpo siguió en silencio hasta reentrar y desintegrarse el 4 de enero de 1958, tras unas mil cuatrocientas vueltas.

Mientras sonó, midió. El arrastre orbital permitió estimar la densidad de la alta atmósfera; la propagación de la señal dio pistas sobre la ionosfera. Todo ello dentro del Año Geofísico Internacional (1957-1958), cuando una órbita artificial era todavía una herramienta nueva. Las cifras de masa y diámetro figuran de forma coherente en la documentación histórica de la NASA y en los catálogos de satélites.

Réplica de Sputnik 1, esfera pulida con cuatro antenas largas, Museo Nacional del Aire y el Espacio
Réplica de Sputnik 1 en el National Air and Space Museum. Foto: NSSDC / NASA (dominio público).

Lo que queda del primer bip

No hizo falta una cápsula tripulada. Bastó un objeto pequeño, sencillo y ruidoso, pensado —si la anécdota se sostiene— para dejarse ver. Las réplicas de museo cumplen hoy ese brillo mejor que el original, que ya no está. Sputnik 1 importa por lo poco que llevaba encima. El primer compañero que el ser humano puso en el cielo no fue una nave: fue una esfera de 58 centímetros que habló tres semanas y se quemó el 4 de enero. El museo, al final, se quedó con las copias.

30 años de la disolución de la URSS

Hace 30 años, el 25 de diciembre de 1991, Mikhail Gorbachov pronunciaba un breve discurso televisado, de apenas minuto y medio, en el que renunciaba a su cargo de Presidente de la Unión Soviética.

Apenas media hora después, la bandera de la URSS se arriaba en el Kremlin por última vez.

Esta semana, emitía en el programa Documentos TV un documental sobre la figura de Gorbachov desde una perspectiva más humana que política. Este documental está disponible en la web de RTVE hasta el 20 de enero de 2022.

https://www.rtve.es/play/videos/documentos-tv/gorbachov/6254803/

RTVE Play — Documentos TV

Existen dos versiones de este documental del cineasta Vitaly Mansky, una de 57 minutos, que es la que se emitió en el programa Documentos TV y otra de 100 minutos, que seguro que no se hace tan corta.