Una avenida de Leningrado a finales de 1990, con tráfico escaso y edificios grises

«Brat» (1997): el San Petersburgo de Balabánov en los noventa

Un chico con jersey de lana y un reproductor de CD en el bolsillo baja de un tren en San Petersburgo. Acaba de terminar el servicio militar y viene de una ciudad de provincias a buscar a su hermano mayor, que según su madre se ha hecho un hombre importante. Busca también un disco: Krylia, de Nautilus Pompilius. Así empieza Brat (Hermano), la película que Alekséi Balabánov estrenó en 1997 y que acabó convirtiéndose en el retrato de una década.

El chico es Danila Bagrov, interpretado por Serguéi Bodrov hijo. El hermano, Víktor, al que da vida Víktor Sujorúkov, resulta ser un asesino a sueldo al servicio de una banda. Danila no tarda en ocupar su lugar, con una calma que da más miedo que cualquier tiroteo.

Una avenida de Leningrado a finales de 1990, con tráfico escaso y edificios grises
Una avenida de Leningrado a finales de 1990. Foto: Rc1959 (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Una ciudad sin decorado

Brat se rodó con muy poco dinero y en la calle. No hay platós ni grandes avenidas iluminadas: hay patios interiores, escaleras sucias, mercados, un tranvía y un cementerio luterano donde viven los sin techo. El San Petersburgo de los noventa aparece como una ciudad imperial que se ha quedado sin dueño, con los palacios al fondo y los negocios turbios delante.

Esa pobreza de medios es parte de su fuerza. La cámara no embellece nada, y el espectador ruso de 1997 reconocía cada rincón: el quiosco, la cazadora de cuero, el Mercedes de segunda mano, la fiesta en un piso con música electrónica. Era su vida de entonces, filmada sin sermón y casi sin comentario.

El rock como brújula

Danila apenas habla, pero escucha. Lleva siempre encima a Nautilus Pompilius, el grupo de Viacheslav Bútusov, y sus canciones atraviesan la película como un monólogo interior. Ya en la primera escena, en su ciudad, se mete sin querer en el rodaje de un videoclip del grupo y acaba a golpes con un guarda. Y el disco Krylia, el que busca en cada tienda, no llega a encontrarlo. El rock ruso, el mismo que en Leningrado había tenido en Víktor Tsoi su voz más reconocible, es aquí lo único en lo que el protagonista cree sin reservas.

El director de cine Alekséi Balabánov
Alekséi Balabánov. Foto: Oleg Beliáyev (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

Alrededor de Danila gira una pequeña galería de supervivientes: Sveta, conductora de un tranvía de mercancías, que lo esconde cuando huye herido y vive atrapada en un matrimonio violento; Kat, una chica de fiestas y drogas; y Hoffmann, al que llaman el Alemán, un ruso de origen alemán con amigos sin techo en el cementerio luterano, que le cura las heridas y es el único que le habla con algo parecido a la sabiduría. Ninguno sale bien parado. La ciudad no reparte finales felices.

Tráiler de «Brat» en el canal oficial de la productora CTB.

Un héroe que no lo es

La película se presentó en Cannes en 1997, en la sección Un Certain Regard, y en Rusia se convirtió en un fenómeno que se pasaba de mano en mano en cintas de vídeo. Danila era el justiciero que la década parecía pedir: honrado a su manera, leal con los débiles, rápido con el arma. El público lo adoptó, y en 2000 llegó Brat 2, más ruidosa, más patriótica y rodada entre Moscú y Chicago.

Pero el primer Danila es más inquietante de lo que la leyenda recuerda. Mata sin pestañear, suelta comentarios xenófobos con la misma tranquilidad con la que pide un disco y nunca duda de sí mismo. Balabánov no lo juzga en voz alta, y esa ambigüedad es la que todavía divide a quienes la ven. Bodrov, que le dio su cara amable, murió en septiembre de 2002 en el alud del desfiladero de Karmadón, en Osetia del Norte, mientras rodaba su propia película.

Casi treinta años después, Brat sigue siendo la mejor puerta de entrada a la Rusia de los noventa, precisamente porque no la explica. Enseña una ciudad y un chico, y deja que el espectador saque sus conclusiones. Es cine pequeño, áspero y sin moraleja, y por eso ha envejecido mejor que casi todo lo que se rodó en aquellos años.

Interior del Gran Salón del Conservatorio de Moscú, escenario y platea, fotografía de 2024

La Orquesta Estatal de Rusia, noventa años de sonido

El 5 de octubre de 1936 el Gran Salón del Conservatorio de Moscú abrió temporada con una orquesta que todavía no tenía pasado. Se llamaba Orquesta Sinfónica Estatal de la URSS: un cuerpo grande de cuerdas, vientos y percusión, pensado para el concierto sinfónico de la capital. No fue un ensayo a puerta cerrada. La crónica musical de la época habla de un público que llenó la sala. En el podio, el austriaco Erich Kleiber empezaba un ciclo dedicado a Beethoven con la Sinfonía n.º 1 y la n.º 3, la Heroica. Noventa años después, en 2026, el conjunto se llama Orquesta Estatal Académica de Rusia «Yevgueni Svetlánov». El apellido del membrete no es el de aquella noche.

Kleiber en el podio, Gauk en el cargo

Las fuentes de la temporada, recogidas ya por la prensa musical de 1936, sitúan a Kleiber al frente de ese Beethoven. Junto a su nombre aparece el de Aleksandr Gauk. El cargo de primer titular, de 1936 a 1941, sí fue suyo; la velada del estreno, en esas mismas fuentes, la dirige Kleiber. Gauk fijó enseguida el primer perfil del conjunto: disciplina de ensayo, repertorio clásico y romántico, una presencia estable en la vida de conciertos de Moscú. Otras batutas marcaron etapas después. La que el nombre actual recuerda es la de Svetlánov, director, pianista y compositor: durante mucho tiempo, el rostro del conjunto en las salas de Moscú y en las giras. Su etapa al frente es posterior a la noche de Kleiber. Por eso el homenaje de 2005 nombra a quien hizo reconocible el sonido, no a quien presentó a la orquesta.

Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich a su llegada a Ámsterdam en 1967
Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich, Ámsterdam, 1967. Foto: Eric Koch / Anefo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL.

El sonido que heredó el apellido

Svetlánov estuvo al frente durante décadas y dejó una huella reconocible en Chaikovski, en Rajmáninov y en los grandes ciclos sinfónicos: cuerdas densas, vientos con carácter, una manera de respirar el fraseo romántico. En 2005 la orquesta recibió oficialmente su nombre, un homenaje y no una fundación. El título de académica le había sido concedido años antes, como reconocimiento de una trayectoria larga. Eso explica el membrete. No explica el sonido.

Una orquesta se transmite de atril en atril, y noventa años no caben en una placa. El hilo que une la Heroica de Kleiber —la noche quedó anotada en 1936, entre otras crónicas, por la revista Sovétskaya múzyka— con los programas de ahora es la sala, el público y ese cuerpo sonoro, no el decreto que puso un apellido en la puerta. El nombre de Svetlánov se justifica solo si, al volver a aquella Heroica o a Chaikovski, se oye un conjunto y no un membrete.

Muro de Tsoi en el Arbat de Moscú, cubierto de graffiti en homenaje a Víktor Tsoi y Kino

Víktor Tsoi: la voz de Kino

El 15 de agosto de 1990, Víktor Tsoi iba al volante de su Moskvitch por la carretera de Sloka a Talsi, cerca de Tukums, en Letonia. Chocó con un autobús. Tenía veintiocho años. Detrás quedaban un concierto enorme en el Luzhnikí de Moscú y unas cintas a medio hacer con el guitarrista Yuri Kasparyán. Delante no quedó nada, salvo la voz ya grabada y un eslogan de pared: «Tsoi vive».

Víktor Tsoi actuando en el DK Svyazi de Leningrado en 1986
Víktor Tsoi en el DK Svyazi, Leningrado, 1986 (Wikimedia Commons, CC0).

Había nacido en Leningrado el 21 de junio de 1962, hijo de un ingeniero de origen coreano soviético y de una profesora rusa. Escuela de arte, bajo en grupos de adolescentes, expulsión, y luego el oficio de tallista en madera. Las manos aparecen dos veces en esta vida: en la talla y en la guitarra. Hacia el cambio de década se juntó con Alexéi Rýbin. El grupo se llamó primero Garin i giperboloidy, «Garin y los hiperboloides», por la novela de Alexéi Tolstói; enseguida fueron dos y el nombre pasó a ser Kino, cine. El Leningrad Rock Club los acogió. Borís Grebenshchikov, de Aquarium, empujó las primeras grabaciones caseras. El debut, 45 (1982), circuló en magnitizdat: cinta de mano en mano, no disco de tienda.

La voz seca

El sonido es seco. Post-punk, new wave, riffs limpios, batería marcada, una voz casi hablada, sin adorno. Las letras caben en una imagen: la ciudad de noche, el camino, la espera, el «nosotros» de una generación. Peremen! («¡Cambios!») se volvió himno de muchos oyentes de finales de los ochenta, un anhelo colectivo que no hace falta colgar de un partido. Gruppa krovi («Grupo sanguíneo»), el disco de 1988, disparó la popularidad. Zvezda po imeni Solntse («Una estrella llamada Sol»), de 1989, es la noche. Alrededor quedan Kukushka, Pachka sigaret, Spokoínaya noch, y los discos de en medio —Nachálnik Kamchatki, Eto ne lyubov, Noch—, cuando Kino todavía era underground y Tsoi, en la sala de calderas Kamchatka, trabajaba de fogonero.

Víktor Tsoi en concierto con Kino, Leningrado hacia 1986
Víktor Tsoi con Kino en concierto, Leningrado (c. 1986). Foto: Tim Penn / knackeredhack (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).

En Assa (1987), de Serguéi Soloviov, sale como él mismo: el rock entra en el cine soviético de la época sin disfraz. En Igla (La aguja, 1988), de Rashid Nugmánov, es el protagonista. Parte del rodaje y del imaginario visual mira a Almatí, ciudad con la que la familia tenía lazos: su padre nació en Kazajistán. La gabardina, la mirada fija, la economía de gestos: eso es lo que vieron quienes nunca pisaron el Rock Club. Las películas no inventaron a Kino. Le dieron silueta.

Veintiocho años

Lo enterraron en el cementerio Bogoslovskoye de Leningrado. Los compañeros armaron el álbum póstumo, el llamado Álbum negro, con las voces que ya estaban. El lema Цой жив apareció en muros de todo el país. En Moscú, el muro de Tsoi del callejón de Arbat sigue siendo lugar de peregrinación. En San Petersburgo, la antigua sala de calderas donde fue fogonero es club y museo informal de fans.

Tsoi se quedó en el umbral de los treinta, con una voz que pedía cambios y nombraba una estrella. El Moskvitch fija esa vida mejor que una lista de discos: un coche soviético, una carretera letona, un fogonero que había llenado el Luzhnikí. Kino se escucha todavía, también quien no vivió la URSS. Las canciones aguantan sin la gabardina. La gabardina, en cambio, no aguantaría sin las canciones.

La película Stalingrado (2013) llegará a España

Stalingrado (2013)

Quizás una de las mejores producciones bélicas de los últimos años (aunque solo sea porque la factura no es made in Hollywood), y casi-candidata a los Oscar como mejor película extranjera. Lo cierto es que no esperaba que llegase a España ni de casualidad, pero hace unos días vi en Amazon que la película Stalingrado (2013) se venderá en DVD, Blu-ray y BD a partir del 17 de septiembre (supongo que fechas similares en tiendas físicas). La película, según Amazon, viene con audio en ruso y español, al igual que los subtítulos, además de otros idiomas.

Si lo que quieres es ver la película en español —sin audio o subtítulos en otro idioma—, me comentan que la han visto en las mejores descargotecas.

Stalingrad (2013)

http://www.youtube.com/watch?v=XTsc7pD-qwA

El pasado mes de octubre se estrenaba la película Stalingrad, una producción más sobre la histórica batalla del Frente del Este en la Segunda Guerra Mundial. De producción rusa, quiero suponer que dejará más o menos bien parado al Ejército Rojo. Como es de esperar que no la veremos en las salas de España, habrá que recurrir a otras formas de ver cine y que cada uno saque sus conclusiones.

El vídeo de arriba es el trailer oficial de la película. Hay un segundo trailer, por si quieres echarle un vistazo también.

The Americans, espías del KGB en el corazón de Estados Unidos

The Americans

No soy mucho de series o televisión, por falta de tiempo más que de ganas, pero hace unos días quise buscar algo nuevo para ver y di con The Americans, una serie que sin parecerme espectacular, su temática la convierte de forma automática en una serie interesante para los que sentimos cierto apego por Rusia y la extinta Unión Soviética.

Ambientada en los 80, con un recién elegido Ronald Reagan por un lado azuzando la Guerra Fría y una Unión Soviética que empezaba la década con Brezhnev en las últimas (más lo que seguiría luego), la serie trata sobre agentes del KGB infiltrados como ciudadanos estadounidenses. La página de la serie en Wikipedia contiene una buena sinopsis:

La historia está ambientada en los años 80 durante la gestión de Ronald Reagan (una etapa tensa entre Estados Unidos y la antigua URSS) donde los espías soviéticos encubiertos, Philip y Elizabeth Jennings, han vivido los últimos 15 años en las afueras de Washington DC como un supuesto matrimonio. Su relación, en la que hay dos hijos de por medio que desconocen esta doble vida, comienza a complicarse en medida que se adentran a la vida estadounidense.

Sus operaciones secretas se ponen en riesgo con la muerte de uno de sus oficiales y la llegada al vecindario de un agente del FBI especialista en contraespionaje, Stan Beeman, quien mantiene una relación tensa con su esposa debido al trabajo.

Aunque The Americans se establece en hechos de ficción, se basa en notas del libro del agente de la KGB, Vasili Mitrojin, y anécdotas de agentes del FBI, y utiliza un concepto de época anterior a la actual para dar más credibilidad.

Siendo una producción made in hollywood, de momento está por ver en qué situación deja a la URSS y sus espías. Si te interesan más películas y series no rusas sobre Rusia, puedes echar un vistazo a un hilo de nuestro foro (Películas no rusas sobre Rusia) donde encontrarás bastante información.

Russian Red Army Choir, My Army

Dentro de nada, el Coro, Ballet y Orquesta del Ejército Ruso estará un año más por España, así que podemos ir calentando motores. Siempre me gustó esta canción (Армия моя). Suban el volumen.

Por cierto, en Google una búsqueda por Coro, Ballet y Orquesta del Ejército Ruso devuelve a Casa Rusia en primer lugar, por encima del propio organizador de este evento. Nos podrían regalar unas entradas por la promoción, se lo agradeceríamos en el infinito. (más…)