En los años treinta, un maestro de escuela de los Urales empezó a publicar historias que decía haber oído de un viejo contador de cuentos. Firmaba con seudónimo y avisaba en nota al pie: «de los relatos de Jrémelin». La caja de malaquita, el libro que reunió esos textos, convirtió a Pável Bazhov en el cronista de un oficio y de una montaña, y de paso en uno de los autores rusos más traducidos del siglo XX.
Pável Petróvich Bazhov nació en 1879 en Sysert, en la provincia de Perm, y murió en 1950 en Moscú. Fue maestro, periodista y funcionario, y vivió buena parte de su vida en Ekaterimburgo. Los relatos no son cuentos populares recogidos con magnetófono: son skazy, una forma intermedia en la que un narrador cuenta en primera persona, con su habla, y el autor literario trabaja la lengua por debajo.

El abuelo que contaba
El narrador inventado se llamaba Vasili Jrémelin y era un buscador de oro viejo de Polévskói, al que apodaban «abuelo Slyshko» porque empezaba las historias con un «escucha». Bazhov afirmó al principio que transcribía sus relatos; después quitó el nombre de todos los borradores. Las historias ocurren en los alrededores de Polévskói y en la mina de Gumeshki, en un paisaje de pozos, vetas y gente que baja a la tierra a buscar cobre y malaquita.
De la mina al libro
Los relatos fueron apareciendo en revistas entre 1936 y 1945. El volumen que les dio título se publicó en 1939, con ilustraciones de A. Kudrin, y en 1943 recibió el Premio Stalin de segunda clase. Ahí están la Señora de la Montaña de Cobre, que manda sobre las vetas y no perdona la codicia. También Danila, el maestro cantero que quiere hacer una flor de piedra igual a la de verdad. Y las cajas de malaquita que dan nombre al conjunto: objetos reales, que se fabricaban en Ekaterimburgo desde el siglo XIX.
El éxito fue raro para un libro de este tipo: hacia 2010 estaba traducido a sesenta y cinco lenguas, y hacia 2019 a más de cien. En 2013 entró en la lista de los cien libros recomendados a los escolares rusos.
Cómo leerlo en español
En castellano circulan selecciones bajo títulos como La caja de malaquita y La flor de piedra, casi siempre en antologías de relatos escogidos más que en la edición completa. Conviene empezar por los tres o cuatro más conocidos: la Señora de la Montaña de Cobre, la Flor de Piedra, la Caja de Malaquita. Son historias cortas de oficio, con una lógica de recompensa y castigo muy clara. Y con una naturaleza que no es decorado, sino personaje.
Por qué sigue leyéndose
Porque habla de trabajo manual con una dignidad poco habitual, y porque convierte un mineral en literatura sin convertirlo en folleto. La montaña guarda, la montaña quita; el que sabe demasiado se pierde. Es la misma lógica de los cuentos de hadas, aplicada a un paisaje industrial real, y funciona igual de bien en un aula que en una sobremesa.
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