Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920

Serguéi Yesenin: el poeta del campo ruso

Los sábados, en Konstantinovo, la abuela le peinaba. Caballos, río, peleas de muchachos: Serguéi Yesenin pasó buena parte de la infancia con los abuelos maternos, y esa casa pesa más en los versos que el resto de la biografía. Nació en la aldea el 21 de septiembre de 1895 por el calendario juliano, todavía el del Imperio; el gregoriano anota el 3 de octubre. La doble fecha no es una nota a pie. Es el sitio de un poeta que vivió entre el pueblo y la ciudad, entre el campo de madera y un siglo que ya no esperaba.

Retrato fotográfico del poeta ruso Serguéi Yesenin, hacia principios de la década de 1920
Serguéi Yesenin. Fotografía anterior a 1925 (Wikimedia Commons, dominio público).

Se llamó a sí mismo, con orgullo y con melancolía, «el último poeta de la aldea». La Rusia de madera queda al lado, como imagen —abedules, caminos de tierra, campanarios—, no como lema. Konstantinovo era una aldea campesina del uyezd de Riazán, el distrito de entonces, hoy provincia. Esa geografía atraviesa la poesía como paisaje interior, no como postal.

Moscú no borró el pueblo

Estudió en la escuela del zemstvo, el autogobierno rural, en Konstantinovo, y luego en Spas-Klepiki. Hacia 1910 escribía ya de forma sostenida. En 1912 se trasladó a Moscú, entró en una imprenta y en los círculos literarios. El salto no anuló la aldea: la convirtió en mito personal. Entre 1915 y 1916 llegó a Petrogrado, trató a Aleksandr Blok y publicó Radunitsa (1916). El título nombra un día de recuerdo de los muertos. En ese primer libro están los motivos que luego no se le van: iconos, cigüeñas en las chimeneas, el cielo como un pañuelo azul sobre los abedules.

Al final de los años diez y al principio de los veinte hubo afinidad con la nueva poesía campesina y, un tiempo, con el imaginismo. Lo que permanece al leer es la despedida: un yo que se aparta del campo como quien se aparta de la infancia, sabiendo que el regreso ya no será el mismo. La ciudad en transformación no le dio un lugar estable. Esa tensión —arraigo y exilio interior— se oye sin antología. Muchas traducciones largas siguen, además, bajo derechos, y el clima del verso basta.

Fotografía de Serguéi Yesenin en Moscú, alrededor de 1922
Serguéi Yesenin hacia 1922. Wikimedia Commons, dominio público.

Vagánkovo

El 28 de diciembre de 1925 murió en Leningrado. Tenía treinta años. Lo enterraron en el cementerio de Vagánkovo, en Moscú. En su país se le lee y se le recita; hay canciones hechas sobre sus textos, y esa vida oral lo deja cerca del oído común, no solo del estante. Konstantinovo guarda la casa-museo. El paisaje de la provincia de Riazán sigue ahí, al lado de unos versos que ya no describen el mismo pueblo.

Radunitsa lo dice mejor que cualquier aniversario. Un primer libro titulado con el día de los difuntos no es un debut inocente: Yesenin escribe la aldea como algo a lo que ya se vuelve de luto. Su fórmula, «el último poeta de la aldea», es la que cabe. La Rusia de madera se queda en los campanarios, no en la boca del poeta.