En la primavera de 1837 un joven oficial de húsares salía de San Petersburgo camino del sur, arrestado y degradado a un regimiento de dragones. Tenía veintidós años y una culpa muy concreta: un poema. Tras la muerte de Pushkin en duelo, en enero, Mijaíl Lérmontov había escrito «La muerte del poeta» y acusado en él a la corte de haber empujado al crimen. Los versos corrieron en copias manuscritas por toda la ciudad, y Nicolás I respondió con el destierro al Cáucaso. El poeta, nacido en Moscú el 15 de octubre de 1814, iba a encontrar allí su gran libro.
No era la primera vez que veía aquellas montañas. De niño, enfermizo, lo habían llevado tres veces a los balnearios caucásicos, y a los catorce años ya imitaba a Byron con poemas sobre circasianos y prisioneros. Pero el Cáucaso de 1837 no era un paisaje de infancia. Era una frontera en guerra, y el joven lo recorrió de uniforme.

Un oficial que dibujaba montañas
Aquel primer destierro duró poco, pero le bastó para recorrer la línea militar, cruzar a Tiflis y moverse entre oficiales, decembristas desterrados y poetas georgianos. Llenaba cuadernos de apuntes y pintaba acuarelas y óleos de desfiladeros y aldeas de montaña. Estudiaba las lenguas de la región y reescribió un cuento azerí, «Ashik-Kerib». Cuando la intercesión de su abuela y del poeta Zhukovski le permitió volver a la capital en 1838, traía consigo el material de una novela.
Esa novela se publicó en 1840 con el título de Un héroe de nuestro tiempo. Son cinco relatos encadenados y desordenados en el tiempo: «Bela», «Maksim Maksímich», «Tamán», «La princesa Mary» y «El fatalista». Los une Grigori Pechorin, un oficial brillante, aburrido y cruel que destroza vidas por curiosidad. El Cáucaso no está de decorado. Es el lugar donde un hombre de la ciudad prueba hasta dónde puede llegar sin sentir nada.
Piatigorsk, el balneario de Pechorin
La parte más larga, «La princesa Mary», transcurre en Piatigorsk y Kislovodsk, entre aguas termales, paseos y bailes. Pechorin seduce a una joven princesa por puro cálculo, humilla a un cadete y acaba batiéndose con él en lo alto de un risco. Lérmontov conocía bien esa sociedad de oficiales y damas de la capital que veraneaban al pie del Mashuk. La pintó con una ironía que todavía corta.

En el prólogo de la segunda edición, el autor salía al paso de quienes buscaban en Pechorin un retrato suyo. Era, decía, el retrato de los vicios de toda una generación. Muchos lectores no le creyeron entonces, y algunos tampoco le creen hoy.
La segunda vez no hubo regreso
En 1840 un duelo con el hijo del embajador francés le valió un segundo destierro, esta vez a un regimiento de infantería en primera línea. En julio de ese año combatió en el río Valerik, una batalla que luego convirtió en uno de sus poemas más secos y menos románticos, y sus mandos dejaron constancia de su valor. Al año siguiente, de vuelta hacia su unidad, se detuvo en Piatigorsk para tomar las aguas.
Allí, en el mismo balneario de su novela, una pelea con un antiguo compañero de la escuela de cadetes, Nikolái Martínov, terminó en duelo. Se celebró el 15 de julio de 1841, según el calendario de la época, al pie del Mashuk y bajo una tormenta. Lérmontov murió en el acto. Tenía veintiséis años. La escena se parecía tanto a la de Pechorin que costaba no leerla como el último capítulo del libro.
Lo que queda es el Cáucaso que Lérmontov fijó en la literatura rusa: no el de la postal exótica, sino el de un oficial lúcido que mira las montañas y se mira a sí mismo con la misma frialdad. Esa frialdad es su mayor logro, y explica por qué Tolstói, Chéjov y medio siglo XX aprendieron de él. Ningún escritor ruso ha sido tan joven y tan poco ingenuo a la vez. Mijaíl Lérmontov escribió la mejor novela de su tiempo sobre un hombre que lo tenía todo y no quería nada.

