Tres campesinas rusas con vestidos de fiesta y cuencos de bayas ante una casa de madera, fotografía en color de Prokudin-Gorski

El fotógrafo al que el zar le prestó un vagón

En 1909, un químico ruso de cuarenta y seis años subió a un vagón de tren que no era un vagón de pasajeros. Dentro había una cámara oscura, placas de vidrio, filtros y productos químicos. El tren era suyo por una concesión del zar Nicolás II, que además le había firmado dos permisos para entrar en zonas vedadas y para que la burocracia del imperio le abriera puertas. Con ese equipaje, Prokudin-Gorski se pasó años fotografiando un país que ya no existiría diez años después.

Se llamaba Serguéi Mijáilovich Prokudin-Gorski, había nacido en 1863 en la provincia de Vladímir y se había formado como químico en San Petersburgo, Berlín y París. No era un fotógrafo aficionado con una idea bonita: tenía patentes propias para proyectar imágenes en color y llevaba una década investigando cómo separar la luz.

Tres placas para un solo color

El método era laborioso. Cada escena se fotografiaba tres veces, con tres placas de vidrio y a través de tres filtros: rojo, verde y azul. Lo que quedaba no era una foto en color, sino tres negativos en blanco y negro que, superpuestos con luz, devolvían el color. Para enseñarlo usaba una linterna mágica con los tres filtros: el público veía una imagen única, a todo color, proyectada sobre la pared.

Ahí estaba el propósito del viaje: no hacer arte, sino enseñar. La biblioteca dice que su objetivo era educar a los escolares rusos con «proyecciones ópticas en color» sobre la historia, la cultura y la modernización del imperio. Un país enorme, analfabeto y diverso, explicado con luz.

Lo que quedó

Prokudin-Gorski recorrió el imperio aproximadamente entre 1907 y 1915. Fotografió campesinas de Kirílov con sus vestidos de fiesta y sus cuencos de bayas, la línea del ferrocarril, monasterios, fábricas, presos, molinos, el Turquestán, el Cáucaso. En 1918, después de la revolución, salió de Rusia: Noruega, Inglaterra y finalmente Francia, donde murió en 1944.

Las placas se quedaron. En 1948 la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos las compró a sus herederos: 1.902 negativos de vidrio que estuvieron medio siglo casi sin mirar, porque revelarlos era caro y lento. Solo un centenar de imágenes circuló en libros y exposiciones en esos cincuenta años. La digitalización y un proceso llamado digicromatografía hicieron el resto: hoy cualquiera puede ver el imperio ruso en color en la web de la Biblioteca del Congreso.

Por qué sigue importando

Porque cambia la textura del pasado. Estamos acostumbrados a imaginar el imperio zarista en sepia, y de pronto aparecen rostros con mejillas rojas, telas verdes y moradas, el azul de un cielo de provincias. No es una reconstrucción ni una ilustración: es luz de 1909 que atravesó un filtro y quedó guardada en un cristal.

Para quien quiera entender de qué país hablaba aquella cámara, sirve de contrapunto el día en que Rusia arrió su bandera en Alaska, y de compañía, Rérij pintando la Rus antigua. El resto de nuestro archivo gráfico está en Fotografías.