Desde la orilla del Moscova, al sur de la ciudad, la iglesia aparece de golpe sobre la colina: una torre blanca de 62 metros que termina en una punta octogonal, sin cúpulas en forma de cebolla, sin nada que la suavice. En 1532, cuando se terminó, no había en Rusia otra cosa igual. La había mandado construir el gran príncipe Basilio III en su finca de Koloménskoye, y la tradición la relaciona con el nacimiento, dos años antes, de su heredero, el futuro Iván el Terrible.
La iglesia de la Ascensión es la gran razón para ir a Koloménskoye. Hay más cosas en el antiguo dominio de los zares, pero todas giran alrededor de esa torre.

Una forma de madera hecha en piedra
Lo que la hace única es el tejado en tienda, el shatior. Las iglesias de madera del norte ruso usaban desde hacía tiempo esas cubiertas altas y piramidales, pero nadie las había llevado a la piedra y el ladrillo a esa escala. En Koloménskoye se hizo, y el resultado abrió un estilo que se repetiría en Moscú durante más de un siglo, hasta que la Iglesia lo prohibió a mediados del XVII por considerarlo poco canónico.
Se desconoce el nombre del arquitecto. Algunos detalles, como las pilastras y los capiteles, delatan una mano formada en el Renacimiento italiano, y la atribución más extendida apunta a un maestro italiano al que las crónicas rusas llaman Petrok Mali, que trabajaba entonces en Moscú. Es una hipótesis sólida, no un documento firmado. Lo seguro es la mezcla: una silueta muy rusa resuelta con soluciones de taller europeo.
Por dentro sorprende lo pequeña que es. La torre es casi toda estructura, un hueco vertical que sube hacia la luz. La iglesia se pensó para ser vista desde lejos, desde el río y desde la llanura, más que para acoger a una multitud. En 1994 la UNESCO la inscribió como patrimonio mundial.
Dónde está y cómo se llega
Koloménskoye queda hoy dentro de Moscú, a unos diez kilómetros al sureste del Kremlin, y la estación de metro del mismo nombre deja a un paseo de la entrada. El recinto es un gran parque abierto sobre una terraza alta del río, con barrancos, huertos de manzanos y robles centenarios. La iglesia está en el borde de la terraza, mirando al agua.
El palacio que volvió de los grabados
Koloménskoye fue durante siglos una residencia de verano de los grandes príncipes y los zares. El más aficionado fue Alexis Mijáilovich, el padre de Pedro el Grande, que en 1667 y 1668 mandó levantar un enorme palacio de madera, un laberinto de torres, galerías y tejados que los extranjeros llamaban la octava maravilla. Un siglo después estaba tan deteriorado que Catalina II ordenó derribarlo. Solo se salvaron los planos, los dibujos y una maqueta.
Con ese material se levantó una reconstrucción completa, inaugurada el 4 de septiembre de 2010, Día de la Ciudad de Moscú. No está en su sitio original, sino en la parte sur del parque, y es un edificio nuevo, no una restauración. Aun así, ayuda a entender cómo vivía la corte antes de que Pedro se marchara a San Petersburgo.

En el parque se reunieron además, ya en el siglo XX, construcciones de madera traídas de otros lugares: una casa de Pedro el Grande llevada desde Arcángel y una torre de una fortaleza siberiana. Son piezas interesantes, pero funcionan como un museo al aire libre. La Ascensión, en cambio, sigue en el lugar para el que se pensó.
Conviene ir a última hora de la tarde, cuando el sol da de lado en la torre y el río se oscurece debajo. Entonces se entiende lo que buscaba Basilio III: no un templo para entrar, sino una señal en el paisaje, visible desde lejos. Casi cinco siglos después, Koloménskoye sigue siendo el lugar de Moscú donde mejor se ve cómo la piedra rusa aprendió a subir.






















