El 4 de octubre de 1993, tanques del ejército disparaban contra las plantas altas de la Casa Blanca de Moscú. De allí salía humo. Dentro estaban Ruslán Jasbulátov, presidente del Soviet Supremo, y Aleksandr Rutskói, el vicepresidente a quien esa cámara había juramentado presidente en funciones. La orden de disparar era de Borís Yeltsin.
El conflicto venía del decreto 1400, de dos semanas antes, que disolvía el Congreso de los Diputados del Pueblo y el Soviet Supremo. El Tribunal Constitucional lo declaró contrario a la Constitución vigente. El Parlamento destituyó a Yeltsin y se encerró en su sede. El 3 de octubre sus partidarios rompieron el cerco y hubo tiroteos en el centro de televisión de Ostánkino. Nada de eso cambia el hecho del día siguiente: un presidente resolvió un pleito constitucional haciendo fuego contra el parlamento.
Jasbulátov y Rutskói salieron detenidos. El recuento oficial de muertos superó el centenar. En diciembre, un referéndum aprobó la Constitución que deja el poder en la presidencia. Esa ley no se discutió en una cámara. Se escribió después de haberla bombardeado.

