20 años sin la Unión Soviética

Historia de la URSS, nacimiento, superpotencia, desaparición.

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Siberia
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Siberia »

La autora de este artículo reparte una de cal y otra de arena para intentar congraciarse con todo el mundo, y también dice bastantes memeces típicas del perfil de RusiaHoy, no vaya a ser que la despidan por prosoviética. Pero quitando la basura, me quedo con el espíritu reivindicativo que brilla sobre todo lo demás:
Cinco cosas que nunca le agradecimos a la Unión Soviética

Ahora que han pasado 20 años desde la caída de la Unión Soviética, está nuevamente en boga hablar sobre lo atroz que era aquel sistema. Me pregunto hasta qué punto esta postura es producto de los medios de comunicación occidentales. No quisiera iniciar un debate acerca de lo que era el comunismo clásico puro y lo que resultó ser el estalinismo. Tampoco quiero dejar de lado las atrocidades que se cometieron. Pero lo que sí deseo es recordar algunas de las cosas que le debemos a la URSS y nunca le reconocemos.

6 de enero de 2012 - Aanchal Anand, especial para RBTH


1. Derechos de la mujer.
Mientras que algunas islas habían otorgado a las mujeres el derecho al voto ya en el siglo xix, la primera gran oleada de cambios ocurrió a comienzos del siglo xx. En el año 1917, sólo cuatro grandes países (Australia, Finlandia, Noruega y Dinamarca) habían adoptado el sufragio femenino. La Revolución Rusa de 1917, que defendió la igualdad de derechos para todos, difundió el temor a que las feministas encontrasen en el comunismo un sistema más atractivo, y pudieran conspirar junto con los bolcheviques para importarlo a los países occidentales. La mejor forma de cortar de raíz semejante amenaza era otorgar a las mujeres el derecho al voto. Gran Bretaña y Alemania lo legalizaron en 1918, les siguieron los Estados Unidos en 1920, y otros pronto tomaron el mismo camino. Francia fue la única gran potencia que no reconocería este derecho hasta 1944.


2. Legislación laboral.
Esto es bastante obvio. Contamos con una semana laboral de 5 días, vacaciones pagadas de 2 a 4 semanas, permiso de maternidad, cobertura de salud, estándares de seguridad para operarios, etc. por la presión que ejerció el comunismo sobre el capitalismo. Nunca logramos ver la faceta humana del comunismo, pero gracias a la URSS, sí vislumbramos un lado más humano del capitalismo.


3. La Segunda Guerra Mundial y la reconstrucción postbélica.
La URSS desempeñó un papel fundamental en la derrota de la Alemania nazi. Stalingrado es el famoso campo de batalla que logró desbaratar la guerra relámpago (“blitzrieg”) y cambió el desarrollo de la guerra. La URSS sufrió la pérdida de 23,4 millones de personas (más que en Alemania y más de 26 veces el número de muertes que sufrieron los Estados Unidos y el Reino Unido juntos). Una vez concluida la guerra, se diseñó el Plan Marshall debido a que los países aliados de Occidente no querían que Europa sucumbiera al comunismo al enfrentarse a la muerte, el hambre y la desolación. De hecho, el Plan se desarrolló sólo bajo la condición de que los comunistas fuesen excluidos de los parlamentos de los países que recibían ayuda. ¡Qué democracia!


4. El camino anticolonial.
Mientras que el imperialismo alimentaba la maquinaria industrial y capitalista, la URSS defendía la causa de las colonias explotadas. Extendió su ayuda a los dos países que luchaban por su liberación y a los países que recientemente habían logrado su independencia. Las inclinaciones soviéticas por la lucha libertaria india no son un secreto; para un país pobre que luchaba por ponerse en pie, la ideología comunista resultaba naturalmente atractiva.


5. Descubrimientos científicos.
Los soviéticos lanzaron el primer satélite y luego enviaron al primer perro, al primer hombre y a la primera mujer al espacio. También desarrollaron diversos diseños televisivos. Para resumir, no habría un Tata Sky (sistema de difusión directa por satélite) si no fuera por la magia soviética. Además, los soviéticos también se llevan la medalla de haber creado órganos artificiales, el primer helicóptero, la xerografía y el tristemente célebre fusil AK-47.


Cuando hablo sobre estas cuestiones con mis amigos rusos, ellos subrayan que las consecuencias positivas de la URSS no provienen del hecho de que haya sido un buen sistema, sino de su forma de implementar cambios a modo de “espantapájaros". Sin duda, esta afirmación es verdadera, pero es igual de importante ser intelectualmente honesto y reconocer los méritos de cada uno, aunque ocurra solo una vez.

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Kozhedub
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Kozhedub »

Bueno, en lo de implememtar cambios a modo de "espantapájaros", los nuestros son los amos, y no hace falta que ponga muchos ejemplos. El mejor, llamarnos democracia o poner siglas distintas a los mismos partidos. Otro texto, mucho más "prosoviético", y que viene muy al caso
Veinte años sin la URSS


Higinio Polo
El Viejo Topo


La desaparición de la Unión Soviética es una de las tres cuestiones clave que explican nuestra realidad en el siglo XXI. Las otras dos son el fortalecimiento chino y el inicio de la decadencia norteamericana. La disolución de la URSS se precipitó en el clima de crisis y enfrentamientos que se apoderaron de la vida soviética en los últimos años del gobierno de Gorbachov, quien aunque encabezó un inaplazable proceso de renovación (en su inicio, reclamando el retorno al leninismo), impulsó una desastrosa gestión de gobierno y una torpe acción política que agravó la crisis y facilitó la acción de los opositores al sistema socialista. Las disputas entre Yeltsin y Gorbachov, el premeditado y precipitado desmantelamiento de las estructuras soviéticas y de la organización del Partido Comunista fueron acompañadas de reivindicaciones nacionalistas, que se iniciaron en Armenia y se extendieron como una mancha de aceite por otras repúblicas de la Unión, mientras la crisis económica se agravaba, los abastecimientos escaseaban y los lazos económicos entre las diferentes partes de la Unión empezaban a resentirse. Los problemas a los que se enfrentaba Gorbachov eran muchos, y su gestión los empeoró: la aspiración a una mayor libertad, frente al autoritarismo soviético, y un explosivo cóctel de malas cosechas, inflación desbocada, caída de la producción industrial, desabastecimiento de alimentos y medicinas, escasez de materias primas, una reforma monetaria impulsada por el incompetente Valentín Pávlov en enero de 1991, junto con las ambiciones personales de muchos dirigentes políticos, además de los desajustes de la economía socialista y del encaje de la nueva economía privada, aumentaron el malestar de la población.
En mayo de 1990, Yeltsin se había convertido en presidente del parlamento (Sóviet supremo) de la Federación Rusa anunciando el propósito de declarar la soberanía de la república rusa, contribuyendo así al aumento de la tensión y de las presiones rupturistas que ya enarbolaban los dirigentes de las repúblicas bálticas. Poco después, en junio de 1990, el congreso de diputados ruso aprobó una “declaración de soberanía”, que proclamaba la supremacía de las leyes rusas sobre las soviéticas. Era un torpedo en la línea de flotación del gran buque soviético. Sorprendentemente, la declaración fue aprobada por 907 diputados a favor y sólo 13 votaron en contra. El 16 de junio, el parlamento ruso, a propuesta de Yeltsin, anuló la función dirigente del Partido Comunista. Egor Ligachov, uno de los dirigentes contrarios a Yeltsin y a la deriva de Gorbachov, declaraba que el proceso que se estaba siguiendo era muy peligroso y llevaba al “desmoronamiento de la URSS”. Eran palabras proféticas. Yeltsin, ya liquidada la Unión, convirtió en 1992 esa fecha en fiesta nacional rusa, mientras que, con justicia, los comunistas la consideran hoy un “día negro” para el país.

Las tensiones nacionalistas jugaron un importante papel en la destrucción de la URSS; a veces, con oscuras operaciones que la historiografía aún no ha abordado con rigor. Un ejemplo puede bastar: el 13 de enero de 1991 hubo una matanza ante la torre de la televisión en Vilna, la capital lituana. Trece civiles y un militar del KGB resultaron muertos, y la prensa internacional tildó lo ocurrido de “brutal represión soviética”, como titularon muchos periódicos. El presidente norteamericano, George Bush, criticó la actuación de Moscú, y Francia y Alemania, así como la OTAN, pronunciaron duras palabras de condena: el mundo quedó horrorizado por la violencia extrema del gobierno soviético, enfrentado al gobierno nacionalista lituano que controlaba en ese momento el Sajudis, dirigido por Vytautas Landsbergis. Siete días después, el 20 de enero, una masiva manifestación en Moscú exigía la dimisión de Gorbachov, mientras Yeltsin le acusaba de incitar los odios nacionalistas, acusación a todas luces falsa. Una oleada de protestas contra Gorbachov y el PCUS, y en solidaridad con los gobiernos nacionalistas del Báltico, sacudió muchas ciudades de la Unión Soviética. [Hoy los estados bálticos están arruinados. El que siembra, recoge]

Sin embargo, ahora sabemos que, por ejemplo, Audrius Butkevičius, miembro del Sajudis y responsable de seguridad en el gobierno nacionalista lituano, y después ministro de Defensa, se ha pavoneado ante la prensa de su papel en la preparación de esos acontecimientos, forzados con el objetivo de desprestigiar al Ejército soviético y al KGB: ha llegado a reconocer que sabía que se producirían víctimas ese día ante la torre de la televisión, y sabemos también ahora que los muertos fueron alcanzados por francotiradores apostados en los tejados de los edificios y que no recibieron disparos desde una trayectoria horizontal, como correspondería si hubieran sido atacados por las tropas soviéticas que estaban ante la entrada de la torre de televisión. Butkevičius reconoció años después de los hechos que miembros del DPT (Departamento de Protección del Territorio, el embrión del ejército creado por el gobierno nacionalista) apostados en la torre de la televisión, dispararon a la calle. No se trata de desarrollar una teoría conspiratoria de la caída de la URSS, pero las provocaciones y los planes desestabilizadores existieron. También las tensiones nacionalistas, por lo que esas provocaciones actuaron sobre un terreno abonado, excitando la pasión y los enfrentamientos.

En marzo de 1991 tuvo lugar el referéndum sobre la conservación de la URSS, en ese clima de pasiones nacionalistas. Los gobiernos de seis repúblicas se negaron a organizar la consulta (las tres bálticas, que ya habían declarado su independencia, aunque no era efectiva; y Armenia, Georgia y Moldavia), pese a lo cual el ochenta por ciento de los votantes soviéticos participaron, y los resultados dieron unos porcentajes del 76’4 de partidarios de la conservación y del 21’4 que votaron negativamente, cifras que incluyen las repúblicas donde el referéndum no se convocó. El aplastante resultado favorable al mantenimiento de la URSS fue ignorado por las fuerzas que trabajaban por la ruptura: por los nacionalistas y por los “reformadores”, que ya controlaban buena parte de las estructuras de poder, como las instituciones rusas. Yeltsin, como presidente del parlamento ruso, desarrollaba un doble juego: no se oponía públicamente al mantenimiento de la Unión, pero conspiraba activamente con otras repúblicas para destruirla. De hecho, una de las razones, si no la más importante, de la convocatoria del referéndum de marzo de 1991 fue el intento del gobierno central de Gorbachov de limitar la voracidad de los círculos de poder de algunas repúblicas y, sobre todo, de frenar la alocada carrera de Yeltsin hacia el fortalecimiento de su propio poder, para lo que necesitaba la destrucción del poder central representado por Gorbachov y el gobierno soviético. Sin olvidar que, en el clima de confusión y descontento, la demagogia de Yeltsin consiguió muchos seguidores.

Así, antes del intento de golpe de Estado del verano de 1991, Yeltsin reconoció en julio la independencia de Lituania, en una clara provocación al gobierno soviético que Gorbachov fue incapaz de responder. Los dirigentes de las repúblicas querían consolidar su poder, sin tener que dar cuentas al centro federal, y para eso necesitaban la ruptura de la Unión Soviética. Un sector de los partidarios del mantenimiento de la URSS facilitó con su torpeza el avance de las posiciones de la tácita coalición entre nacionalistas y “reformadores” liberales, que recibían, además, el apoyo de los partidarios del sector de economía privada que prosperó bajo Gorbachov, e incluso del mundo de la delincuencia, que olfateaba la posibilidad de conseguir magníficos negocios, por no hablar de los dirigentes del PCUS, como Alexander Yakovlev, que trabajaban activamente para destruir el partido. La víspera del día fijado para la firma del nuevo tratado de la Unión, los golpistas irrumpieron con un denominado Comité estatal para la situación de emergencia en la URSS. El comité contaba con el vicepresidente Guennadi Yanáev, el primer ministro Pávlov; el ministro de Defensa, Yázov; el presidente del KGB, Kriuchkov, el ministro del Interior, Boris Pugo, y otros dirigentes, como Baklánov, y Tiziakov. El fracaso del golpe de agosto de 1991, impulsado por sectores del PCUS contrarios a la política de Gorbachov, sirvió de detonante para la contrarrevolución y alentó a las fuerzas que propugnaban, sin formularlo todavía, la disolución de la URSS.

La improvisación de los golpistas, pese a contar con el responsable del KGB y del ministro de Defensa, llegó al extremo de anunciar el golpe ¡antes de poner en movimiento las tropas que supuestamente les apoyaban!; ni siquiera cerraron los aeropuertos ni tomaron los medios de comunicación, ni detuvieron a Yeltsin y otros dirigentes reformistas, y la prensa internacional pudo moverse a su antojo. Los servicios secretos norteamericanos confirmaron la increíble improvisación del golpe, y la ausencia de importantes movimientos de tropas que pudiesen apoyarlo. De hecho, la desaforada torpeza de los golpistas se convirtió en la principal baza de los sectores anticomunistas que acabaron con la URSS: aunque pretendiesen lo contrario, su acción, como la de Gorbachov, facilitó el camino a los partidarios de la restauración capitalista.

Tras el fracaso del golpe, Yeltsin volvió a adelantarse: el 24 de agosto reconocía la independencia de Estonia y Letonia. Y no fue sólo Yeltsin quien inició los pasos para la prohibición del comunismo: también Gorbachov, incapaz de hacer frente a las presiones de la derecha. El 24 de agosto de 1991, Gorbachov anunciaba su dimisión como secretario general del PCUS, la disolución del comité central del partido, y la prohibición de la actividad de las células comunistas en el ejército, en el KGB, en el ministerio del interior, así como la confiscación de todas sus propiedades. El PCUS quedaba sin organización ni recursos. No había frenos para la revancha anticomunista. Yeltsin ya había prohibido todos los periódicos y publicaciones comunistas. La debilidad de Gorbachov era ya evidente, hasta el punto de que Yeltsin, presidente de la república rusa, era capaz de imponer ministros de su confianza al propio presidente soviético en los ministerios de Defensa e Interior, claves en la crítica situación del momento. Yeltsin ya había prohibido al PCUS en Rusia e incautado sus archivos (de hecho, esos archivos eran los centrales del partido comunista), y otras repúblicas lo imitaron (Moldavia, Estonia, Letonia y Lituania se apresuraron a prohibir el partido comunista y pedir a Estados Unidos apoyo para su independencia), mientras el “reformista” alcalde de Moscú incautaba y sellaba los edificios comunistas en la capital. Por su parte, Kravchuk anunciaba el 24 de agosto su abandono de sus cargos en el PCUS y en el Partido Comunista de Ucrania. Yeltsin, que contaba con un importante apoyo social, se abstenía cuidadosamente de revelar su propósito de restaurar el capitalismo.

La desenfrenada carrera hacia el desastre siguió durante los meses finales de 1991. El referéndum celebrado en Ucrania el 1 de diciembre de 1991, contaba con el control del aparato de Kravchuk, el hasta hacía unos meses secretario comunista de la república, reconvertido en nacionalista, adalid de la independencia ucraniana. Tras el resultado, al día siguiente, Kravchuk anunció su negativa a firmar el Tratado de la Unión con el resto de repúblicas soviéticas. Kravchuk era el prototipo del perfecto oportunista, presto a adoptar cualquier ideología para conservar su papel: en agosto de 1991, con el intento de golpe contra Gorbachov, no dejó clara su posición, ni apoyó a Yeltsin ni a Gorbachov, pero tras el fracaso adoptó una posición nacionalista, abandonó el partido comunista, y se lanzó a reclamar la independencia de Ucrania. Era un profesional del poder, que intuyó los acontecimientos, y, si había sido elegido presidente del parlamento ucraniano en 1990 por los diputados comunistas, tras el fracaso del golpe, abandonó las filas comunistas. Así, todo se precipitaba. Si unos meses antes, el 17 de marzo de 1991, la población ucraniana había respaldado mayoritariamente la conservación de la URSS (un 83 % votó a favor, y apenas un 16 % en contra) la masiva campaña del poder controlado por Kravchuk consiguió el milagro de que, ocho meses después, la población ucraniana respaldase la declaración de independencia del parlamento por un 90 %, con una participación del 84 %.

Yeltsin anunció, como pretexto, que si Ucrania no firmaba el nuevo tratado de la Unión, tampoco lo haría Rusia: era la voladura descontrolada de la URSS. Detrás, había un activo trabajo occidental: dos días después del referéndum ucraniano del día 1 de diciembre, Kravchuk hablaba con Bush sobre el reconocimiento norteamericano de la independencia: aunque Washington mantenía la cautela oficial para no enturbiar las relaciones con Moscú, su diplomacia y sus servicios secretos trabajaban esforzadamente apoyando a las fuerzas rupturistas. También Hungría y Polonia, convertidos ya en países satélites de Washington, reconocieron a Ucrania. Yeltsin hizo lo propio, lanzado ya a la destrucción de la URSS. De inmediato, se puso en marcha el plan para disolver la Unión Soviética, en una operación protagonizada por Yeltsin, Kravchuk y el bielorruso Shushkévich el 8 de diciembre de 1991, que se reunieron en la residencia de Viskulí, en la reserva natural de Belovézhskaya Puscha, de Bielorrusia, donde proclamaron la disolución de la URSS y se apresuraron a informar a George Bush para obtener su aprobación. Faltan muchos aspectos por investigar de esa operación, aunque los protagonistas que viven, como Shushkévich, insisten en que no estaba preparada de antemano la disolución de la URSS y que fue decidida sobre la marcha. El presidente bielorruso fue el encargado de informar del acuerdo a un Gorbachov impotente y superado por los acontecimientos, que sabía que iba a celebrarse la reunión de Viskulí, y le hizo partícipe, además, de que a George Bush le había gustado la decisión. La rápida sucesión de acontecimientos, con la firma en Alma-Ata, el 21 de diciembre, por parte de once repúblicas soviéticas del acta de creación de la CEI y la dimisión de Gorbachov cuatro días después, con la simbólica retirada de la bandera roja soviética del Kremlin, marcaron el final de la Unión Soviética.

En una disparatada carrera de reclamaciones nacionalistas, muchas fuerzas políticas que habían crecido al amparo de la perestroika reclamaban soberanía e independencia, argumentando que su república iniciaría un nuevo camino de prosperidad y progreso, sin las supuestas hipotecas que comportaba la pertenencia a la Unión Soviética. Desde el Cáucaso hasta las repúblicas bálticas, pasando por Ucrania, Bielorrusia y Moldavia, con la excepción de las repúblicas centroasiáticas, la mayoría de los protagonistas del momento se apresuraron a romper los lazos soviéticos… para apoderarse del poder en sus repúblicas. Una alianza tácita entre sectores nacionalistas y liberales (que supuestamente iban a alumbrar la libertad y la prosperidad), viejos disidentes, altos funcionarios del Estado y directores de fábricas y combinados industriales, oportunistas del PCUS, dirigentes comunistas reconvertidos a toda prisa para mantener su estatus (Yeltsin ya lo había hecho, y le siguieron Yakovlev, Kravchuk, Shushkévich, Nazarbáyev, Aliev, Shevardnadze, Karimov, etc), sectores comunistas desorientados, y ambiciosos jefes militares dispuestos a todo, incluso a traicionar sus juramentos, para mantenerse en el escalafón o para dirigir los ejércitos de cada república, confluyeron en el esfuerzo de demolición de la URSS.

Con todo el poder en sus manos, y con el partido comunista desarticulado y prohibido, Yeltsin y los dirigentes de las repúblicas se lanzaron al cobro del botín, a la privatización salvaje, al robo de la propiedad pública. No hubo freno. Después, para aplastar la resistencia por la deriva capitalista, llegaría el golpe de Estado de Yeltsin en 1993, inaugurando la vía militar al capitalismo, la sangrienta matanza en las calles de Moscú, el bombardeo del Parlamento (algo inaudito en la Europa posterior a 1945, que horrorizó al mundo pero que fue apoyado por los gobiernos de Washington, París, Berlín y Londres), y, finalmente, la manipulación y el robo de las elecciones de 1996 en Rusia, que fueron ganadas por el candidato del Partido Comunista, Guennadi Ziuganov. [No hace falta saber dónde estaban los medios que la montan ahora por la últimas elecciones: riéndose a carcajadas]

La destrucción de la URSS convirtió a millones de personas en pobres, destruyó la industria soviética, desarticuló por completo la compleja red científica del país, arrasó la sanidad y la educación públicas, y llevó al estallido de guerras civiles en distintas repúblicas, muchas de las cuales cayeron en manos de sátrapas y dictadores. Es cierto que existía una evidente insatisfacción entre una parte importante de la población soviética, que hundía sus raíces en los años de la represión stalinista y que se agudizó por el obsesivo control de la población, y, aún más, por la desorganización progresiva y la falta de alimentos y suministros que caracterizó los últimos años bajo Gorbachov, pero la disolución empeoró todos los males. Esa parte de la población estaba predispuesta a creer incluso las mentiras que recorrían la URSS, recogidas a veces de los medios de comunicación occidentales.

En los análisis y en la historiografía que se ha ido construyendo en estos veinte años, ha sido un lugar común interrogarse sobre las razones de la falta de respuesta del pueblo soviético ante la disolución de la URSS. Veinte años después, la visión de conjunto es más clara: la agudización de la crisis paralizó buena parte de las energías del país, las disputas nacionalistas situaron el debate en las supuestas ventajas de la disolución de la Unión (¡todas las repúblicas, incluso la rusa, o, al menos sus dirigentes, proclamaban que el resto se aprovechaba de sus recursos, fuesen los que fuesen, agrícolas o mineros, industriales o de servicios, y que la separación supondría la superación de la crisis y el inicio de una nueva prosperidad!), y la ambición política de muchos dirigentes (nuevos o viejos) pasaba por la creación de nuevos centros de poder, nuevas repúblicas. Además, nadie podía organizar la resistencia porque los principales dirigentes del Estado encabezaban la operación de desmantelamiento, por activa, como Yeltsin, o por pasiva, como Gorbachov, y el partido comunista había sido prohibido y sus organizaciones desmanteladas. El PCUS se había confundido durante años con la estructura del Estado, y esa condición le daba fuerza, pero también debilidad: cuando fue prohibido, sus millones de militantes quedaron huérfanos, sin iniciativa, muchos de ellos expectantes e impotentes ante los rápidos cambios que se sucedían.

En el pasado, esos dirigentes oportunistas (como Yeltsin, Aliev, Nazarbáyev, presidente de Kazajastán desde la desaparición de la URSS, cuya dictadura acaba de prohibir la actividad del nuevo Partido Comunista Kazajo) tenían que actuar en un marco de partido único en la URSS y bajo unas leyes y una constitución que les forzaban a desarrollar una política favorable a los intereses populares. El colapso de la Unión mostró su verdadero carácter, convirtiéndose en los protagonistas del saqueo de la propiedad pública, y configurando regímenes represivos, dictatoriales y populistas… que recibieron la inmediata comprensión de los países capitalistas occidentales. En una siniestra ironía, los dirigentes que protagonizaron el mayor robo de la historia eran presentados por la prensa rusa y occidental como “progresistas” y “renovadores”, mientras que quienes pretendían salvar la URSS y mantener las conquistas sociales de la población eran presentados como “conservadores” e “inmovilistas”. Esos progresistas se lanzarían después a una desenfrenada rapiña de la propiedad pública, robando a manos llenas, porque los “libertadores” y “progresistas” iban a pilotar la mayor estafa de la historia y una matanza de dimensiones aterradoras, no sólo por el bombardeo del Parlamento, sino porque esa operación de ingeniería social, la privatización salvaje, ha causado la muerte de millones de personas.

Un aspecto secundario para el asunto que nos ocupa, pero relevante por sus implicaciones para el futuro, es la cuestión de quién ganó con la desaparición de la URSS. Desde luego, no lo hizo la población soviética, que, veinte años después, sigue por debajo de los niveles de vida que había alcanzado con la URSS. Tres ejemplos bastarán: Rusia tenía ciento cincuenta millones de habitantes, y ahora apenas tiene ciento cuarenta y dos; Lituania, que contaba en 1991 con tres millones setecientos mil habitantes, apenas alcanza ahora los dos millones y medio. Ucrania, que alcanzaba los cincuenta millones, hoy apenas tiene cuarenta y cinco. Además de los millones de muertos, la esperanza de vida ha retrocedido en todas las repúblicas. La desaparición de la URSS fue una catástrofe para la población, que cayó en manos de delincuentes, de sátrapas, de ladrones, muchos de ellos reconvertidos ahora en “respetables empresarios y políticos”. Estados Unidos se apresuró a cantar victoria, y todo parecía indicar que había sido así: su principal oponente ideológico y estratégico había dejado de existir. Pero, si Washington ganó entonces, su desastrosa gestión de un mundo unipolar dio inicio a su propia crisis: su decadencia, aunque relativa, es un hecho, y su repliegue militar en el mundo se acentuará, pese a los deseos de sus gobernantes.

Veinte años después, la Unión Soviética sigue presente en la memoria de los ciudadanos, tanto entre los veteranos como entre las nuevas generaciones. Olga Onóiko, una joven escritora de veintiséis años que ha ganado el prestigioso premio Debut, afirmaba (con una ingenuidad que también revela la conciencia de una gran pérdida) hace unos meses: “la Unión Soviética se aparece en mi mente como un país grande y hermoso, un país soleado y festivo, el país de ensueño de mi infancia, con un claro cielo azul y banderas rojas ondeando”. Por su parte, Irina Antónova, una excepcional mujer de ochenta y nueve años, directora en ejercicio del célebre Museo Pushkin de Moscú, añadía: “La época de Stalin fue un momento duro para la cultura y para el país. Pero también he visto cómo mucho después se perdió un gran país de una manera involuntaria e innecesaria. […] A veces me digo que sólo quiero irme al otro mundo después de haber vuelto a ver el brote verde de algo nuevo, algo realmente nuevo. Un Picasso que transforme esta realidad desde el arte, desde la belleza y la emoción humana. Pero la cultura de masas ha devorado todo. Ha bajado nuestro nivel. Aunque pasará. Es sólo una mala época. Y sobreviviremos a ella”.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=142726

Suscribo el último subrayado. Sólo que la "cultura de masas" no es tal, sino un negocio. :?

Saludos.
"Nadie tiene derecho a disfrutar de la vida a expensas del trabajo ajeno"
(G. Zhukov)

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Vladiвосток
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Vladiвосток »

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Chepicoro
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Chepicoro »

En parte entiendo la nostalgîa que despierta entre un bun nûmero de rusos la extinta URSS, pero tengo dos dudas, la primera:


1. Como se ve la caida de la URSS en las demâs repûblicas ex soviêticas??

Entiendo que para los rusos haya alguna sensaciôn de pêrdida, pero para el resto de paîses hoy indepedientes??


2. Esta nostalgîa tiene algûn uso constructivo en Rusia o es mâs bien un obstâculo para su desarrollo?

Me explico, 20 años despuês de la caîda de la URSS aun es muy comûn hablar de "repûblicas ex-soviêticas", "espacio post-soviêtico" y prâcticamente es imposible encontrar un artîculo sobre Rusia que no haga menciôn de que esta aun en un periodo "post-soviêtico".

Entonces cuando se acaba este periodo post soviêtico para empezar una nueva etapa? porque al dîa de hoy creo simplemete no existen las condiciones para una restauraciôn de la URSS y aun si hubiera una especia de nuevo estado supranacional dudo muchîsimo que este fuera socialista.

La nostalgia por lo que fue y ya no es en parte me recuerda lo que el viento se llevô, sureños con nostalgia por lo perdido, ero sin poder hacer nada prâctico.

Nurgle
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Nurgle »

En este hilo encontraras muchas respuestas.
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Vladiвосток »

¿Es realmente más seguro el mundo sin la Unión Soviética?

Por Mijail Gorbachov


Virtualmente todos los comentarios estadounidenses sobre el fin de la Unión Soviética alaban lo que se cree que Occidente ha obtenido como resultado de ese evento histórico. En el 20 aniversario de esa desintegración, The Nation presenta a tres escritores que se concentran en su lugar en lo que puede haberse perdido. Mikhail Gorbachov, el último líder de la Unión Soviético y su primer presidente constitucional, argumenta que se perdió una oportunidad para un orden mundial más seguro y justo. Stephen F. Cohen, historiador y antiguo colaborador de The Nation, recuerda a los lectores de los costes políticos, económicos y sociales para los propios rusos. Y Vadim Nikitin, un periodista ruso educado en EE.UU., presenta una interpretación de la nostalgia pro soviética.

La redacción

Desde la integración de la Unión Soviética hace veinte años, comentaristas occidentales han celebrado frecuentemente como si lo que desapareció de la arena mundial en diciembre de 1991 fue la antigua Unión Soviética, la URSS de Stalin y Brezhnev, en lugar de la Unión Soviética reformadora de la perestroika. Además, la discusión de sus consecuencias se ha concentrado sobre todo en eventos en el interior de Rusia. Igualmente importantes, sin embargo, han sido las consecuencias para las relaciones internacionales, en particular las alternativas perdidas para un orden mundial verdaderamente nuevo abierto por el fin de la guerra fría.

Después de mi elección como secretario general del Partido Comunista en marzo de 1985, la dirigencia soviética formuló una nueva agenda de política exterior. Una de las ideas clave de nuestras reformas, o sea la perestroika, constituía un nuevo pensamiento político, basado en el reconocimiento de la interconexión e interdependencia del mundo. La máxima prioridad era evitar la amenaza de una guerra nuclear. Nuestros objetivos internacionales inmediatos incluían terminar la carrera de las armas nucleares, la reducción de las fuerzas armadas convencionales, la solución de numerosos conflictos regionales que involucraban a la Unión Soviética y a EE.UU., y el reemplazo de la división del continente europeo en campos hostiles por lo que yo llamé un hogar europeo común.

Comprendimos que esto solo se podría lograr mediante el trabajo con EE.UU. Nuestras dos naciones poseían en conjunto un 95% del arsenal mundial de armas nucleares. Por ello fue de enorme importancia que en mi primera reunión en la cumbre con el presidente Ronald Reagan, realizada en Ginebra en noviembre de 1985, declaramos que “no se puede ganar una guerra nuclear y jamás debe ser librada”. También acordamos que la URSS y EE.UU. no buscarían la superioridad militar del uno sobre el otro. En nuestra cumbre siguiente, en

Reykjavik en 1986, Reagan y yo seguimos discutiendo caminos específicos para lograr un mundo sin armas nucleares.

Pronto hubo pasos concretos en esa dirección. En diciembre de 1987 el presidente Reagan y yo firmamos en Washington el Tratado INF – el primer y todavía único acuerdo para eliminar dos clases de armas de destrucción masiva, misiles de mediano y corto alcance. En 1991, el presidente George H.W. Bush y yo firmamos en Moscú el primer tratado START, reduciendo a la mitad las armas nucleares estratégicas, y luego en otoño del mismo año acordamos eliminar la mayoría de las armas nucleares tácticas de ambas partes.

El camino a esos acuerdos fue difícil, pero el resultado fue la confianza mutua, que posibilitó que el presidente Bush y yo declaráramos en la cumbre de Malta de diciembre de 1989 que nuestras dos naciones ya no se consideraban enemigas. Queríamos decir que la guerra fría había terminado. Abrió camino a la cooperación en la terminación de conflictos regionales que habían arrasado durante décadas en diversas partes del mundo y, lo más importante, llevado a hacer retroceder la agresión de Sadam Hussein contra Kuwait en 1990, sobre la base de la libre decisión de su pueblo. Este proceso culminó en la unificación de Alemania. Ahora existían condiciones para resucitar las Naciones Unidas como principal instrumento para la solución y prevención de conflictos internacionales.

¿Qué pasó después del fin de la Unión Soviética en 1991? ¿Por qué no fueron realizadas las oportunidades de construir lo que el Papa Juan Pablo II llamó un orden mundial más estable, más justo y más humano? Para responder esta pregunta tenemos que considerar los eventos asociados con la desaparición de la Unión Soviética y la reacción de Occidente.

La desaparición de la Unión Soviética interrumpió la perestroika – un intento de efectuar una transición evolucionaría del totalitarismo a la democracia en un vasto país de 1985 a 1991. Los logros de la perestroika fueron reales y numerosos. Trajo libertad, incluida la libertad de expresión, reunión, religión y movimiento, así como pluralismo político y elecciones libres. Comenzamos una transición a economías de mercado. Pero actuamos demasiado tarde para reformar el Partido Comunista y transformar la Unión Soviética, en una nueva, descentralizada, unión de repúblicas soberanas.

Contrariamente a lo que se afirma a veces, la Unión Soviética no fue destruida por alguna potencia extranjera sino como resultado de eventos internos. Primero, en agosto de 1991, las fuerzas conservadoras contra la perestroika organizaron un golpe contra mi dirigencia que fracasó pero debilitó mi posición. Luego, el 8 de diciembre, desafiando la voluntad popular, que había apoyado la renovación de la unión en un referéndum en marzo de 1991, los dirigentes de tres repúblicas soviéticas –Boris Yeltsin, el presidente ruso, y los dirigentes de Ucrania y Bielorrusia– reunidos en secreto, abolieron la Unión.

Ese evento condujo a la euforia y a un “complejo de vencedor” en la elite política estadounidense. EE.UU. no pudo resistir la tentación de anunciar su “victoria” en la guerra fría. La “única superpotencia restante” reivindicó el liderazgo monopolista de los asuntos globales. Eso, y la ecuación de la desaparición de la Unión Soviética con el fin de la guerra fría, que en realidad había terminado dos años antes, tuvieron consecuencias trascendentales. En ello se encuentran las raíces de numerosos errores que han llevado al mundo a su actual estado atribulado.

Yo solía decir a los participantes en nuestras negociaciones, Reagan, Bush y otros dirigentes occidentales, que todos tendríamos que cambiar nuestro modo de pensar – no solo la Unión Soviética sino también Occidente– porque los rápidos cambios en curso en el mundo no nos dejaban otra alternativa. Pero mientras Occidente insistiera en su supuesta victoria en la guerra fría, significaba que no se necesitaba ningún cambio en el viejo modo de pensar de la guerra fría y que los antiguos métodos, como ser el uso de la fuerza militar y de presión política y económica para imponer el propio modelo a todos, seguirían siendo utilizados.

Dentro de un modelo semejante, las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad se hacen prescindibles o en el mejor caso se convierten en un impedimento, mientras el derecho internacional es visto como un legado agobiante del pasado. Fue la actitud adoptada por EE.UU. y sus partidarios en la antigua Yugoslavia en los años noventa y en Iraq en 2003. Los expertos estadounidenses comenzaron a hablar de EE.UU. como más que una superpotencia, llamándolo una “híper-potencia” capaz de crear “una nueva clase de imperio”.

Pensar en términos semejantes en nuestros tiempos es una ilusión falsa. No es sorprendente que el proyecto imperial haya fracasado y que pronto quedó claro que era una misión imposible incluso para EE.UU. Intervenciones militares en Iraq y Afganistán, basadas en la suposición de que el poder es un derecho, debilitaron severamente la economía estadounidense, fuera de causar decenas de miles de muertes. Hoy en día muchos en Occidente admiten que fue el camino incorrecto, pero se perdió el tiempo que podría haber sido utilizado para construir un nuevo orden mundial verdaderamente nuevo.

La interpretación errónea del fin de la guerra fría, la desaparición de la arena mundial de un socio fuerte con sus propios puntos de vista –la Unión Soviética reformadora– y el debilitamiento de Rusia también tuvieron un impacto negativo en los eventos europeos. La Carta de París para una Nueva Europa, firmada en 1990 por naciones europeas, EE.UU. y Canadá –un proyecto para una nueva arquitectura de seguridad para el hogar común europeo– fue relegada al olvido. En su lugar EE.UU. y sus aliados decidieron expandir la OTAN hacia el este, acercando a las fronteras de Rusia esa alianza militar mientras reivindicaba para ella el papel de un policía paneuropeo o incluso global. Esto usurpó las funciones de las Naciones Unidas e incluso las debilitó.

A principios de los años noventa, también se decidió acelerar la expansión de la Unión Europea, también hacia el este. A pesar de los verdaderos logros de la UE, los resultados de su expansión han sido ambiguos, como ha quedado particularmente claro en los últimos meses en la crisis financiera y económica sin precedentes de Europa.

Las expectativas de que todos los problemas de nuestro continente serían solucionados mediante la construcción desde el oeste hacia el este no se han cumplido, y en los hechos estaban destinados al fracaso. Una Europa verdaderamente íntegra y democrática debe ser construida no solo desde el oeste sino también desde el este, incluida Rusia. A menudo recuerdo mi conversación en el otoño de 1989 con el Papa Juan Pablo II. Como hombre con una visión profunda y exhaustiva del mundo y no dado a una euforia triunfalista, consideraba a la perestroika como un paso vitalmente importante en el avance de la libertad y la democracia así como una oportunidad para construir una Europa verdaderamente unida. Hablando del Este y del Oeste, dijo que “Europa debe respirar con dos pulmones”. Pero después de la desaparición de la Unión Soviética, los dirigentes occidentales eligieron un camino diferente.

Como resultado, el papel de Europa y su peso en los asuntos del mundo han sido mucho menos que su potencial. Nuevas líneas divisorias han aparecido en nuestro continente, ahora mucho más cercanas a las fronteras de Rusia, y dos veces –en la antigua Yugoslavia en los años noventa y en la antigua república soviética de Georgia en 2008– los conflictos han llevado a derramamientos de sangre.

En resumen, el mundo sin la Unión Soviética no se ha hecho más seguro, más justo o más estable. En vez de un nuevo orden mundial –es decir, suficiente gobierno global para impedir que los asuntos internacionales se conviertan en peligrosamente imprevisibles– hemos tenido turbulencia global, un mundo que va a la deriva hacia territorio desconocido. La crisis económica global que estalló en 2008 lo demostró con suficiente claridad.

Occidente debe emprender una reevaluación crítica de todo lo que precedió a esta dolorosa crisis. Es más que solo una crisis de las finanzas globales o incluso una crisis de un modelo económico basado en una carrera por híper-beneficios y excesivo consumo que agota los recursos de la tierra y arruina la naturaleza. La crisis surgió de la convicción arrogante de “Occidente colectivo” de que poseía las recetas para resolver todos los problemas y que no existía ninguna alternativa para “el Consenso de Washington”, que pretendía funcionar igualmente bien en todos los países.

La crisis, cuyo fin no está a la vista, parece haber hecho sentar cabeza a algunos dirigentes mundiales y provocado una búsqueda de soluciones colectivas para desafíos globales. Pero hasta ahora los resultados han sido débiles. Organizaciones internacionales, en especial las Naciones Unidas, incapacitadas por el unilateralismo de EE.UU. y de la OTAN, todavía titubean, incapaces de cumplir con su tarea de solucionar conflictos. El G-8 no es suficientemente representativo de la comunidad global, y el G-20 no se ha convertido en un mecanismo efectivo.

Las decisiones políticas y el pensamiento político todavía están militarizados. Esto vale en particular en EE.UU., que no ha renunciado a los métodos de presión e intimidación. Cada vez que utiliza la fuerza armada contra Estados sin armas nucleares, países como Irán se ven más determinados a adquirir armas nucleares.

Durante la primera década del Siglo XXI los presupuestos militares de EE.UU. representaron casi la mitad de los gastos del mundo en fuerzas armadas. Una superioridad militar tan abrumadora de un país hará que sea imposible de lograr un mundo libre de armas nucleares. A juzgar por los programas de armas de EE.UU. y una serie de otros países, tienen en la mira una nueva carrera armamentista.

Esto me hace preguntarme si cada vez que hay una crisis o conflicto, los dirigentes tratarán de resolverlos recurriendo a la fuerza militar. La única manera de romper ese círculo vicioso es reafirmar los principios de seguridad mutua, que formaron el núcleo de nuestro nuevo pensamiento político hace más de veinte años.

* * *

Finalmente, tenemos a la Rusia post soviética y su papel en el mundo. Durante el período después de la desaparición de la Unión Soviética, EE.UU. y la Unión Europea mantuvieron las relaciones con Rusia en un estado de ambigüedad. Por una parte, hubo numerosas declaraciones de cooperación e incluso de cooperación estratégica. Por la otra, no se dio a Rusia post soviética una voz en la solución de problemas cruciales, y se colocaron obstáculos en el camino de su integración a la economía europea y global. Parece que mientras se le dan ocasionales palmaditas en la espalda, Rusia sigue siendo tratada como un extraño, no como una fuerza seria y constructiva en los asuntos mundiales.

Al mismo tiempo, el pueblo ruso recuerda cómo durante los años noventa Occidente recomendó fuertemente y aplaudió la “terapia de choque” – las reformas radicales que llevaron al colapso de la economía rusa y que hundieron a decenas de millones de sus ciudadanos en la pobreza. A los ojos de muchos rusos, significó que Occidente no quería un renacimiento de Rusia – que quería que Rusia fuera solo un proveedor de materias primas que “conoce su lugar”.

Antes había habido períodos de debilidad de Rusia, y siempre resultaron ser temporales. Recientemente, las políticas de EE.UU. y de la UE han comenzado a reflejar un entendimiento de ese hecho. A pesar de dificultades, la política de ajustar las relaciones con Rusia iniciada por el presidente Barack Obama produjo resultados claros, como ser el Nuevo Tratado de Reducción de las Armas Estratégicas firmado en 2010. Aunque el “ajuste” tiene poderosos enemigos en Washington (y en Moscú) fue un importante reconocimiento estadounidense de que Rusia sigue siendo un protagonista serio en la política mundial y que la cooperación es indispensable.

Estoy convencido de que es hora de volver al camino que trazamos juntos cuando terminamos la guerra fría. Una vez más, el mundo necesita una nueva manera de pensar, basada no solo en el reconocimiento de intereses universales y de la interdependencia global sino en ciertos fundamentos morales. Hoy en día se oye a menudo que la política es un negocio sucio, incompatible con la moralidad. No, la política se convierte en sucia y en una cero suma, un juego en que solo se puede perder cuando no se posee un núcleo moral. Es, tal vez, la principal lección que hay que aprender de las dos décadas pasadas.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens :arrow:

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=143919

http://www.thenation.com/article/165317 ... viet-union

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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Kozhedub »

Veinte años más tarde, además de ser un lugar más peligroso, el mundo es también un lugar más frío para muchos ciudadanos del antiguo espacio soviético:
La ola de frío polar se ceba con Europa del Este

Las bajas temperaturas y la falta de protección dejan 150 muertos
PIOTR KOWALSKI VARSOVIA 02/02/2012 21:45 Actualizado: 02/02/2012 21:51


-AFPLa ola de frío polar que está causando enormes daños en Europa se está cebando con especial virulencia con los países del este, sobre todo los más pobres. Las temperaturas que en muchos casos rozan los 25 o 30 grados bajo cero son la causa directa de las muertes, pero la miseria en la que viven muchos ciudadanos y la desidia de las autoridades son la otra cara de la moneda.

El frío tiene rostro de pobreza en Europa del Este. "Faltan albergues para los indigentes, no hay dinero suficiente ni personal cualificado, el alcoholismo goza de cierta tolerancia social y la falta de una sociedad civil bien organizada agrava el problema", explica el comentarista político polaco Mariusz Borkowski.

Unos 31.500 ucranianos piden cobijo en los puestos de emergencia

En Europa del Este y Alemania, el total de fallecidos desde que llegó la ola de frío ha alcanzado, al menos, los 150. En Ucrania, con un nivel de pobreza parecido al de algunos estados del Tercer Mundo, 63 personas fallecieron en los últimos seis días, según el Ministerio de Situaciones de Urgencia. La mayoría de las víctimas murieron en la calle. Casi un millar de ucranianos tuvieron que solicitar ayuda médica y720 fueron hospitalizados.

(...)

En Polonia, una decena de personas ha muerto en los últimos días (46 en total, desde que empezó el invierno). Según un portavoz de la Policía, "las víctimas del frío son muchas veces personas sin hogar, o que han abusado del alcohol, o ancianos".

En Bulgaria, el mercurio alcanzó los 38,3 grados bajo cero

En Bulgaria, con el Danubio congelado en muchos lugares y el mercurio alcanzando los 38,3 grados bajo cero en la ciudad de Tran, en el oeste del país, fallecieron al menos cinco personas. En la ciudad de Varna, situada a orillas del Mar Negro, las autoridades cerraron más de 170 escuelas, mientras que, en Sofía, el Ayuntamiento reparte tazas de té caliente a los transeúntes.

Personas sin hogar

La situación no es mejor en Rumanía, donde, según datos oficiales, murieron ocho personas y unos 300 ciudadanos sin hogar tuvieron que ser atendidos por los servicios de emergencias y trasladados a centros hospitalarios o casas de acogida.

En Chequia, los medios informaron de la muerte de 12 personas a causa de las bajas temperaturas, que por la noche alcanzaron los 20 grados bajo cero y afectaron especialmente a personas sin hogar, por lo que los ayuntamientos tuvieron que construir carpas provisionales, donde los indigentes pudieron pasar la noche y recibir comida gratis.

Para hacer frente al frío, Belgrado decretó el estado de emergencia en 14 municipios de Serbia, donde las temperaturas bajaron hasta 20 grados bajo cero y, según la agencia Tanjug, murieron tres personas. El frío también se cobró víctimas en Macedonia (una persona de 63 años), Lituania (un hombre de 78 años) y Eslovaquia, donde un habitante del pueblo norteño de Sunava fue encontrado sin vida.
http://www.publico.es/internacional/420 ... a-del-este
"Nadie tiene derecho a disfrutar de la vida a expensas del trabajo ajeno"
(G. Zhukov)

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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Vladiвосток »

Polémica tras documental en Rusia: “En la URSS todos teníamos suficiente sol y pan”

Por el periódico “Sovietskaia Rossia”
A propósito de la emisión en la TV rusa del documental “URSS, el naufragio”


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01/02/2012
CubaDebate


N. Maksymchuk

En la segunda quincena de diciembre en un canal de televisión ruso transmitieron un documental, un proyecto de Dmitri Kiselev llamado “URSS, el naufragio”. En los años 90 el nuevo gobierno nos prometía la abundancia. La recibimos en su totalidad. Me gustaría dar las gracias al autor de la película, por recordarnos que una vez fuimos personas que vivían en un país grande, donde nadie se señalaba con el dedo, tú eres ruso, pero tú no eres ruso. Todos teníamos suficiente sol y pan, todos éramos soviéticos.

La nostalgia por la Unión Soviética no la sienten aquellos, a quienes les dio tiempo robar en la llamada perestroika y se bronceaban en las Islas Canarias y en Courchevel, e incluso es probable que no vivan en paz. Hoy en día están en las Islas Canarias, y en el futuro tal vez en la litera. Nos íbamos tranquilos a la cama y tranquilamente nos despertábamos por la mañana, sabiendo que el día de mañana habrá trabajo, que el día 10 del mes recibiremos la paga y el 25, un anticipo.

No tuve que pagar por la escuela y la universidad, pero recibíamos una buena educación, con la cual podríamos encontrar fácilmente trabajo en el extranjero. Nos curaban de forma gratuita. En julio de 2010, murió de cáncer, mi prima. Era pensionista, no pudo encontrar 30.000 rublos para una operación, y ni siquiera daban garantía alguna. Estuvo acostada varios meses. Las dolorosas inyecciones también las tuvo que pagar. ¡He aquí los encantos del rico capitalismo!

Antes de la caída de la URSS no nos asustaban con historias terribles en la radio y la televisión. Nosotros con alegría escuchábamos noticias de que en algún lugar introdujeron una nueva fábrica, alguien voló al espacio de nuevo. Hoy en día la crónica del día es: en algún lugar una casa incendiada para la tercera edad, en otro lugar un edificio se derrumbó, en otro un investigador fue asesinado, en otro un diputado… Vivimos detrás de puertas de hierro, temiendo a los vecinos. La moral se hundió por los suelos. El robo y el fraude se han convertido en un negocio. Los ladrones están en el poder. El asesinato ya no sorprende a nadie, se ha convertido en la norma de la vida.

En los años 90 el nuevo gobierno nos prometía abundancia, criticando al gobierno soviético por las estanterías vacías. Recibimos abundancia en totalidad. La salchicha costaba en los años 80, 1 rublo con 40 céntimos, eran de té y carne; ahora la salchicha es de pudín de soya y papel higiénico y cuesta 200 rublos por kg. y está en las estanterías no porque ahora se hayan convertido en abundantes, sino debido a que muchos no tienen con qué comprarla. Los centavos ganados en el trabajo tampoco los dan a tiempo. Los retrasos en el salario de varios meses también se han convertido en norma.

En los años 80 todos los trabajadores podían permitirse unas vacaciones para descansar en un viaje por la Unión, y, a veces completamente gratis. Ahora muy pocas personas van de viaje de vacaciones. El valor de la película reside también en que una vez más, vimos los rostros de aquellos que sin límite de sus propios intereses egoístas y por ambiciones, traicionaron nuestro país. Los vieron aquellos que nacieron en los años 90, y no los conocían.

Fue triste y doloroso ver cómo la bandera soviética, la bandera, que era el emblema de los constructores, de aquellos que cultivaban el grano, era la de los creadores. Dolorosamente grabado en el alma de las palabras del presentador Kiseliov. Pero en sus palabras el acrónimo de la URSS suena como el desafío soviético, inspira optimismo y esperanza. Tarde o temprano, la Unión Soviética volverá de nuevo. La historia a veces regresa nuevamente. En Francia, después de la victoria de la revolución burguesa fue la restauración de los Borbones. Pero fue sólo temporal. El actual régimen depredador en Rusia no durará mucho tiempo, caerá de todas las maneras. Un sistema justo debe regresar.

(Traducido por A. Morada, de Aporrea. Tomado del periódico “Sovietskaia Rossia” № 4 -13657-, 19 de enero de 2012)

:arrow: http://www.cubadebate.cu/noticias/2012/ ... -sol-y-pan

El artículo en ruso:
Нам всем хватало солнца и хлеба

Наедине с экраном: «СССР. Крушение»

19/01/2012
Советская Россия


Н. МАКСИМЧУК

Во второй половине декабря по Российскому каналу прошел документальный фильм – проект Дмитрия Киселёва «СССР. Крушение».
В 90-х новая власть нам обещала изобилие. Получили сполна. В 90-х новая власть нам обещала изобилие. Получили сполна.
Хочется выразить благодарность автору фильма за то, что напомнил нам, что мы когда-то были людьми, жили в одной большой стране, где никто не показывал пальцем на другого: я – русский, а ты – нерусский. Нам всем хватало солнца и хлеба, нам нечего было делить, мы были все советскими.
Ностальгию по Союзу не испытывают только те, кто за годы так называемой перестройки успел наворовать и загорает на Канарах и в куршевелях, да и то вряд ли они живут спокойно. Сегодня – на Канарах, а завтра – может быть, на нарах.
Мы спокойно ложились спать и спокойно просыпались утром, зная, что завтра будет работа, 10-го числа месяца – получка, а 25-го числа – аванс. Мы не платили за школу и институт, но получали качественное образование, с которым можно было свободно найти работу за границей. Нас бесплатно лечили. В июле 2010 года умерла от рака моя двоюродная сестра. Была на пенсии, 30 000 на операцию найти не могла, да и гарантий никаких не давали. Лежала несколько месяцев. За обезболивающие уколы надо было тоже платить. Вот вам и прелести изобильного капитализма!.. До крушения нас не пугали страшилками радио и телевидение. Мы с радостью слушали вести о том, что где-то ввели новый завод, кто-то снова полетел в космос. Сегодня хроника дня: где-то сгорел дом для престарелых, где-то рухнуло здание, где-то убили следователя, где-то депутата… Живем за железными дверями, боясь соседей.
Мораль опустилась ниже плинтуса. Воровство и мошенничество стали бизнесом. Воры во власти. Убийства уже никого не удивляют – это стало нормой жизни.
В 90-х новая власть нам обещала изобилие, критикуя Советскую власть за голые полки. Изобилие получили сполна. Колбаса была в 80-х по 1 руб. 40коп., чайная, из мяса, сегодня на полках колбаса из сои и туалетной бумаги стоит 200 руб. за кг и лежит не потому, что ее стало много, а потому, что ее купить многим не на что. Заработанные копейки и те не выдают вовремя. Задержки по заработной плате по нескольку месяцев тоже стали нормой жизни. В 80-х каждый рабочий мог себе позволить в отпуск отдохнуть по профсоюзной путевке, иногда совсем бесплатно. Сейчас мало кто в отпуск ездит.
Ценность фильма и в том, что мы еще раз увидели лица тех, кто без боя в своих корыстных интересах, из-за амбиций сдал нашу Родину. Увидели это и те, кто родился в 90-х и не знал их.
Было горько и больно видеть, как спускался Советский флаг – флаг, на котором была эмблема созидателей – тех, кто растит хлеб, кто создает. Больно врезались в душу слова телеведущего Киселёва. Но его слова о том, что аббревиатура СССР звучит как вызов, вселяют оптимизм и надежду. Рано или поздно СССР будет. История иногда возвращается вспять. Во Франции после победы буржуазной революции была реставрация Бурбонов. Но это было временно. Существующий сегодня хищный режим в России не просуществует долго, он все равно рухнет. Справедливый строй должен вернуться.

Н. МАКСИМЧУК,
п. Шерегеш, Таштагольский район Кемеровской области.

:arrow: http://www.sovross.ru/modules.php?name= ... sid=589903
En el siguiente mensaje los vídeos del documental ruso СССР. Крушение - La URSS. El naufragio.
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Vladiвосток »

El documental ruso СССР. Крушение - La URSS. El naufragio. Más de 7 horas de duración en ocho vídeos de unos 54 minutos aprox. casda uno:
















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Siberia
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Siberia »

Gran documental :adora: .

Intentaré compartirlo con personas que sepan apreciarlo.

facorrov
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por facorrov »

Dejo aquí este interesante enlace:

http://yugoslavos.blogspot.com/2011/12/ ... etico.html

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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Vladiвосток »

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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Siberia »

Controvertido documental de RT donde se habla del tratado que puso punto final a la URSS desde la perspectiva de Ucrania y Bielorrusia :|
El 8 de diciembre de 1991 fue un día extraordinario en la historia de Rusia. Aquel día los líderes de las repúblicas soviéticas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia anunciaron que la URSS había dejado de existir. ¿Qué ocurrió realmente entonces en la Unión Soviética? Las discusiones sobre esto no han cesado.

Kozhedub
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Kozhedub »

James Petras estudia de manera brillante el actual estado de declive de los países occidentales desde la persoectiva de su confrontación con la URSS en un plano de competencia. En su opinión, la desintegración del bloque del este es condición ineludible de la actual ola de saqueos a que se ve sometida la población de los países occcidentales, tal y como ya los vivió en los 90 la del este de Europa.
El estado de bienestar occidental: su aparición y la desaparición del bloque soviético

James Petras
Rebelión


Traducido para Rebelión por Ricardo García Pérez


Introducción

Uno de los rasgos socioeconómicos más asombrosos de las dos últimas décadas es la inversión del signo de la legislación sobre bienestar de la segunda mitad del siglo pasado en Europa y Norteamérica. Los recortes sin precedentes en servicios sociales, indemnizaciones por despido, empleo público, pensiones, programas sanitarios, estipendios formativos, periodos vacacionales y seguridad laboral vienen acompañados por el incremento de los gastos de la educación, la fiscalidad regresiva y la edad de jubilación, así como por el aumento de las desigualdades, la inseguridad laboral y la aceleración del ritmo en los centros de trabajo.


La desaparición del «Estado de bienestar» echa por tierra la idea expuesta por los economistas ortodoxos, que sostenían que la «maduración» del capitalismo, su «estado de desarrollo avanzado», su alta tecnología y la sofisticación de sus servicios vendrían acompañadas de mayor bienestar y niveles de vida más altos. Aunque es cierto que «servicios y tecnología» se han multiplicado, el sector económico se ha polarizado aún más entre los empleados minoristas mal remunerados y los agentes de bolsa y financieros muy ricos. La informatización de la economía ha desembocado en la contabilidad electrónica, los controles de costes y los movimientos acelerados de fondos especulativos en busca del máximo beneficio, mientras que, al mismo tiempo, han sido preludio de reducciones presupuestarias brutales en los gastos sociales.

Esa «Gran Inversión» del curso de los hechos parece un proceso a gran escala y largo plazo centrado en los países capitalistas dominantes de Europa Occidental y Norteamérica y en los antiguos Estados comunistas de Europa del Este. Nos incumbe a todos examinar las causas sistémicas que trascienden las idiosincrasias particulares de cada país.


Los orígenes de la Gran Inversión

Hay dos líneas de investigación que es preciso dilucidar con el fin de comprender la desaparición del Estado de bienestar y el enorme descenso de los niveles de vida. Una línea de análisis estudia el cambio profundo del entorno internacional. Hemos pasado de un sistema bipolar competitivo basado en la rivalidad entre los Estados colectivistas y de bienestar del bloque oriental y los Estados capitalistas de Europa y Norteamérica a otro sistema internacional monopolizado por Estados capitalistas en competencia.

Una segunda línea de investigación nos lleva a examinar los cambios de las relaciones sociales internas de los Estados capitalistas: principalmente, el paso de las luchas de clase intensas a la colaboración de clases a largo plazo como principio organizador de la relación entre capital y trabajo.

La proposición principal que conforma este artículo es que la emergencia del Estado de bienestar fue un producto histórico de un periodo en el que había altos niveles de competitividad entre el bienestar colectivista y el capitalismo y en el que los sindicatos y los movimientos sociales con orientación de lucha de clases predominaban frente a las organizaciones de colaboracionismo entre clases.


A todas luces, los dos procesos están interrelacionados: cuando los Estados colectivistas implantaron mayores prestaciones de bienestar para sus ciudadanos, los sindicatos y los movimientos sociales de Occidente tenían incentivos sociales y ejemplos positivos para motivar a sus miembros y forzar a los capitalistas a asumir la legislación del bienestar del bloque colectivista.


Los orígenes y el desarrollo del Estado de bienestar occidental

Inmediatamente después de la caída de los gobiernos fascistas-capitalistas con la derrota de la Alemania nazi, la Unión Soviética y sus aliados políticos de Europa del Este se embarcaron en un programa masivo de reconstrucción, recuperación, crecimiento económico y consolidación del poder basado en reformas de bienestar socioeconómico de largo alcance. El gran temor de los gobiernos capitalistas occidentales era que la clase trabajadora de Occidente «siguiera» el ejemplo soviético o, como poco, apoyara a partidos y acciones que socavaran la recuperación capitalista.. Dado el descrédito político de muchos capitalistas occidentales debido a su colaboración con los nazis o su oposición débil y retardada a la versión fascista del capitalismo, no podían recurrir a los métodos altamente represivos de antes. En su lugar, las clases capitalistas aplicaron una doble estrategia para contrarrestar las reformas soviéticas del bienestar colectivista: represión selectiva de la izquierda radical y de los comunistas del interior y concesiones de bienestar para garantizar la lealtad de los sindicatos y partidos socialdemócratas y demócrata- cristianos.

Con la recuperación económica y el crecimiento de la posguerra, la competitividad política, ideológica y económica se intensificó: el bloque soviético introdujo reformas generalizadas, entre las que se encontraban el pleno empleo, la seguridad laboral, la atención sanitaria universal, la educación superior gratuita, el mes de vacaciones pagado, las pensiones equivalentes al salario íntegro, los campos de trabajo y complejos vacacionales gratuitos para familias trabajadoras y las bajas por maternidad prolongadas. Subrayaban la importancia del bienestar social sobre el consumo individual. El Occidente capitalista vivía bajo presión para aproximarse a las ofertas de bienestar del Este, al tiempo que expandía el consumo individual basado en las facilidades para el crédito y los pagos a plazo posibilitados por sus economías más avanzadas. Desde mediados de la década de 1940 hasta mediados de la de 1970, Occidente compitió con el bloque soviético sin quitarse de la cabeza dos objetivos: conservar la lealtad de los trabajadores de Occidente a la vez que aislaba a los sectores militantes de los sindicatos y atraer a los trabajadores del Este con promesas de programas de bienestar comparables y mayor consumo individual.

A pesar de los avances de los programas de bienestar social, tanto en el Este como en Occidente, había protestas obreras importantes en Europa del Este: se centraban en la independencia nacional, en la tutela paternalista y autoritaria de los sindicatos y en la insuficiencia del acceso a los bienes de consumo privado. En Occidente, hubo levantamientos obreros y estudiantiles significativos en Francia e Italia que reclamaban el fin del dominio capitalista en los centros de trabajo y la vida social. La oposición popular a las guerras imperialistas (Indochina, Argelia, etcétera), los rasgos autoritarios del Estado capitalista (racismo) y la concentración de la riqueza estaban muy extendidos.

Dicho de otro modo: las nuevas luchas del Este y de Occidente tenían como premisa la consolidación del Estado de bienestar y la expansión del poder político y social popular frente al del Estado y el proceso productivo.

La competencia sostenida entre los sistemas de bienestar colectivista y capitalista garantizó que no hubiera retroceso de las reformas conseguidas hasta la fecha. Sin embargo, la derrota de las rebeliones populares de las décadas de 1960 y 1970 garantizó que no se produjeran mayores avances en el bienestar social. Y lo que era más importante, se llegó a un «punto muerto» social entre las clases dominantes y los trabajadores en ambos bloques, que desembocó en el estancamiento de las economías, la burocratización de los sindicatos y las demandas de las clases capitalistas de un nuevo liderazgo más dinámico, capaz de desafiar al bloque colectivista y desmantelar sistemáticamente el Estado de bienestar.


El proceso de inversión: De Reagan y Thatcher a Gorbachov

La gran ilusión, que se apoderó de las masas del bloque del bienestar colectivista, fue la idea de que la promesa occidental de consumismo masivo se podía conjugar con los programas de bienestar avanzados de los que ellos gozaban desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, las señales políticas de Occidente avanzaban en dirección contraria. Con el ascenso del presidente Ronald Reagan en Estados Unidos y la primera ministra Margaret Thatcher en Gran Bretaña, los capitalistas recuperaron el control absoluto del calendario social asestando golpes mortales a lo que quedaba de la militancia sindical y poniendo en marcha una carrera armamentista a gran escala con la Unión Soviética con el fin de hacer quebrar a su economía. Además, el «bienestarismo» del Este se vio socavado a conciencia por una clase emergente de movilidad ascendente, unas élites cultas que hicieron piña con cleptócratas, neoliberales, gánsteres en ciernes y todo aquel que profesara los «valores occidentales». Recibieron apoyo político y material de fundaciones occidentales, servicios de inteligencia occidentales, el Vaticano (en especial, en Polonia), partidos socialdemócratas europeos y la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, American Federation of Labor and Congress of Industrial Organizations) mientras que, en los sectores periféricos, los autodenominados izquierdistas «anti-estalinistas» de Occidente imprimían un barniz ideológico concreto.

La totalidad del programa de bienestar del bloque soviético había sido construido desde arriba hacia abajo y, en consecuencia, no disponía de una organización de clases consciente de serlo, politizada, independiente y militante para defenderla del ataque a gran escala lanzado por el bloque «anti-estalinista» mafioso, cleptocrático, clerical y neoliberal. Asimismo, en Occidente, la totalidad del programa de bienestar social estaba vinculado a los partidos socialdemócratas europeos, el partido demócrata estadounidense y una jerarquía sindical que carecía tanto de conciencia de clase como del menor interés por la lucha de clases. Su principal preocupación como burócratas sindicales se limitaba a recaudar cuotas de afiliados, preservar el poder organizativo interno sobre sus feudos y enriquecerse personalmente.

El colapso del bloque soviético se vio precipitado por la entrega sin precedentes del gobierno de Gorbachov de los Estados aliados del Pacto de Varsovia a las potencias de la OTAN. Las autoridades comunistas locales se reciclaron con rapidez para ser agentes neoliberales y vicarios pro-occidentales. Pasaron de inmediato a lanzar un ataque a gran escala contra la propiedad pública de los bienes y el desmantelamiento de la legislación laboral y la seguridad laboral proteccionistas, que habían sido un elemento intrínseco de las relaciones entre la mano de obra y la dirección colectivistas.

Con unas cuantas excepciones dignas de mención, la totalidad del marco formal del bienestar colectivista se desmoronó. Poco después llegaron las desilusiones masivas entre los trabajadores del bloque del Este cuando sus sindicatos «anti-estalinistas» de orientación occidental les presentaron los despidos masivos. La inmensa mayoría de los trabajadores de los astilleros de Gdansk, afiliados al movimiento «Solidaridad» de Polonia, fueron despedidos y quedaron abocados a la búsqueda de empleos inusuaes, mientras que sus «dirigentes» desaforadamente agasajados, destinatarios desde hacía mucho tiempo del apoyo material de los servicios de inteligencia y sindicatos occidentales, pasaron a convertirse en políticos, editores y empresarios prósperos.

Los sindicatos occidentales y la izquierda «anti-estalinista» (los socialdemócratas, los trotskistas y todas y cada una de las sectas y corrientes intelectuales intermedias), prestaron un valioso servicio no solo para poner fin al sistema colectivista (bajo el lema «cualquier cosa es mejor que el estalinismo»), sino para acabar con el Estado de bienestar para decenas de millones de trabajadores y pensionistas, con sus familias.

Una vez que el Estado de bienestar colectivista quedó destruido, las clases capitalistas occidentales dejaron de necesitar competir con la tarea de igualar las concesiones de bienestar social. El Gran Repliegue puso la directa.

Durante las dos décadas siguientes, los gobiernos occidentales, liberales, conservadores y socialdemócratas, cada uno cuando le tocó, fueron cortando rodajas de la legislación sobre el bienestar: las pensiones se recortaron y la edad de jubilación se amplió cuando instauraron la doctrina del «trabaja hasta que te echen». La seguridad laboral desapareció, la protección de los puestos de trabajo se suprimió, las indemnizaciones por despido se redujeron y el despido de trabajadores se facilitó, a la vez que prosperó la movilidad del capital.

La globalización neoliberal aprovechó las inmensas reservas de trabajo cualificado mal remunerado de los antiguos países colectivistas. Sus trabajadores «anti-estalinistas» heredaron lo peor de ambos mundos: perdieron la red de bienestar social del Este y no lograron alcanzar los niveles de consumo individual y prosperidad de Occidente. El capital alemán aprovechó la mano de obra polaca y checa más barata, mientras que los políticos checos privatizaron sectores industriales y servicios sociales enormemente sofisticados, incrementando los costes y restringiendo el acceso a los servicios que quedaron.

En nombre de la «competitividad», el capital occidental logró desindustrializar y reubicar grandes sectores industriales prácticamente sin encontrar ninguna resistencia de unos sindicatos «anti-estalinistas» burocratizados. Sin tener que competir ya con los colectivistas por quién contaba con el mejor sistema de bienestar, los capitalistas occidentales competían ahora entre sí por quién conseguía los menores costes laborales y gastos sociales, la protección medioambiental y laboral más laxa y la legislación más flexible y barata para despedir empleados y contratar a mano de obra contingente.

Todo el ejército de izquierdistas «anti-estalinistas» impotentes, cómodamente aposentados en las universidades, cacareó hasta quedarse ronco contra la «ofensiva neoliberal» y la «necesidad de una estrategia anticapitalista», sin reflexionar lo más mínimo acerca de cómo habían contribuido a minar el mismo Estado de bienestar que había educado, alimentado y empleado a los trabajadores.


La militancia laboral: el norte y el sur

Los programas de bienestar en Europa y Norteamérica sufrieron especialmente el golpe de la pérdida de un sistema social competidor en el Este, de la influencia y el impacto de la mano de obra barata procedente del Este y de que sus propios sindicatos se habían convertido en complementos de los partidos socialistas, obreros y democráticos neoliberales.

En cambio, en el Sur, concretamente en América Latina y, en menor medida, en Asia, el neoliberalismo contrario al bienestar duró solo una década. En América Latina, el neoliberalismo empezó a sufrir enseguida presiones intensas cuando estalló una nueva oleada de militancia de clase y recuperó parte del terreno perdido. Antes de que concluyera la primera década del nuevo siglo, la mano de obra incrementaba su cuota de renta nacional, los gastos sociales aumentaban y el Estado de bienestar iniciaba la senda de recuperación de fuerza en marcado contraste con lo que sucedía en Europa occidental y Norteamérica.

Las revueltas sociales y los movimientos populares poderosos desembocaron en América Latina en gobiernos y políticas de izquierda y centro-izquierda. Una serie de luchas nacionales intensas derrocó a los gobiernos neoliberales. Una oleada creciente de protestas obreras y campesinas en China supuso aumentos salariales de entre el 10 y el 30 por ciento en los cinturones industriales, así como en medidas para restaurar el sistema de salud y educación pública. Ante una revuelta sociocultural nueva, de orientación obrera y con amplia base, el Estado y la élite empresarial china promovieron a toda prisa una legislación par el bienestar social en una época en la que los países del sur de Europa como Grecia, España, Portugal e Italia vivían inmersos en un proceso de despido de trabajadores y recorte brutal de salarios reduciendo el salario mínimo, aumentando la edad de jubilación y recortando gastos sociales.

Los gobiernos capitalistas de Occidente dejaron de encontrar competencia en los sistemas de bienestar rivales del bloque del Este porque todos habían adoptado la práctica del «cuanto menos, mejor». La reducción de gastos sociales supuso mayores subsidios a las empresas, presupuestos más elevados para acometer guerras imperiales y para establecer el inmenso aparato estatal policial de la «seguridad nacional». La reducción de los impuestos sobre el capital significó mayores beneficios.

Los intelectuales occidentales de izquierda y liberales desempeñaron un papel fundamental en la confusión sobre el importante y positivo papel que el bienestar soviético había desempeñado presionando a los gobiernos capitalistas de Occidente para que siguieran su ejemplo. Por su parte, durante las décadas posteriores a la muerte de Stalin y cuando la sociedad soviética evolucionó hasta convertirse en un sistema híbrido de bienestar social autoritario, estos intelectuales siguieron calificando a estos gobiernos como «estalinistas», ocultando la fuente de legitimidad principal a sus ciudadanos: su avanzado sistema de protección social. Esos mismos intelectuales afirmaban que el «sistema estalinista» era un obstáculo para el socialismo y volvieron a los trabajadores contra sus aspectos positivos de un Estado de bienestar centrándose exclusivamente en los «gulags» del pasado. Sostenían que la «desaparición del estalinismo» supondría una gran apertura para el «socialismo revolucionario democrático». En realidad, la caída del bienestar colectivista desembocó en la catastrófica destrucción del Estado de bienestar, tanto en el Este como en Occidente, y el ascenso de las formas más virulentas de capitalismo neoliberal primitivo. Esto, a su vez, llevó a una mayor retracción del movimiento sindical y espoleó el «giro a la derecha» de los partidos socialdemócratas y obreros mediante las ideologías del «nuevo laborismo» y la «tercera vía».

Los intelectuales de izquierda «anti-estalinistas» jamás han realizado una reflexión rigurosa acerca del papel que han desempeñado en el derribo del Estado de bienestar colectivo, ni han asumido ninguna responsabilidad por la devastación de las consecuencias socioeconómicas tanto en el Este como en Occidente. Además, esos mismos intelectuales no han tenido ninguna reserva en esta «era post-soviética» a la hora de apoyar (por supuesto, «críticamente») al Partido Laborista británico, el Partido Socialista francés, el Partido Demócrata de Clinton y Obama y otros «males menores» que practican el neoliberalismo. Apoyaron la destrucción manifiesta de Yugoslavia y las guerras coloniales encabezadas por Estados Unidos en Oriente Próximo, el norte de África y el sur de Asia. No pocos intelectuales «anti-estalinistas» de Inglaterra y Francia habrán brindado con champán con los generales, los banqueros y las élites del sector petrolero por la sangrienta invasión y devastación llevada a cabo por la OTAN en Libia, el único Estado de bienestar de África.

Los intelectuales de izquierda «anti-estalinistas», ahora bien acomodados en cargos universitarios de privilegio en Londres, París, Nueva York y Los Ángeles, no se han visto afectados personalmente por el retroceso de los programas de bienestar occidentales. Se niegan categóricamente a reconocer el papel constructivo que los programas de bienestar soviético rivales desempeñaron para obligar a Occidente a «mantener» una especie de «carrera de bienestar social» ofreciendo prestaciones a sus clases trabajadoras. En cambio, sostienen (en sus foros académicos) que la mayor «militancia de los trabajadores» (difícilmente posible con una afiliación sindical burocratizada y menguante) y los «foros de especialistas socialistas» mayores y más frecuentes (en los que ellos pueden exponerse sus análisis radicales... unos a otros) restaurarán finalmente el sistema de bienestar. De hecho, los niveles históricos de regresión, en lo que respecta a la legislación sobre bienestar, continúan incólumes. Existe una relación inversa (y perversa) entre la prominencia académica de la izquierda «anti-estalinista» y la desaparición de las políticas del Estado de bienestar. ¡Y los intelectuales «anti-estalinistas» todavía se asombran por el desplazamiento hacia el populismo demagógico de ultra derecha entre las clases trabajadoras atenazadas!

Si analizamos y comparamos la influencia relativa de los intelectuales «anti-estalinistas» en la construcción del Estado de bienestar con el impacto del sistema de protección social colectivista competidor del bloque del Este, las evidencias son abrumadoramente claras. Los sistemas de bienestar occidentales estuvieron mucho más influidos por sus rivales sistémicos que por las críticas piadosas de los académicos «anti-estalinistas» marginales. La metafísica «anti-estalinista» ha cegado a toda una generación de intelectuales ante la compleja interacción y ventajas de un sistema internacional competitivo en el que los rivales elevaban la puja de las medidas de bienestar para legitimar su propio gobierno y minar a su adversario. La realidad del equilibrio político de fuerzas en el mundo llevó a la izquierda «anti-estalinista» a convertirse en un títere en la lucha de los capitalistas occidentales por reducir los costes del bienestar y crear la plataforma de lanzamiento para una contrarrevolución neoliberal. Las estructuras profundas del capitalismo fueron las principales beneficiarias del anti-estalinismo.

La desaparición del orden legal de los Estados colectivistas ha desembocado en las formas más atroces de capitalismo depredador y mafioso en la antigua URSS y en los países del Pacto de Varsovia. Contrariamente a los delirios de la izquierda «anti-estalinista», no ha surgido en ninguna parte ninguna democracia socialista «post-estalinista». Los agentes fundamentales del derrocamiento del Estado de bienestar colectivista y los principales beneficiarios del vacío de poder han sido los oligarcas multimillonarios, que saquearon Rusia y el Este, los cerebros multimillonarios de los carteles de la droga y la trata de blancas, que en Ucrania, Moldavia, Polonia, Hungría, Kosovo, Rumanía y otros lugares convirtieron a centenares de miles de obreros fabriles desempleados y a sus hijos en alcohólicos, prostitutas y drogadictos.

Desde el punto de vista demográfico, los mayores perdedores del derrocamiento del sistema de bienestar colectivista han sido las trabajadoras: perdieron sus puestos de trabajo, las bajas por maternidad y las prestaciones jurídicas y por el cuidado de niños. Padecieron una epidemia de violencia doméstica bajo el puño de sus maridos desempleados y borrachos. La tasa de mortalidad materna e infantil se disparó debido a un sistema de salud pública debilitado. Las mujeres de clase trabajadora del Este sufrieron una pérdida de estatus material y derechos legales sin precedentes. Esto ha llevado al mayor descenso demográfico de la historia de la postguerra: las tasas de natalidad se han desplomado, las tasas de mortalidad se han disparado y la desesperanza se ha generalizado. En Occidente, las feministas «anti-estalinistas» han ignorado su complicidad con la esclavización y la degradación de sus «hermanas» del Este. (Estaban demasiado ocupadas agasajando a gentes como Vaclav Havel.)

Los intelectuales «anti-estalinistas», por supuesto, afirmarán que el desenlace que ellos habían imaginado está muy lejos de lo sucedido y se negarán a asumir ninguna responsabilidad por las consecuencias reales de sus actos, su complicidad y las ilusiones que han creado. Su iracunda afirmación de que «cualquier cosa es mejor que el estalinismo» no convence a nadie de quienes están en el abismo que alberga a toda una generación perdida de trabajadores del bloque del Este y sus familias. Tienen que empezar a contabilizar el ejército de desempleados de todo el Este, que se cuenta por millones, los millones de víctimas de tuberculosis y VIH en Rusia y Europa del Este (donde ni la tuberculosis ni el VIH planteaba una amenaza antes de la «ruptura»), las vidas destrozadas de millones de mujeres jóvenes atrapadas en los burdeles de Tel Aviv, Prístina, Bucarest, Hamburgo, Barcelona, Amán, Tánger y Brooklyn...


Conclusión

El golpe individual más importante a los programas de bienestar tal como los conocimos, que se desarrollaron durante las cuatro décadas transcurridas entre la de 1940 y la de 1980, fue el fin de la rivalidad entre el bloque soviético y Europa occidental y Norteamérica. A pesar del carácter autoritario del bloque del Este y del carácter imperialista de Occidente, ambos buscaban legitimidad y beneficios políticos consiguiendo la lealtad de las masas de trabajadores mediante concesiones económicas y sociales tangibles.

Hoy día, ante los «recortes» neoliberales, las principales luchas laborales giran en torno a la defensa de los restos del Estado de bienestar, los residuos esqueléticos de un periodo anterior. En este momento hay muy pocas perspectivas de regreso a sistemas de bienestar internacional en competencia, a menos que miráramos a unos cuantos países progresistas que, como Venezuela, han instituido una serie de reformas sanitarias, educativas y laborales financiadas por su sector petrolero nacionalizado.

Una de las paradojas de la historia del bienestar social en Europa del Este se puede encontrar en el hecho de que las principales luchas laborales en curso (en la República Checa, Polonia, Hungría y otros países, que habían derrocado a sus gobiernos colectivistas), tienen que ver con la defensa de las políticas de pensiones, jubilación, sanidad pública, empleo, educación y otras medidas del bienestar: las sobras «estalinistas». Dicho de otro modo, mientras que los intelectuales siguen alardeando de su victoria sobre el estalinismo, los trabajadores de carne y hueso que viven en el Este se entregan a una lucha militante cotidiana para mantener y recuperar los rasgos positivos del bienestar de esos Estados vilipendiados. En ningún otro lugar es más manifiesto que en China y Rusia, donde las privatizaciones han supuesto destrucción de empleo y, en el caso de China, la pérdida de las prestaciones de la sanidad pública. Hoy día, las familias de los trabajadores con enfermedades graves viven arruinadas por el coste de una atención médica privatizada.

En el mundo actual, «anti-estalinismo» es una metáfora de una generación fracasada en los márgenes de la política de masas. Han sido rebasado por un neoliberalismo virulento que tomó prestado su lenguaje peyorativo (Blair y Bush también eran «anti-estalinistas») en el curso de la demolición del Estado de bienestar.
Hoy día, el ímpetu de las masas por la reconstrucción de un Estado de bienestar se puede encontrar en aquellos países que han perdido o están en vías de perder la totalidad de su red de seguridad social —como Grecia, Portugal, España e Italia— y en los países latinoamericanos, donde los levantamientos populares fundados en la lucha de clases y vinculados a movimientos de liberación nacional están en ascenso.

Las nuevas luchas de masas por el bienestar social hacen pocas alusiones directas a las experiencias colectivistas anteriores, y menos aún al discurso vacío de la izquierda «anti-estalinista». Esta última vive estancada en un tiempo detenido, anquilosado e irrelevante. En todo caso, lo que está abundantemente demostrado es que el bienestar, el trabajo y los programas sociales, que fueron conquistados y se perdieron tras la desaparición del bloque soviético, han regresado como objetivos estratégicos para motivar las luchas obreras actuales y futuras.

Lo que es preciso explorar más es la relación existente entre la aparición de inmensos aparatos policiales estatales en Occidente y el declive y desmantelamiento de sus respectivos Estados de bienestar: el auge de la «seguridad nacional» y la «lucha contra el terror» discurre paralelo al declive de la seguridad social, los programas de sanidad pública y el desplome de los niveles de vida para centenares de millones de personas.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=152748

Saludos
"Nadie tiene derecho a disfrutar de la vida a expensas del trabajo ajeno"
(G. Zhukov)

Siberia
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Re: 20 años sin la Unión Soviética

Mensaje por Siberia »

Un emotivo mensaje que nos llega ni más ni menos que desde la Unión Soviética:
Hallada una "cápsula del tiempo" bajo una estatua de Lenin

20 de julio de 2012


Una "cápsula del tiempo" de los años 70, con un mensaje del Komsomol para las generaciones futuras, ha sido descubierta bajo una estatua de Lenin en Vulkanny, en el distrito Yelizovsky de la región volcánica de Kamchatka. Los operarios estaban trabajando en la restauración de la base de la estatua cuando encontraron la cápsula, depositada el 15 de julio de 1979 para conmemorar el 55 aniversario del Komsomol y destinada a ser abierta en el año 2024.

El mensaje, escrito a mano por la Unidad Nº 14086 del Komsomol en un trozo de papel de 1,40 metros, contiene palabras de ánimo y expresa la plena confianza en que las personas del futuro serán "mejores" que los autores del texto:

"Os lo decimos a vosotros, que nos leeréis dentro de 45 años. Permitíos ser valientes. Que vuestras canciones sean alegres. Que vuestro amor sea cálido. No estamos preocupados por vosotros, porque estamos convencidos de que seréis mejores que nosotros.

¡Mejorad el mundo y a vosotros mismos en el nombre del comunismo, como Vladimir Irlyich Lenin nos enseñó, como el Partido Comunista nos enseñó! ¡Lenin siempre estará con nosotros!"



También tiene palabras para honrar a "los héroes inmortales de la Revolución de Octubre, los héroes de la Gran Guerra Patriótica y gloriosos defensores de nuestro país durante los terribles años de la invasión nazi, y los grandes trabajadores de la edificación comunista. Todo se ha conseguido gracias a la sangre y el esfuerzo de nuestros héroes, y la maravillosa vida de la que disfrutáis ahora es también una prolongación de nuestro amor".


La tradición de depositar cápsulas con mensajes para las generaciones futuras era muy popular en la URSS. Por lo general, estas cartas hablaban del triunfo de la Revolución de Octubre y de los logros comunistas del futuro, vaticinando que en el siglo XXI el país estaría viviendo mucho mejor y se sentirían aún más orgullosos de sus logros.

En una emotiva ceremonia celebrada el pasado miércoles, el alcalde de Yelizovsky entregó de forma simbólica la cápsula a Oleg Markov, en representación de la Unidad Nº 14086 del Komsomol. Finalmente, la cápsula será entregada a un museo militar, donde permanecerá exhibida.


http://lenta.ru/
http://www.themoscowtimes.com/news/arti ... 62327.html

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