Interior del Gran Salón del Conservatorio de Moscú, escenario y platea, fotografía de 2024

La Orquesta Estatal de Rusia, noventa años de sonido

El 5 de octubre de 1936 el Gran Salón del Conservatorio de Moscú abrió temporada con una orquesta que todavía no tenía pasado. Se llamaba Orquesta Sinfónica Estatal de la URSS: un cuerpo grande de cuerdas, vientos y percusión, pensado para el concierto sinfónico de la capital. No fue un ensayo a puerta cerrada. La crónica musical de la época habla de un público que llenó la sala. En el podio, el austriaco Erich Kleiber empezaba un ciclo dedicado a Beethoven con la Sinfonía n.º 1 y la n.º 3, la Heroica. Noventa años después, en 2026, el conjunto se llama Orquesta Estatal Académica de Rusia «Yevgueni Svetlánov». El apellido del membrete no es el de aquella noche.

Kleiber en el podio, Gauk en el cargo

Las fuentes de la temporada, recogidas ya por la prensa musical de 1936, sitúan a Kleiber al frente de ese Beethoven. Junto a su nombre aparece el de Aleksandr Gauk. El cargo de primer titular, de 1936 a 1941, sí fue suyo; la velada del estreno, en esas mismas fuentes, la dirige Kleiber. Gauk fijó enseguida el primer perfil del conjunto: disciplina de ensayo, repertorio clásico y romántico, una presencia estable en la vida de conciertos de Moscú. Otras batutas marcaron etapas después. La que el nombre actual recuerda es la de Svetlánov, director, pianista y compositor: durante mucho tiempo, el rostro del conjunto en las salas de Moscú y en las giras. Su etapa al frente es posterior a la noche de Kleiber. Por eso el homenaje de 2005 nombra a quien hizo reconocible el sonido, no a quien presentó a la orquesta.

Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich a su llegada a Ámsterdam en 1967
Yevgueni Svetlánov con Liana Isakadze y Maxim Shostakóvich, Ámsterdam, 1967. Foto: Eric Koch / Anefo, Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0 NL.

El sonido que heredó el apellido

Svetlánov estuvo al frente durante décadas y dejó una huella reconocible en Chaikovski, en Rajmáninov y en los grandes ciclos sinfónicos: cuerdas densas, vientos con carácter, una manera de respirar el fraseo romántico. En 2005 la orquesta recibió oficialmente su nombre, un homenaje y no una fundación. El título de académica le había sido concedido años antes, como reconocimiento de una trayectoria larga. Eso explica el membrete. No explica el sonido.

Una orquesta se transmite de atril en atril, y noventa años no caben en una placa. El hilo que une la Heroica de Kleiber —la noche quedó anotada en 1936, entre otras crónicas, por la revista Sovétskaya múzyka— con los programas de ahora es la sala, el público y ese cuerpo sonoro, no el decreto que puso un apellido en la puerta. El nombre de Svetlánov se justifica solo si, al volver a aquella Heroica o a Chaikovski, se oye un conjunto y no un membrete.

Muro de Tsoi en el Arbat de Moscú, cubierto de graffiti en homenaje a Víktor Tsoi y Kino

Víktor Tsoi: la voz de Kino

El 15 de agosto de 1990, Víktor Tsoi iba al volante de su Moskvitch por la carretera de Sloka a Talsi, cerca de Tukums, en Letonia. Chocó con un autobús. Tenía veintiocho años. Detrás quedaban un concierto enorme en el Luzhnikí de Moscú y unas cintas a medio hacer con el guitarrista Yuri Kasparyán. Delante no quedó nada, salvo la voz ya grabada y un eslogan de pared: «Tsoi vive».

Víktor Tsoi actuando en el DK Svyazi de Leningrado en 1986
Víktor Tsoi en el DK Svyazi, Leningrado, 1986 (Wikimedia Commons, CC0).

Había nacido en Leningrado el 21 de junio de 1962, hijo de un ingeniero de origen coreano soviético y de una profesora rusa. Escuela de arte, bajo en grupos de adolescentes, expulsión, y luego el oficio de tallista en madera. Las manos aparecen dos veces en esta vida: en la talla y en la guitarra. Hacia el cambio de década se juntó con Alexéi Rýbin. El grupo se llamó primero Garin i giperboloidy, «Garin y los hiperboloides», por la novela de Alexéi Tolstói; enseguida fueron dos y el nombre pasó a ser Kino, cine. El Leningrad Rock Club los acogió. Borís Grebenshchikov, de Aquarium, empujó las primeras grabaciones caseras. El debut, 45 (1982), circuló en magnitizdat: cinta de mano en mano, no disco de tienda.

La voz seca

El sonido es seco. Post-punk, new wave, riffs limpios, batería marcada, una voz casi hablada, sin adorno. Las letras caben en una imagen: la ciudad de noche, el camino, la espera, el «nosotros» de una generación. Peremen! («¡Cambios!») se volvió himno de muchos oyentes de finales de los ochenta, un anhelo colectivo que no hace falta colgar de un partido. Gruppa krovi («Grupo sanguíneo»), el disco de 1988, disparó la popularidad. Zvezda po imeni Solntse («Una estrella llamada Sol»), de 1989, es la noche. Alrededor quedan Kukushka, Pachka sigaret, Spokoínaya noch, y los discos de en medio —Nachálnik Kamchatki, Eto ne lyubov, Noch—, cuando Kino todavía era underground y Tsoi, en la sala de calderas Kamchatka, trabajaba de fogonero.

Víktor Tsoi en concierto con Kino, Leningrado hacia 1986
Víktor Tsoi con Kino en concierto, Leningrado (c. 1986). Foto: Tim Penn / knackeredhack (Wikimedia Commons, CC BY 2.0).

En Assa (1987), de Serguéi Soloviov, sale como él mismo: el rock entra en el cine soviético de la época sin disfraz. En Igla (La aguja, 1988), de Rashid Nugmánov, es el protagonista. Parte del rodaje y del imaginario visual mira a Almatí, ciudad con la que la familia tenía lazos: su padre nació en Kazajistán. La gabardina, la mirada fija, la economía de gestos: eso es lo que vieron quienes nunca pisaron el Rock Club. Las películas no inventaron a Kino. Le dieron silueta.

Veintiocho años

Lo enterraron en el cementerio Bogoslovskoye de Leningrado. Los compañeros armaron el álbum póstumo, el llamado Álbum negro, con las voces que ya estaban. El lema Цой жив apareció en muros de todo el país. En Moscú, el muro de Tsoi del callejón de Arbat sigue siendo lugar de peregrinación. En San Petersburgo, la antigua sala de calderas donde fue fogonero es club y museo informal de fans.

Tsoi se quedó en el umbral de los treinta, con una voz que pedía cambios y nombraba una estrella. El Moskvitch fija esa vida mejor que una lista de discos: un coche soviético, una carretera letona, un fogonero que había llenado el Luzhnikí. Kino se escucha todavía, también quien no vivió la URSS. Las canciones aguantan sin la gabardina. La gabardina, en cambio, no aguantaría sin las canciones.