A media tarde del 18 de octubre de 1867, en la colina que domina Novoarjánguelsk, la capital de la América rusa, dos destacamentos formaban frente a frente. Los soldados rusos, con sus fusiles; los estadounidenses, recién desembarcados de tres barcos de guerra fondeados en la bahía. Sonaron las salvas, y la bandera rusa empezó a bajar por el mástil. A mitad de camino se detuvo: el viento la había enredado en las drizas.
Los marineros tiraron de las cuerdas sin resultado. Hubo que izar a uno de ellos para soltarla, y cuando lo consiguió la tela se le escapó y cayó sobre las bayonetas de los soldados rusos. Según la tradición que recogen varias crónicas, la mujer del gobernador, la princesa Maksútova, se desmayó. Después subió la bandera de las barras y estrellas, y la ciudad empezó a llamarse Sitka.

Una venta firmada de madrugada
El trato se había cerrado meses antes. En la noche del 29 al 30 de marzo de 1867, en Washington, el secretario de Estado William Seward y el representante ruso Eduard Stoeckl firmaron el tratado de cesión: Alaska pasaba a Estados Unidos por 7,2 millones de dólares. Para San Petersburgo era una colonia lejana, cara de defender y con las pieles de nutria marina casi agotadas. La guerra de Crimea había dejado claro que, en caso de conflicto con Gran Bretaña, no podría protegerla.

En Estados Unidos la compra tuvo mala prensa. Hubo quien habló de la «nevera de Seward» y de una locura pagada con dinero público. El Congreso tardó en aprobar el pago, y el cheque del Tesoro no se emitió hasta el verano de 1868. Ese cheque de 7,2 millones se conserva en los Archivos Nacionales.
La tarde en que cambió el calendario
La ceremonia de Sitka tuvo una rareza que los habitantes de la colonia notaron enseguida. Rusia seguía el calendario juliano, doce días por detrás del gregoriano, y la América rusa, que se gobernaba desde el otro lado del Pacífico, contaba además los días como en Rusia, un día por delante de la costa americana. Para los rusos de Novoarjánguelsk, aquella tarde de viernes 18 era el sábado 7 de octubre. Con la nueva bandera pasaron de golpe al calendario y a la hora estadounidenses: avanzaron once días en el mes y el sábado se convirtió en viernes.
Por eso la fecha bailó en los libros. Las fuentes rusas la dan a veces como 6 de octubre, la equivalencia juliana del 18, y otras como 7 de octubre, el día que marcaba el calendario de la colonia; en Alaska, el 18 de octubre es festivo y se llama Alaska Day. Cada año, en Sitka, se recrea la escena en la misma colina, hoy llamada Castle Hill, con uniformes de época y la bandera bajando por el mástil.
Lo que se quedó
Los rusos de la colonia nunca fueron muchos, apenas unos centenares. El tratado les permitía quedarse como ciudadanos estadounidenses o volver en tres años, y la mayoría se marchó. Se quedaron los criollos, los nativos bautizados y la Iglesia ortodoxa, que siguió teniendo fieles entre los tlingit y los aleutas mucho después de que se fuera el último funcionario imperial. La catedral de San Miguel, en el centro de Sitka, es todavía la huella más visible de aquella América rusa.
Visto con distancia, el traspaso fue un negocio redondo para un lado y una retirada sensata para el otro, pero la ceremonia lo resume mejor que cualquier balance. Una bandera que se niega a bajar, un mástil al que hay que trepar y un calendario que salta doce días en una tarde: así terminó, sin batalla y con cierta torpeza, la única colonia que Rusia tuvo en América.

