El 15 de agosto de 1990, Víktor Tsoi iba al volante de su Moskvitch por la carretera de Sloka a Talsi, cerca de Tukums, en Letonia. Chocó con un autobús. Tenía veintiocho años. Detrás quedaban un concierto enorme en el Luzhnikí de Moscú y unas cintas a medio hacer con el guitarrista Yuri Kasparyán. Delante no quedó nada, salvo la voz ya grabada y un eslogan de pared: «Tsoi vive».

Había nacido en Leningrado el 21 de junio de 1962, hijo de un ingeniero de origen coreano soviético y de una profesora rusa. Escuela de arte, bajo en grupos de adolescentes, expulsión, y luego el oficio de tallista en madera. Las manos aparecen dos veces en esta vida: en la talla y en la guitarra. Hacia el cambio de década se juntó con Alexéi Rýbin. El grupo se llamó primero Garin i giperboloidy, «Garin y los hiperboloides», por la novela de Alexéi Tolstói; enseguida fueron dos y el nombre pasó a ser Kino, cine. El Leningrad Rock Club los acogió. Borís Grebenshchikov, de Aquarium, empujó las primeras grabaciones caseras. El debut, 45 (1982), circuló en magnitizdat: cinta de mano en mano, no disco de tienda.
La voz seca
El sonido es seco. Post-punk, new wave, riffs limpios, batería marcada, una voz casi hablada, sin adorno. Las letras caben en una imagen: la ciudad de noche, el camino, la espera, el «nosotros» de una generación. Peremen! («¡Cambios!») se volvió himno de muchos oyentes de finales de los ochenta, un anhelo colectivo que no hace falta colgar de un partido. Gruppa krovi («Grupo sanguíneo»), el disco de 1988, disparó la popularidad. Zvezda po imeni Solntse («Una estrella llamada Sol»), de 1989, es la noche. Alrededor quedan Kukushka, Pachka sigaret, Spokoínaya noch, y los discos de en medio —Nachálnik Kamchatki, Eto ne lyubov, Noch—, cuando Kino todavía era underground y Tsoi, en la sala de calderas Kamchatka, trabajaba de fogonero.

En Assa (1987), de Serguéi Soloviov, sale como él mismo: el rock entra en el cine soviético de la época sin disfraz. En Igla (La aguja, 1988), de Rashid Nugmánov, es el protagonista. Parte del rodaje y del imaginario visual mira a Almatí, ciudad con la que la familia tenía lazos: su padre nació en Kazajistán. La gabardina, la mirada fija, la economía de gestos: eso es lo que vieron quienes nunca pisaron el Rock Club. Las películas no inventaron a Kino. Le dieron silueta.
Veintiocho años
Lo enterraron en el cementerio Bogoslovskoye de Leningrado. Los compañeros armaron el álbum póstumo, el llamado Álbum negro, con las voces que ya estaban. El lema Цой жив apareció en muros de todo el país. En Moscú, el muro de Tsoi del callejón de Arbat sigue siendo lugar de peregrinación. En San Petersburgo, la antigua sala de calderas donde fue fogonero es club y museo informal de fans.
Tsoi se quedó en el umbral de los treinta, con una voz que pedía cambios y nombraba una estrella. El Moskvitch fija esa vida mejor que una lista de discos: un coche soviético, una carretera letona, un fogonero que había llenado el Luzhnikí. Kino se escucha todavía, también quien no vivió la URSS. Las canciones aguantan sin la gabardina. La gabardina, en cambio, no aguantaría sin las canciones.
