En el número 13 de la calle Rubinstein, en Leningrado, una sala de actos con sillas de madera se llena hasta los pasillos. En el escenario, un grupo afina guitarras mientras un funcionario revisa las letras que han presentado por escrito. Los músicos han aceptado la censura a cambio de algo que hasta entonces no tenían: un escenario legal. Es la primavera de 1981 y acaba de abrir el Club de Rock de Leningrado.
De aquella sala salió buena parte de la música que acompañó a la Unión Soviética en su última década. No era un movimiento político, pero cambió la manera en que una generación hablaba de sí misma.
Un club con permiso
Antes del club, el rock soviético vivía en conciertos en pisos particulares, los kvartírniki, y en grabaciones caseras que se copiaban de cinta en cinta. El club, abierto el 7 de marzo de 1981 bajo la tutela de una casa de cultura, ofreció a los grupos un sitio donde tocar sin arriesgarse a una multa ni al cierre de la sala. A cambio, las letras pasaban por un comité. La negociación entre libertad y control marcó toda la década.
Cuatro nombres para empezar
- Aquarium. El grupo de Borís Grebenshchikov, fundado a comienzos de los setenta, fue el patriarca de la escena: letras poéticas, influencias de Dylan y de los Beatles y un aire místico que lo distinguía de todos.
- Kino. La banda de Víktor Tsoi, formada en 1981, convirtió el post-punk en himno generacional. A su historia le dedicamos un artículo propio.
- DDT. Nacido en Ufá, el grupo de Yuri Shevchuk se instaló en Leningrado a mediados de los ochenta y aportó un rock más duro y una voz rasgada y combativa.
- Nautilus Pompilius. Llegado de Sverdlovsk, la actual Ekaterimburgo, con Viacheslav Bútusov al frente, demostró que había vida rockera lejos de Leningrado. Sus canciones volverían a sonar en el cine de los noventa, en «Brat».

De la cinta al estadio
Con la perestroika, a partir de 1985, el rock salió de los sótanos. Los grupos empezaron a grabar con sellos oficiales, a llenar estadios y a aparecer en el cine y en la televisión. Las canciones que antes circulaban en cintas copiadas sonaban ahora en todas partes, y algunas, como las de Kino, se convirtieron en himnos que se cantaban en la calle.
La década terminó de golpe. En agosto de 1990 Víktor Tsoi murió en un accidente de tráfico en Letonia, y en la calle Arbat de Moscú sus seguidores empezaron a cubrir una pared de mensajes. El muro de Tsoi sigue allí. Poco más de un año después, la Unión Soviética había dejado de existir.
Lo que dejó
Preguntas frecuentes
¿Por dónde empiezo si no conozco el rock soviético?
Por los cuatro nombres de esta lista: Aquarium para la poesía, Kino para los himnos, DDT para la rabia y Nautilus Pompilius para las melodías.
¿Por qué se llama «soviético» y no «ruso»?
Porque nació dentro de la URSS y se cantaba en ruso en casi todas sus repúblicas. Muchas de esas bandas siguieron tocando después de 1991.
¿Qué fue de Kino tras la muerte de Tsoi?
El grupo se disolvió. Tsoi murió en agosto de 1990 y sus compañeros no continuaron sin él.
El rock soviético de los ochenta no derribó ningún régimen, pero dio palabras a quienes vivieron su final. Sus letras hablaban de cambio, de cansancio y de libertad interior en un país donde esas palabras pesaban. Por eso sigue vivo: cuando un grupo de chavales canta a Kino con una guitarra en un parque ruso, no está escuchando música antigua, está repitiendo la canción que sus padres cantaron cuando todo empezó a moverse.

