El Kremlin visto desde el puente flotante del parque Zariádiye, sobre el Moscova

Cuatro parques donde Moscú se toma un respiro

Un domingo de septiembre, en el parque Gorki, un hombre mayor juega al ajedrez con un estudiante bajo los árboles mientras, a pocos metros, una clase de baile ocupa la explanada del río. Por el Moscova pasan los barcos de recreo y en la orilla de enfrente los patinadores bajan hacia el puente. Moscú tiene fama de ciudad gris, pero los moscovitas viven media vida en sus parques.

Moscú tiene decenas de zonas verdes. Estos cuatro parques ofrecen, cada uno a su manera, una cara distinta de la ciudad.

Parque Gorki

Abierto el 12 de agosto de 1928 como gran parque de cultura y descanso, el Gorki se extiende a lo largo del Moscova y fue renovado a fondo a partir de 2011. Hoy combina paseos junto al agua, zonas deportivas, cafés y, en invierno, una enorme pista de hielo. Su pórtico monumental de entrada es uno de los iconos de la ciudad.

El pórtico monumental de la entrada principal del parque Gorki, en Moscú
La entrada principal del parque Gorki. Foto: Retired electrician (Wikimedia Commons, CC0).

Está en la orilla derecha del Moscova, junto al Anillo de los Jardines; las estaciones de metro Park Kultury y Oktiábrskaya son las más cercanas.

Zariádiye

Es el parque más joven del centro, inaugurado en septiembre de 2017 en el solar del antiguo hotel Rossiya, junto al Kremlin. Recrea en pocas hectáreas los paisajes de Rusia, de la tundra al bosque, y su puente flotante, un voladizo de hormigón sobre el río, ofrece una de las mejores vistas del Kremlin y de San Basilio.

El Kremlin visto desde el puente flotante del parque Zariádiye, sobre el Moscova
El Kremlin desde el puente flotante de Zariádiye. Foto: Bestalex (Wikimedia Commons, CC0).

Queda a un paso de la Plaza Roja, entre la calle Varvarka y el muelle del Moscova; la estación de metro más cercana es Kitái-Górod. A diez minutos andando, los Jardines de Alejandro continúan el paseo junto a la muralla del Kremlin.

VDNJ

La Exposición de Logros de la Economía Nacional nació en 1939 como gran feria agrícola de la Unión Soviética, y es un museo al aire libre de la arquitectura estalinista. Sus pabellones de las repúblicas, la fuente de la Amistad de los Pueblos, con sus dieciséis figuras doradas, una por cada república que formaba la URSS en 1954, y el cohete que se alza ante el pabellón del Cosmos merecen una tarde entera.

La fuente dorada de la Amistad de los Pueblos en el recinto de VDNJ, Moscú
La fuente de la Amistad de los Pueblos, en VDNJ. Foto: Dmitry Ivanov (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Está al norte de la ciudad, junto a la torre de televisión de Ostánkino, y se llega con la estación de metro VDNJ.

Sokólniki

Antiguo coto de caza de los zares, donde, según la versión más extendida, se criaban los halcones que le dan nombre, Sokólniki es el más boscoso de los cuatro. Sus avenidas en abanico se pierden entre pinos y abedules, y es el lugar perfecto para ver el Moscú más tranquilo, el de las familias, los ciclistas y los paseos sin prisa.

Queda al noreste del centro, junto a la estación de metro Sokólniki.

Preguntas frecuentes

¿Hay que pagar entrada en los parques de Moscú?

No. Los cuatro son de acceso gratuito; se paga el alquiler de bicicletas, algunas atracciones y los museos que hay dentro, como el del Cosmos en VDNJ.

¿Cuál es la mejor época para ir?

De mayo a septiembre, con los jardines en flor y las fuentes en marcha. En invierno el Gorki cambia de carácter: pista de hielo y paseos entre la nieve.

¿Cuál conviene si se viaja con niños?

Gorki y Sokólniki: zonas de juego, alquiler de bicicletas y espacio de sobra. VDNJ funciona mejor con niños algo mayores, por los museos.

Si hay que quedarse con uno, la elección depende del viajero: Zariádiye para la primera visita, Gorki para entender la vida de la ciudad, VDNJ para los curiosos de la historia soviética y Sokólniki para escapar de ella. El mejor consejo es más sencillo: dedicar al menos una tarde a cualquiera de ellos. Moscú se entiende mejor desde un banco del parque que desde la cola de un museo. Y si el paseo abre el apetito, en Lugares está el resto de la ciudad.

La muralla roja del Kremlin vista desde los Jardines de Alejandro, con césped y árboles

Un paseo a la sombra de la muralla del Kremlin

Al dar la hora en punto, junto a la llama que arde frente a la muralla del Kremlin, dos soldados del regimiento presidencial levantan la pierna hasta la horizontal y avanzan a cámara lenta. Los turistas sacan el móvil; una pareja de recién casados deja flores sobre el granito. A pocos metros, los niños corren por el césped y los oficinistas comen en los bancos. Todo eso cabe en los Jardines de Alejandro.

Los Jardines de Alejandro son el parque más céntrico de Moscú: una franja verde entre la muralla roja del Kremlin y la plaza del Manège, abierta al público desde 1823. Pocos lugares de la ciudad mezclan con tanta naturalidad el paseo y la memoria.

Un jardín sobre un río

Bajo los parterres corre el Neglinnaya, el río que defendía el flanco occidental del Kremlin. Tras el incendio de 1812, cuando Moscú se reconstruía, el río se encauzó bajo tierra y el arquitecto Ósip Bove diseñó sobre él, entre 1821 y 1823, un jardín en tres tramos: el Superior, el Medio y el Inferior. El nombre homenajea a Alejandro I, el zar de la victoria sobre Napoleón.

De aquella época queda la gruta de las Ruinas, al pie de la torre del Arsenal Medio, decorada con fragmentos de los edificios destruidos en la guerra. Era un recuerdo romántico del desastre, y todavía funciona como tal.

Tumba del Soldado Desconocido, en los Jardines de Alejandro
La Tumba del Soldado Desconocido. Foto: Hans-Jürgen Neubert (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

La llama del soldado desconocido

En el Jardín Superior está la Tumba del Soldado Desconocido. Guarda los restos de un combatiente caído en la defensa de Moscú en 1941, trasladados aquí en diciembre de 1966, y su llama eterna arde desde el 8 de mayo de 1967. A lo largo de la muralla, bloques de pórfido rojo recuerdan a las ciudades héroe de la guerra. El relevo de la guardia se hace cada hora, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, y es, para muchos visitantes, la escena más emocionante de Moscú.

Muy cerca se alza el obelisco erigido en 1914 por los trescientos años de la dinastía Románov. Los bolcheviques lo reconvirtieron en monumento a los pensadores revolucionarios, y en noviembre de 2013, tras su restauración, recuperó su aspecto original. Pocas piezas resumen mejor el siglo XX ruso.

Dónde está y cómo se visita

Los jardines se extienden a lo largo de la muralla occidental del Kremlin, entre la plaza del Manège y el muelle del Moscova. Las estaciones de metro Aleksándrovski Sad, Biblioteka ímeni Lénina, Arbátskaya y Bórovitskaya dejan a dos pasos. La entrada es libre. Por aquí, a través de la torre Kutafia y el puente de la Trinidad, se accede también a la visita del Kremlin.

  • Metro: Aleksándrovski Sad, Biblioteka ímeni Lénina, Arbátskaya y Bórovitskaya dejan a dos pasos.
  • Entrada: libre y gratuita. Solo se paga la visita al Kremlin, cuyas taquillas están junto a la torre Kutafia.
  • Arbat: desde la torre Kutafia, la calle Arbat queda a un paseo corto hacia el oeste.
La muralla roja del Kremlin vista desde los Jardines de Alejandro, con césped y árboles
La muralla del Kremlin desde los Jardines de Alejandro. Foto: Yuri D. K. (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Preguntas frecuentes

¿Hay que pagar para entrar en los Jardines de Alejandro?

No. El jardín es de acceso libre y gratuito; solo se paga la visita al Kremlin, cuyas taquillas están junto a la torre Kutafia.

¿A qué hora es el cambio de guardia?

Cada hora en punto, de ocho de la mañana a ocho de la tarde. Dura unos minutos y no hace falta reservar.

¿Cuánto tiempo hace falta para verlos?

Una hora basta para recorrer los tres tramos y ver la Tumba del Soldado Desconocido. Con dos, se puede añadir la gruta de las Ruinas y bajar al muelle del Moscova. Para seguir con la ciudad, la sección de Lugares reúne el resto.

Hay parques más grandes y más bonitos en Moscú, pero ninguno tan bien situado. Los Jardines de Alejandro son el lugar donde la ciudad se sienta a descansar a la sombra del poder y, al mismo tiempo, a recordar a sus muertos. Merece la pena volver a distintas horas: el mismo banco cuenta historias diferentes por la mañana y al caer la noche.

Fachada de la estación Kazanski de Moscú, con su torre inspirada en la arquitectura de Kazán

Nueve estaciones para salir de Moscú hacia cualquier rincón del país

En la plaza Komsomólskaya, a media noche, tres relojes marcan la misma hora en tres fachadas distintas. A un lado sale el tren hacia San Petersburgo; enfrente, el que tardará una semana en llegar al Pacífico; un poco más allá, el que va hacia Kazán y el Volga. Entre ellos se cruzan maletas, abuelas con bolsas de comida y soldados de permiso. Es la llamada plaza de las tres estaciones, y es el mejor sitio para entender cómo funciona Moscú.

La capital tiene nueve grandes estaciones históricas, a las que en 2021 se sumó una décima, la Vostochni, en Cherkízovo. En las nueve clásicas la regla es sencilla: cada una lleva el nombre de la dirección hacia la que salen sus trenes, no del lugar donde está. En Moscú, una estación es una puerta, y el nombre dice hacia dónde se abre.

La plaza de las tres estaciones

La Leningradski es la más antigua. La proyectó Konstantín Ton, se construyó entre 1844 y 1849 para la línea que unía Moscú y San Petersburgo, y su edificio tiene un gemelo casi exacto al otro extremo de la vía. Enfrente está la Yaroslavski, con su fachada de cuento ruso firmada por Fiódor Schéjtel en 1904: de aquí parte el Transiberiano, el tren que cruza el país hasta Vladivostok y del que ya contamos su centenario. La tercera es la Kazanski, de Alekséi Shchúsev, con una torre que imita la de la fortaleza de Kazán.

La estación Leningradski de Moscú, de fachada clásica con torre del reloj
La estación Leningradski. Foto: Mike1979 Russia (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

La plaza está junto a la estación de metro Komsomólskaya, una de las más suntuosas de la red. Se recorre a pie en pocos minutos, aunque cruzar sus avenidas exige paciencia y pasos subterráneos.

Las otras seis puertas

  • Kíevski, junto al Moscova: trenes hacia el suroeste y el Aeroexpress a Vnúkovo. Su torre del reloj es una de las más fotografiadas de la ciudad.
  • Bielorusski: la puerta del oeste, hacia Smolensk y Minsk, y salida del Aeroexpress a Sheremétievo. Según la memoria popular, de aquí salieron los soldados en 1941 y aquí volvieron en 1945.
  • Kurski: trenes hacia el sur y hacia el este, con un edificio moderno de cristal que, según se cuenta, envuelve la fachada antigua.
  • Paveletski: hacia el sureste y el bajo Volga, además del Aeroexpress a Domodédovo.
  • Rizhski: nació para la línea de Riga y hoy mueve sobre todo trenes de cercanías.
  • Saviólovski: la más modesta, con trenes hacia el norte de la región de Moscú.

Conviene comprobar siempre en el billete de qué estación sale el tren: la confusión entre estaciones es el error más común del viajero, y entre algunas de ellas hay media hora de metro.

Fachada de la estación Kazanski de Moscú, con su torre inspirada en la arquitectura de Kazán
La estación Kazanski, en la plaza Komsomólskaya. Foto: Mike1979 Russia (Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0).

Arquitectura para salir de viaje

Las grandes estaciones se construyeron cuando el ferrocarril era la forma más moderna de ser ruso, y sus arquitectos lo sabían. Cada fachada habla del destino: la Yaroslavski recuerda al norte de madera y monasterios, la Kazanski mezcla torres tártaras y moscovitas, la Kíevski se viste de clasicismo imperial. Son edificios para despedirse a lo grande.

Por eso merecen una visita aunque no se vaya a coger ningún tren. Una hora en la plaza de las tres estaciones enseña más sobre el tamaño de Rusia que cualquier mapa: basta ver salir, en direcciones opuestas, un tren hacia el Báltico y otro hacia el Pacífico.

El rascacielos estalinista del muelle Kotelnicheskaya sobre el río Moscova

Los siete rascacielos con los que Stalin quiso cambiar Moscú

Al caer la tarde, desde el puente que cruza el Moscova junto al Kremlin, la torre de la Kotelnicheskaya se recorta contra el cielo como un pastel de bodas de piedra. A la izquierda asoma otra aguja, y a lo lejos, en las colinas del suroeste, una tercera. Quien llega a Moscú por primera vez tarda poco en descubrir que esas siluetas se repiten: siete torres casi gemelas, con su estrella en lo alto, que los moscovitas llaman las Siete Hermanas.

Son los rascacielos que Stalin mandó levantar después de la guerra. Más que edificios, fueron una declaración: la capital del país vencedor debía tener un perfil a la altura, y debía tenerlo sin copiar a Nueva York.

Una ciudad que quería verse desde lejos

La decisión llegó en enero de 1947, y las primeras piedras se colocaron a la vez el 7 de septiembre de ese mismo año, cuando Moscú celebraba sus ochocientos años. Según la cronología más citada, las obras se alargaron hasta 1957. El plan original preveía ocho torres; la octava, en Zariádiye, junto al Kremlin, nunca pasó de los cimientos, que de acuerdo con la versión más extendida sirvieron años después para el hotel Rossiya.

La fórmula se repite en todas: un cuerpo central escalonado que sube hacia una aguja, alas laterales simétricas, piedra y cerámica claras, remates góticos y detalles de las torres del Kremlin. Por dentro, acero; por fuera, una mezcla de neoclasicismo, rascacielos americano de los años veinte y nostalgia de la vieja Moscú.

El edificio principal de la Universidad Estatal de Moscú en invierno, con su torre central y la aguja
El edificio principal de la Universidad Estatal de Moscú. Foto: Vyacheslav Argenberg (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Las siete, una por una

  • Universidad Estatal de Moscú, en las colinas de los Gorriones. La mayor y la más alta: 240 metros con la aguja. Suele decirse que durante décadas fue el edificio más alto de Europa.
  • Ministerio de Asuntos Exteriores, en la plaza Smolénskaya. Sigue siendo sede del ministerio.
  • Edificio de la Kotelnicheskaya, en la confluencia del Moscova y el Yauza. Viviendas, cine y tiendas en la planta baja.
  • Edificio de la plaza Kúdrinskaya, frente al zoo. Otro bloque residencial de prestigio.
  • Hotel Ucrania, junto al Moscova, frente a la Casa Blanca. Sigue funcionando como hotel.
  • Hotel Leningrádskaya, en la plaza de las tres estaciones. Suele considerarse el más pequeño de los siete y el más recargado por dentro.
  • Edificio de las Puertas Rojas, junto a la estación de metro Krasnye Vorota. Oficinas ministeriales y viviendas.

Dónde está cada una

Las Siete Hermanas no forman un conjunto: están repartidas en un gran anillo alrededor del centro, a propósito, para que desde cualquier punto de la ciudad se viera al menos una. Tres de ellas, la de Exteriores, la de la Kúdrinskaya y la de las Puertas Rojas, se asoman al Anillo de los Jardines y se pueden enlazar en un paseo largo; la universidad exige un viaje de metro hasta Universitet o Vorobiovy Gory. El mapa marca la torre principal de la universidad, la más visitada.

Casi todas se pueden ver de cerca, pero no todas por dentro. Los dos hoteles, el Ucrania y el Leningrádskaya, son los más fáciles de ver por dentro. En la universidad, el acceso al edificio principal está restringido. La Kotelnicheskaya y la Kúdrinskaya son viviendas, y lo mejor de ellas está en la calle y en el muelle.

Lo que queda de la idea

Durante el deshielo de Jruschov se criticó el exceso decorativo de aquellos edificios, y la arquitectura soviética giró hacia el bloque prefabricado. Pero las torres ya estaban hechas y se quedaron como referencia. Hoy comparten horizonte con los rascacielos de cristal de Moscow City, que las superan con mucho en altura y no en presencia.

Esa es la paradoja de las Siete Hermanas: nacieron como propaganda de un régimen y acabaron convertidas en el símbolo más reconocible de la ciudad, por encima de cualquier torre moderna. Para entender Moscú desde lejos, no hay mejor brújula que buscar con la mirada la próxima aguja.

La iglesia de la Ascensión de Koloménskoye, con su tejado en forma de tienda, sobre la orilla del río Moscova

Koloménskoye: la iglesia de piedra que apuntaba al cielo

Desde la orilla del Moscova, al sur de la ciudad, la iglesia aparece de golpe sobre la colina: una torre blanca de 62 metros que termina en una punta octogonal, sin cúpulas en forma de cebolla, sin nada que la suavice. En 1532, cuando se terminó, no había en Rusia otra cosa igual. La había mandado construir el gran príncipe Basilio III en su finca de Koloménskoye, y la tradición la relaciona con el nacimiento, dos años antes, de su heredero, el futuro Iván el Terrible.

La iglesia de la Ascensión es la gran razón para ir a Koloménskoye. Hay más cosas en el antiguo dominio de los zares, pero todas giran alrededor de esa torre.

La iglesia de la Ascensión de Koloménskoye, con su tejado en forma de tienda, sobre la orilla del río Moscova
La iglesia de la Ascensión, en Koloménskoye. Foto: Vyacheslav Argenberg (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

Una forma de madera hecha en piedra

Lo que la hace única es el tejado en tienda, el shatior. Las iglesias de madera del norte ruso usaban desde hacía tiempo esas cubiertas altas y piramidales, pero nadie las había llevado a la piedra y el ladrillo a esa escala. En Koloménskoye se hizo, y el resultado abrió un estilo que se repetiría en Moscú durante más de un siglo, hasta que la Iglesia lo prohibió a mediados del XVII por considerarlo poco canónico.

Se desconoce el nombre del arquitecto. Algunos detalles, como las pilastras y los capiteles, delatan una mano formada en el Renacimiento italiano, y la atribución más extendida apunta a un maestro italiano al que las crónicas rusas llaman Petrok Mali, que trabajaba entonces en Moscú. Es una hipótesis sólida, no un documento firmado. Lo seguro es la mezcla: una silueta muy rusa resuelta con soluciones de taller europeo.

Por dentro sorprende lo pequeña que es. La torre es casi toda estructura, un hueco vertical que sube hacia la luz. La iglesia se pensó para ser vista desde lejos, desde el río y desde la llanura, más que para acoger a una multitud. En 1994 la UNESCO la inscribió como patrimonio mundial.

Dónde está y cómo se llega

Koloménskoye queda hoy dentro de Moscú, a unos diez kilómetros al sureste del Kremlin, y la estación de metro del mismo nombre deja a un paseo de la entrada. El recinto es un gran parque abierto sobre una terraza alta del río, con barrancos, huertos de manzanos y robles centenarios. La iglesia está en el borde de la terraza, mirando al agua.

El palacio que volvió de los grabados

Koloménskoye fue durante siglos una residencia de verano de los grandes príncipes y los zares. El más aficionado fue Alexis Mijáilovich, el padre de Pedro el Grande, que en 1667 y 1668 mandó levantar un enorme palacio de madera, un laberinto de torres, galerías y tejados que los extranjeros llamaban la octava maravilla. Un siglo después estaba tan deteriorado que Catalina II ordenó derribarlo. Solo se salvaron los planos, los dibujos y una maqueta.

Con ese material se levantó una reconstrucción completa, inaugurada el 4 de septiembre de 2010, Día de la Ciudad de Moscú. No está en su sitio original, sino en la parte sur del parque, y es un edificio nuevo, no una restauración. Aun así, ayuda a entender cómo vivía la corte antes de que Pedro se marchara a San Petersburgo.

Reconstrucción del palacio de madera del zar Alexis en Koloménskoye, con tejados apuntados y cúpulas
La reconstrucción del palacio de madera del zar Alexis. Foto: Perituss (Wikimedia Commons, CC0).

En el parque se reunieron además, ya en el siglo XX, construcciones de madera traídas de otros lugares: una casa de Pedro el Grande llevada desde Arcángel y una torre de una fortaleza siberiana. Son piezas interesantes, pero funcionan como un museo al aire libre. La Ascensión, en cambio, sigue en el lugar para el que se pensó.

Conviene ir a última hora de la tarde, cuando el sol da de lado en la torre y el río se oscurece debajo. Entonces se entiende lo que buscaba Basilio III: no un templo para entrar, sino una señal en el paisaje, visible desde lejos. Casi cinco siglos después, Koloménskoye sigue siendo el lugar de Moscú donde mejor se ve cómo la piedra rusa aprendió a subir.

Interior del Gran Salón del Conservatorio de Moscú, escenario y platea, fotografía de 2024

La Orquesta Estatal de Rusia, noventa años de sonido

El 5 de octubre de 1936 el Gran Salón del Conservatorio de Moscú abrió temporada con una orquesta que todavía no tenía pasado. Se llamaba Orquesta Sinfónica Estatal de la URSS: un cuerpo grande de cuerdas, vientos y percusión, pensado para el concierto sinfónico de la capital. No fue un ensayo a puerta cerrada. La crónica musical de la época habla de un público que llenó la sala. En el podio, el austriaco Erich Kleiber empezaba un ciclo dedicado a Beethoven con la Sinfonía n.º 1 y la n.º 3, la Heroica. Noventa años después, en 2026, el conjunto se llama Orquesta Estatal Académica de Rusia «Yevgueni Svetlánov». El apellido del membrete no es el de aquella noche.

Kleiber en el podio, Gauk en el cargo

Las fuentes de la temporada, recogidas ya por la prensa musical de 1936, sitúan a Kleiber al frente de ese Beethoven. Junto a su nombre aparece el de Aleksandr Gauk. El cargo de primer titular, de 1936 a 1941, sí fue suyo; la velada del estreno, en esas mismas fuentes, la dirige Kleiber. Gauk fijó enseguida el primer perfil del conjunto: disciplina de ensayo, repertorio clásico y romántico, una presencia estable en la vida de conciertos de Moscú. Otras batutas marcaron etapas después. La que el nombre actual recuerda es la de Svetlánov, director, pianista y compositor: durante mucho tiempo, el rostro del conjunto en las salas de Moscú y en las giras. Su etapa al frente es posterior a la noche de Kleiber. Por eso el homenaje de 2005 nombra a quien hizo reconocible el sonido, no a quien presentó a la orquesta.

Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich a su llegada a Ámsterdam en 1967
Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich, Ámsterdam, 1967. Foto: Eric Koch / Anefo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL.

El sonido que heredó el apellido

Svetlánov estuvo al frente durante décadas y dejó una huella reconocible en Chaikovski, en Rajmáninov y en los grandes ciclos sinfónicos: cuerdas densas, vientos con carácter, una manera de respirar el fraseo romántico. En 2005 la orquesta recibió oficialmente su nombre, un homenaje y no una fundación. El título de académica le había sido concedido años antes, como reconocimiento de una trayectoria larga. Eso explica el membrete. No explica el sonido.

Una orquesta se transmite de atril en atril, y noventa años no caben en una placa. El hilo que une la Heroica de Kleiber —la noche quedó anotada en 1936, entre otras crónicas, por la revista Sovétskaya múzyka— con los programas de ahora es la sala, el público y ese cuerpo sonoro, no el decreto que puso un apellido en la puerta. El nombre de Svetlánov se justifica solo si, al volver a aquella Heroica o a Chaikovski, se oye un conjunto y no un membrete.

Plantas altas destruidas de la Casa Blanca de Moscú tras el asalto de octubre de 1993

La Casa Blanca de Moscú, 4 de octubre de 1993

El 4 de octubre de 1993, tanques del ejército disparaban contra las plantas altas de la Casa Blanca de Moscú. De allí salía humo. Dentro estaban Ruslán Jasbulátov, presidente del Soviet Supremo, y Aleksandr Rutskói, el vicepresidente a quien esa cámara había juramentado presidente en funciones. La orden de disparar era de Borís Yeltsin.

El conflicto venía del decreto 1400, de dos semanas antes, que disolvía el Congreso de los Diputados del Pueblo y el Soviet Supremo. El Tribunal Constitucional lo declaró contrario a la Constitución vigente. El Parlamento destituyó a Yeltsin y se encerró en su sede. El 3 de octubre sus partidarios rompieron el cerco y hubo tiroteos en el centro de televisión de Ostánkino. Nada de eso cambia el hecho del día siguiente: un presidente resolvió un pleito constitucional haciendo fuego contra el parlamento.

Jasbulátov y Rutskói salieron detenidos. El recuento oficial de muertos superó el centenar. En diciembre, un referéndum aprobó la Constitución que deja el poder en la presidencia. Esa ley no se discutió en una cámara. Se escribió después de haberla bombardeado.

Vista peatonal de la calle Arbat en Moscú con farolas y fachadas históricas

Calle Arbat: paseo cultural por el Moscú histórico

A comienzos de 1831, Aleksandr Pushkin y Natalia Goncharova pasaron los primeros meses de casados en el número 53 de la calle Arbat. El apartamento es hoy casa-museo, filial del Museo Estatal A. S. Pushkin. Fuera, el mismo suelo es paseo: farolas, adoquín, retratos, guitarras. El Viejo Arbat —Stary Arbat— corre entre las plazas de Arbatskaya y Smolenskaya. En un extremo, el metro Arbatskaya y el restaurante Praga. En el otro, Smolenskaya, el río y un perfil más nuevo del barrio. Una habitación de poeta y, a la puerta, un escenario.

Fachada de la casa-museo de Pushkin en la calle Arbat de Moscú
Casa-museo (apartamento memorial) de A. S. Pushkin en Arbat 53. Foto: Pierre André Leclercq (Wikimedia Commons, CC BY 4.0).

El nombre viene de lejos. Desde al menos el siglo XV designa un eje de mercaderes y artesanos, camino hacia el oeste de la ciudad. Luego fue calle noble, y la literatura de los siglos XVIII y XIX le puso geografía sentimental. En el XX cupieron viviendas compartidas, teatros y cafés: el ritmo de la metrópoli soviética, sin que la calle perdiera del todo su escala antigua. En las décadas de 1970 y 1980 se peatonalizó y se rehízo con farolas, adoquín y fachadas restauradas. A poca distancia, el Nuevo Arbat, avenida de los años sesenta, con torres y coches, hace el contraste a propósito. El viejo se anda. El nuevo se cruza.

Vista peatonal de la calle Arbat en Moscú con farolas y fachadas históricas
Calle Arbat (Старый Арбат), Moscú. Foto: Alex «Florstein» Fedorov (Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0).

Del número 53 al muro

En la segunda mitad del siglo XX el Arbat sumó la bohemia. El Teatro Vakhtángov, con su estatua de Turandot, y Bulat Okudzhava, que cantó el barrio como cosa íntima —hay un monumento suyo en el paseo—, fijaron la calle en la canción de autor. Lo que se oye ahora, guitarra y acordeón, sale de ahí, con el exceso de recuerdos para turistas incluido. Cerca conviven otras casas del mismo tipo; entre ellas, la vivienda asociada a Andréi Bely. El Arbat es, también, un archipiélago corto de interiores.

En un callejón próximo, el muro de Tsoi acumula grafitis, flores y el lema Цой жив («Tsoi vive»). El retrato del cantante de Kino está en Víktor Tsoi: la voz de Kino. El muro es una coordenada física de ese mito, clavada en la misma calle donde Pushkin estrenó el matrimonio.

Perspectiva de la calle Arbat antigua con peatones y edificios de colores
Старый Арбат, Moscú, 2008. Foto: Andrew Bossi (Wikimedia Commons, CC BY-SA 2.5).

No es solo una postal

Se entiende yendo de Arbatskaya a Smolenskaya, despacio, que es el registro de esta calle y no el del Nuevo Arbat. En el 53 el Arbat es un interior de 1831. En el muro de Tsoi es una pintada que sigue recibiendo flores. Okudzhava la cantó entre las dos cosas, y el cierre al tráfico, ya en los ochenta, la dejó en escenario. Es verdadera precisamente por no elegir: mercaderes, un poeta recién casado y un muro de rock sobre el mismo adoquín. Llamarla pintoresca se queda corto. Es el Moscú que se camina al margen de la Plaza Roja, y la tienda de souvenirs no le quita esa memoria: se la pone encima.