Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos

Sputnik 1: el satélite que cambió el cielo en 1957

A las 19:28 UTC del 4 de octubre de 1957 —en el polígono de Tyuratam ya era día 5— una esfera de aluminio pulido entró en órbita y empezó a decir «bip-bip». Dentro, bajo nitrógeno, iban baterías, un sistema de regulación térmica y dos transmisores. Nada más. En la oficina de Serguéi Koroliov el artefacto se llamaba PS-1, Prostéishiy Sputnik: el satélite más simple. Fuera, el nombre que se quedó fue Sputnik 1.

Réplica del satélite Sputnik 1, esfera metálica con cuatro antenas, exhibida en el Museo Nacional de la Fuerza Aérea de Estados Unidos
Réplica de Sputnik 1 en el National Museum of the U.S. Air Force. Foto: U.S. Air Force (dominio público).

En ruso, sputnik ya quería decir satélite: el compañero que viaja al lado de otro cuerpo. Después de aquella noche la palabra se fue a otras lenguas y pasó a nombrar cualquier cosa que irrumpe y obliga a mirar arriba. La señal, en 20,005 y 40,002 megahercios, eran pulsos alternados. La oyeron radioaficionados con receptores modestos, y periódicos y escuelas siguieron el paso del satélite con la misma facilidad. Más de la mitad de los 83,6 kilos eran baterías. El diámetro, 58 centímetros: dos hemisferios y cuatro antenas de varilla, de unos 2,4 a 2,9 metros, abiertas como bigotes. El satélite lo proyectó Mijaíl Jomiakov; el cohete fue un R-7 de la oficina de diseño OKB-1, la de Koroliov. El despegue sigue anclado a Tyuratam, en Kazajistán, el polígono que luego se llamaría Baikonur.

Una esfera para un museo

Koroliov quería, se cuenta, que aquella bola brillara lo bastante como para acabar en un museo. No es un dato de telemetría. Es la anécdota que explica el pulido mejor que un catálogo. La órbita inicial era baja y elíptica, del orden de 215–223 por 940–950 kilómetros, con una inclinación de unos 65,1 grados y un periodo cercano a los 96 minutos. Las baterías se agotaron hacia el 26 de octubre de 1957. El cuerpo siguió en silencio hasta reentrar y desintegrarse el 4 de enero de 1958, tras unas mil cuatrocientas vueltas.

Mientras sonó, midió. El arrastre orbital permitió estimar la densidad de la alta atmósfera; la propagación de la señal dio pistas sobre la ionosfera. Todo ello dentro del Año Geofísico Internacional (1957-1958), cuando una órbita artificial era todavía una herramienta nueva. Las cifras de masa y diámetro figuran de forma coherente en la documentación histórica de la NASA y en los catálogos de satélites.

Réplica de Sputnik 1, esfera pulida con cuatro antenas largas, Museo Nacional del Aire y el Espacio
Réplica de Sputnik 1 en el National Air and Space Museum. Foto: NSSDC / NASA (dominio público).

Lo que queda del primer bip

No hizo falta una cápsula tripulada. Bastó un objeto pequeño, sencillo y ruidoso, pensado —si la anécdota se sostiene— para dejarse ver. Las réplicas de museo cumplen hoy ese brillo mejor que el original, que ya no está. Sputnik 1 importa por lo poco que llevaba encima. El primer compañero que el ser humano puso en el cielo no fue una nave: fue una esfera de 58 centímetros que habló tres semanas y se quemó el 4 de enero. El museo, al final, se quedó con las copias.