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Rusófilo amateur
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Registrado: 28 Ene 2015 18:13
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Hola a todos!
Hace unos meses pude disfrutar de un documental que me llamó mucho la atención: era sobre Nicolás Slovacevich, el ruso pelotero. Como la gran mayoría de los cubanos, soy amante del deporte nacional, y como encima me gusta mucho la cultura rusa, quiero compartir con ustedes esta interesante historia poco conocida con el propósito –igual que en el documental- de rescatar la historia de un humilde hombre con notables condiciones para la pelota que desafortunadamente, como tantos otros, no llegó a trascender.
Nicolás Slovacevich Bozenko, más conocido como “Rusito”, tuvo una corta y azarosa existencia, en la que se ganó el corazón del pueblito que hizo suyo, por allá por la más occidental de las provincias cubanas, y en el que alcanzó popularidad convirtiéndose en un verdadero ídolo de ese terruño.
Nació en la Rusia ya soviética, de Lido Nicolás Slovacevich y Nadia Bozenko, el 28 de diciembre de 1923 y no se ha podido precisar el lugar exacto de su nacimiento, pues los documentos que se conservan hablan solamente de Rusia, sin detalles del origen. En ese mismo año los padres se trasladaron a los Estados Unidos pero la América del Norte era acechada por la que sería una de las crisis más traumáticas en la historia de la economía mundial: el “crack del 29”. Fue así como decidieron, en 1925, aceptar una propuesta de trabajo en un pueblo llamado Matahambre, por entonces un coto minero con poco más de una década de explotación, arrendado por la compañía norteamericana American Metal Company.
Las circunstancias en el gran país que había descabezado el zarismo y que se empeñaba en construir una sociedad nueva proclamando a los cuatro vientos la justicia social, las fuertes nevadas, las amenazas de hambruna e invasiones de todo tipo, y otras vicisitudes, seguramente hicieron que la pareja, con dos hijos pequeños, tomaran la difícil decisión de emigrar.
Hay muchas nebulosas en el destino familiar. El padre se convirtió en un reconocido electricista, cuyo oficio heredaría el hijo pródigo. Ya instalados en Cuba, poco tiempo duró el matrimonio. Nadia se alejó del pueblo sin dejar rastro y ambos muchachos pasarían a la tutela del padre, con Isolina, una mujer que los acogió como suyos. El hermano mayor, sordo de nacimiento y con serios problemas mentales, tuvo que ser ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra. Poco después sería recogido por la madre y, según versiones, ambos fueron a parar a la Isla de Pinos; de ellos no se supo más. Fue así como Nicolás, en plena adolescencia, quedó sin el cariño maternal y sin el hermano a quien tanto quiso. Entonces decidió refugiarse en un juego que se convertiría en la pasión número 1 de su vida: el beisból, o como decimos aquí, “la pelota”.
Aquel niño, de menos de diez años jugaba con los demás en los pocos solares baldíos de aquel pueblo rodeado de colinas, y todos notaban algo: lo hacía mejor que los demás. Si atardecía y Nicolás no llegaba a casa, Isolina salía a buscarlo por el pueblo. Así hasta que supo de aquella vocación infinita del niño por las bolas y los strikes del niño. Ya entonces era fácil encontrarlo: el estadio, de donde no pocas veces sacaban a los niños y jóvenes, la Represa, un lugar distante, llano, arenoso y el patio trasero de la Escuela “Ignacio Agramonte” en los horarios de receso. Nicolás incluso dejaba de merendar para aprovechar los pocos minutos de juego. Allí, defendía como ninguno el terrenito de la zona del campo corto y la segunda base.
Como es de esperar, su tiempo libre lo dedicaba también a jugar pelota, además de leer y de ir al cine por la noche. También, en ocasiones, jugaba partidas de dominó en la Casa de Segundo, un modesto café-bar (hoy hay allí una iglesia) hasta las nueve y la diez de la noche.
El tiempo pasó y el joven Nicolás conoció a la hija del comerciante Vicente Franco, una bella muchacha con quien firmaría su destino, sin papeles. Su condición de ciudadano ruso de nacimiento estaría en peligro si se casaban por la ley cubana; tendrían que hacerlo en la Embajada de la Unión Soviética, abierta en 1943 a raíz de la Segunda Guerra Mundial, con un embajador alterno en los Estados Unidos y Cuba; así y todo, no era bien visto por las autoridades –recordemos los años que corrían en la Cuba neocolonial de ese entonces. La necesidad llevó a la pareja a tomar la decisión de unir sus vidas sin actos oficiales ni públicos, un demérito social de aquellos tiempos, que dicho sea de paso poco importó a los sencillos conciudadanos. Nicolás y Margot Franco hicieron una sencilla vida social, de bailes, playas y otros pocos entretenimientos y la pareja se convirtió en una de las más populares del lugar por el amor que se profesaban.
Volviendo al beisból, el encantamiento por este deporte y las facultades naturales para defender el short stop, le abrieron las puertas a Nicolái en el equipo Minas de Matahambre, donde llegaría a codearse con el receptor San Juan, y lanzadores de la talla de Nenito “La Puerca”, Paco Mesa y el “Gallego” Hernández. Él haría combinación con el camarero Roberto Moreno, un sanjuanero importado en el pueblo. Aquel dúo ha pasado a la historia de la comarca como un modelo a seguir en este deporte. A su diestra defendería el bueno de Ramón Rodríguez, Tato “el Negro”, único de esa raza en el equipo, quien falleció meses después de ser entrevistado por los realizadores del documental. De todos sus compañeros de equipo, unos más buenos que otros, poco a poco sobresalió como ninguno, “el Rusito” Nicolás, que comenzó en el pueblo jugando en torneos escolares y juveniles, hasta que a inicios de la década del cuarenta cuando se hizo torpedero regular del equipo.
De acuerdo con documentos oficiales, Nicolás medía alrededor de 1,80 ms. de estatura y sobre las 160 libras de peso. Según cuentan los entrevistados tuvo manos prodigiosas en su posición, un excelente brazo, inteligente y con desplazamientos envidiables. Jugaba con soltura, era veloz y agresivo en el corrido de las bases. A todo ello unía la buena capacidad para batear y alcanzar almohadillas extras; pero le criticaban poco poder en las muñecas.
Además del equipo minero, Nicolái jugó en la ciudad de Pinar del Río para el Unión Juvenil Rafael Morales, bajo el mando de José Joaquín Pando, un otrora buen defensor de la segunda almohadilla, quien muchos años después sería considerado el padre del pitcheo pinareño en las Series Nacionales. Pando, a quien llamaban “el Viejito”, en más de una ocasión hizo comentarios favorables sobre la calidad del Rusito Nicolás, quien estuvo con ese equipo desde 1946 hasta 1949, compitiendo en la Liga Nacional Amateur de la Unión Atlética de Amateurs de Cuba, único club pinareño, junto al Artemisa, que se tituló campeón dos veces. En 1949 el conjunto clasificó para la primera división y varios scouts se le acercaron para contratarlo en el Béisbol Organizado Norteamericano, pero Nicolái rechazó jugar como profesional alegando que tenía mucho apego a la familia y a las Minas. Por eso siempre jugó amateur, aunque en más de una ocasión se fue a las prácticas de la Liga Profesional Cubana, donde le hubiera gustado desempeñarse para lograr una plena realización. Se desconocen las causas que le impidieron engrosar el roster de los equipos habanista, almendarista, cienfueguero o marianense, los demás prestigio en esos tiempos. Se presume que la capacidad al bate le haya jugado una mala pasada.
En Minas de Matahambre, el Rusito Nicolás llegó a ser poco menos que un héroe, el pueblo lo quería y admiraba. Rodolfo Martínez de Osaba Amalfi (El Clavo), líder de los impulsadores en el torneo de 1955, de la Liga Popular de Cuba, cuando Matahambre se tituló campeón y fue compañero de trabajo del Rusito, recuerda: “Cuando íbamos bajando en la jaula a las profundidades del pozo, era el centro de la atención: —Oye Rusito, qué clase de bola cogiste. — ¡Tremenda nube de polvo que levantaste en segunda! —Yo no había visto un tiro así—. Lo mismo sucedía a la entrada del cine y en cualquier lugar adonde llegara. Fue, sin dudas, el más popular de todos…”
La huella del Rusito en el béisbol produjo un debate periodístico en los años setenta, cuando el investigador Ildefonso Ballart Montano dio a conocer un artículo sobre la carrera deportiva de Nicolái Slovacevich. Luego lo divulgó por radio y televisión el periodista y promotor cultural José Antonio Martínez de Osaba Goenaga, más conocido por Tito Osaba, junto al periodista Rubén Cortés. El cronista Elio Menéndez se hizo eco de esos trabajos y destacó la obra de Nicolás en el periódico Juventud Rebelde, considerándolo hasta ese momento, el primer ruso que jugó pelota a escala mundial. Posteriormente, en réplica, Luis Olivares intentó demostrar que el primero había sido William Arthur Cristall (Bill), nacido en Odessa, Ucrania, el 9 de octubre de 1878, que en 1901 había jugado en las Grandes Ligas para el Cleveland Indians de la Liga Americana. Pero este era ucraniano, no ruso…
No obstante, la celebridad del Rusito no tendría tanta repercusión si no hubiese sido el primer ruso que jugó pelota organizada en Cuba, solo antecedido a escala mundial (que conozcamos) por Víctor Starffin, un pitcher original del Cáucaso, emigrado a Japón a raíz de la Primera Guerra Mundial, quien mucho se destacó en la liga profesional nipona, al extremo de integrar su Salón de la Fama. Que se conozca, hasta la fecha, Nicolás Slovacevich Bozenko, o simplemente el Rusito, fue el primero nacido en aquel país que jugó pelota organizada en Cuba y, hasta que otra cosa no se sepa, el segundo a escala universal, detrás de Víctor Starffin, como vimos anteriormente.
Pero el destino impuso la terrible jugada a la carrera en el apogeo del joven Nicolás… Desde hacía algún tiempo, la familia le pedía desistir de trabajar debajo de la mina, incluso había personas de la Compañía americana que parecían decididas a buscarle un oficio menos arriesgado, “en la superficie”, como se solía hacer con los jugadores más destacados que trabajaban en otras labores, laminería, por ejemplo. El 25 de mayo de 1949, desoyendo los consejos de amigos y familiares, se fue al trabajo. Y fue allí, en las profundidades de la tierra, en el Pozo número 2 de las minas donde falleció al recostarse a un cable «vivo» de alta tensión.
La tragedia provocó la consternación en todo el pueblo. En Matahambre había un pito que se escuchaba en todos los rincones; sonaba cada ocho horas para anunciar el cambio de turno de los trabajadores y también para avisar de los infortunios, frecuentes en tan difíciles condiciones de trabajo. Así fue sistemáticamente, hasta que ya en la Revolución se redujo la jornada laboral a seis horas. Ahora, escuchar la intermitencia del pito era sinónimo de accidente, generalmente fatal, y cuando ese día se escuchó aullar con potencia, la voz se propagó como la pólvora: —¡Es el Rusito! —Y el pueblo se volcó al Pozo No. 2, hacia la Enfermería (aún no había hospital), donde lo atenderían. Pero fue en vano, no había vida en aquel que supo echarse a todos en el bolsillo, desde el campo corto.
Su medio hermano Pucho, hijo de Nicolás con Isolina, recordaba: “Margot y varios amigos le aconsejaron que no bajara al pozo ese día, como presagiando una desgracia. Pero él, cumplidor a cabalidad de sus obligaciones, se fue al trabajo. En uno de los pocos momentos de descanso, envuelto en agua y sudor por el insoportable calor, se sentó, puso los brazos detrás de la cabeza y los recostó a la pared donde había un cable vivo de alta tensión… Fragmacio Duarte, su amigo pelotero, trató de socorrerlo, tomó un madero y partió el cable, pero el mal estaba hecho… Varios compañeros de trabajo lo cargaron, y salieron a buscar auxilio a la superficie. Ya era tarde…”
Así dejó de existir un símbolo histórico del pueblo de Minas de Matahambre. Margot había dado luz pocos meses antes a Nadia, la hija que lleva el nombre de la abuela, y en el vientre aun llevaba a Nicolás hijo, quien sería el heredero beisbolero pero que cargó con la pesada cruz de no haber conocido a su padre, a quien todo el pueblo recordaba y quería.
Dicen que las casualidades se abren paso a través de las necesidades, ellas pueden llegar en buena o mala hora. Como tantas otras, esa fue inmerecida, porque si alguien debió vivir más, ese fue nuestro hombre, que tenía veinticinco años, cinco meses y veintiocho días.
Tito Osaba es el realizador del documental Nicolás Slovacevich, el ruso pelotero, seleccionado para el Festival Latinoamericano de Cine 2013. Por los realizadores también corre sangre minera, y cuentan en el material que en casa se nutrían de las jugadas de Nicolás, pues su padres vivieron en tiempos del Rusito y en aquellos lares, y solían compararlo con Willie Miranda, el torpedero azul del Almendares, que está entre los mejores de siempre de la pelota cubana, e incluso iban más allá: decían que el Rusito era mejor que Willie. ¿Mito, leyenda, amistad recíproca? De todo hay en la viña del señor, pero bueno debió ser cuando lo comparan con Willie, Germán Mesa y tantos otros.
Algunos dirán que no jugó en la Liga Profesional Cubana, ni en las Menores o Mayores, que no dejó récords para la epopeya, pero como concuerdo con los realizadores del documental: la mejor marca del Rusito fue la de permanecer por más de seis décadas en el corazón de su querido y humilde pueblo entre colinas, donde los aficionados de hoy suelen decir: ¡Qué jugada, como las del Rusito!

Saludos,
Celiushka


11 Mar 2015 19:56
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Traducción al español por Huan Manwë para phpbb-es.com

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