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En otro hilo comentaba Kozhedub esto:

>Sobre lo del hilo, Santi bromeaba (a medias) en el de "Los muertos del comunismo sovietico" diciendo que a ver para cuándo uno sobre "Los muertos del capitalismo ruso".

Pues aquí está. Creo sinceramente que este hilo hace mucha falta. Ante la avancha de desinformación, basada en la información controlada, única y sin contrastar, tenemos que hacer ver que hay otra realidad, no sólo la que nos hacen llegar los que de verdad mandan.


22 Dic 2009 02:17
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Crítica en El Mundo (como todo el mundo sabe, un periódico rojo) sobre el documental "Ángeles con las alas rotas"

"A través de la fuerza de imágenes desgarradoras y testimonios de familiares, se confirman los estragos de una grave crisis económica que obliga a confinarlos en salas psiconeurológicas que son una verdadera trampa para los menores con problemas psicológicos. Asimismo, recoge cómo el problema del alcoholismo está destruyendo la vida no sólo de quienes lo padecen sino de los pequeños que, ya nacidos con deficiencias, son víctimas del abandono y acaban en esta especie de jardínes de la muerte de subvención estatal."


22 Dic 2009 02:19
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Retrato de los últimos años de su mandato

Las quejas, a Yeltsin


Mónica G. Prieto
El Mundo


Dejo a otros los homenajes amables al ex presidente ruso. Las imágenes que quedaron grabadas en mi memoria después de cuatro años en Rusia, los de su segundo mandato, poco tienen que ver con ese Yeltsin aguerrido que desafió al sistema encaramado a un tanque.

Recuerdo una de las pocas veces que tuve ocasión de encontrarle en persona, en un acto oficial celebrado en su palacio del Kremlin: Yeltsin se tambaleaba y apenas conseguía mantener los ojos abiertos, puede que a causa de la bebida o del cansancio .

Seguramente él habría dicho que tenía motivos para ambas cosas: corría 1997 y la economía no terminaba de despegar. La criminalidad organizada acaparaba poder al tiempo que los oligarcas, los empresarios favorecidos por las reformas salvajes emprendidas por Yeltsin, se enriquecían de una forma desproporcionada mientras la clase media/baja perdía poder adquisitivo.

La gente había empezado a vender sus propiedades básicas (desde vajillas resquebrajadas hasta manoseados libros de toda una vida ) en las estaciones de metro para ganar unos rublos con los que redondear sus ingresos, los escasos restaurantes estaban destinados para ese 4% de la población "extremadamente rica" (ni siquiera los extranjeros se lo podían permitir), la corrupción hacía la burocracia insoportable y los ajustes de cuentas a navajazos proliferaban por la capital.

Lo peor llegaría un año después, cuando en una de las numerosas crisis de Gobierno Boris Yeltsin destituyó al Ejecutivo al completo, incluyendo al entonces primer ministro Víctor Chernomirdin, y asumió por unas horas los poderes de primer ministro y presidente en su persona, algo incompatible según la Constitución. Los inversores se espantaron, el rublo cayó el 100% y los mercados se vaciaron como en los tiempos de la Unión Soviética .

Es sólo una muestra de la errática política que llevaba a cabo. Entre 1998 y 2000 nombró a cuatro primeros ministros diferentes, ninguno de los cuales logró mejorar la situación económica. Al tiempo, los magnates financieros y políticos que le rodeaban se beneficiaban de sus favores acumulando verdaderas fortunas en un momento en que la evasión fiscal era habitual y la de divisas ascendía a entre 1.000 y 2.000 millones de dólares al mes.

Cuando Yeltsin abandonó el poder, las mafias controlaban el 30% de la economía del país ("la mafia son ellos", me dijo una vez un coronel de la Policía rusa al pasar frente al Parlamento). Otro dato en mi recuerdo: cuando dimitió el 97% de la población no le apoyaba. Su delfín, el oscuro Vladimir Putin, gozaba del respaldo del 1% de la población.

Acoso a Chechenia

En 1999 se abrió otro frente definitivo: justo cuando se aproximaba la fecha en la que, según los acuerdos de paz firmados en Jasavyurt en 1996 (que marcaron la victoria de los chechenos contra los rusos, con la que aquéllos se ganaron de facto su independencia) Yeltsin volvía a lanzar a sus tropas a ocupar la pequeña y castigada república caucásica . Acusó a los chechenos de estar tras la oleada de atentados que mató a 300 personas en agosto de 1999, pero eso sonó a excusa: Moscú no podía negociar la independencia de Chechenia y abrir así el camino a la autodeterminación de otras muchas autonomías.

Así fue como 150.000 soldados invadieron una república para acabar con los 5.000 combatientes que, según Moscú, la defendía. Y así consumó Yeltsin por segunda vez su crimen como ya lo hizo en 1994, durante la primera y fracasada ofensiva . Como resultado de sus dos guerras, en una década Chechenia pasó de dos millones de habitantes a 800.000. Las estimaciones más conservadoras hablan de 200.000 civiles muertos a manos rusas, y llegó a haber 250.000 refugiados. Existen campos de concentración y torturas y los desaparecidos son incuantificables.

Por eso, cuando pienso en Boris Yeltsin mi memoria evoca una vivencia. En diciembre de 1999, pocos días antes de su dimisión, un nutrido grupo de soldados rusos supervisaba en una carretera chechena la huída de civiles que escapaban de los bombardeos en Grozni, a unos pocos kilómetros de distancia.

Era una fila interminable de gente agotada y aferrada a sus hatillos, mujeres, niños y ancianos en su mayoría, que llevaba meses sometida a las bombas. Muchos de ellos eran rusos. Una mujer con un niño de la mano espetó a un soldado: "¿Cómo podéis hacer esto a civiles desarmados?" El militar, de unos 20 años, respondió estoico: "Remita cualquier queja a Boris Nicoláyevich Yeltsin". Imagino que esa es la razón por la que siempre que recuerdo la matanza rusa en Chechenia me entra la tentación de remitir quejas en forma de denuncias a un Yeltsin que ya no las podrá afrontar .

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=50099

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23 Dic 2009 17:40
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08-08-2004

Una serie de televisión rusa explica como empresarios judíos saquearon el estado

Los Oligarcas o de cómo la Virgen se convirtió en una Prostituta


Uri Avnery
Rebelión

Traducido para Rebelión por Carlos Sanchis

Es una serie de televisión sobre Rusia. Pero podría ser sobre Israel. O sobre los Estados Unidos. Se titula "Los Oligarcas" y está proyectándose ahora en la televisión israelí.

Algunos de sus episodios son absolutamente increíbles; o lo habrían sido, si no hubieran venido directamente de buena tinta: de los héroes de la historia que alegremente se jactan de sus hazañas despreciables. La serie fue producida por inmigrantes israelíes de Rusia.

"Los Oligarcas" son un grupo diminuto de empresarios que se aprovecharon de la desintegración del sistema soviético para saquear los tesoros del estado y amasar un botín que suma centenares de billones de dólares. Para salvaguardar la perpetuación de su negocio, tomaron el control del estado. Seis de los siete, son judíos.

En lenguaje popular se llaman "oligarcas"; de la palabra griega que significa "gobierno de pocos."

En los primeros años de capitalismo ruso postsoviético eran los ágiles e intrépidos que supieron aprovecharse de la anarquía económica para adquirir posesiones enormes por una centésima o una milésima de su valor: el petróleo, el gas natural, el níquel y otros minerales. Usaron cada argucia posible, incluyendo la estafa, el soborno y el asesinato. Cada uno de ellos tenía un pequeño ejército privado. En el transcurso de la serie están orgullosos de narrar con gran detalle cómo lo hicieron.

Pero la parte más intrigante de la serie relata la manera en la que tomaron el control del aparato político. Después de un periodo de lucha, decidieron que sería más aprovechable para todos ellos cooperar para tomar el estado.

En aquel momento, el presidente Boris Yeltsin estaba en un acusado declive. En la víspera de las nuevas elecciones para la presidencia, su popularidad en las encuestas de opinión públicas se mantenía en un 4%. Era un alcohólico con una grave enfermedad de corazón y trabajaba aproximadamente dos horas al día. El estado era, en la práctica, gobernado por su guardia personal y por su hija; la corrupción estaba al orden del día.

Los oligarcas decidieron tomar el poder a través de él. Tenían fondos casi ilimitados, el control de todos los canales de televisión y la mayoría de los otros medios de comunicación. Pusieron todo esto a la disposición de la campaña para la reelección de Yeltsin, negaron a sus antagonistas siquiera un minuto de tiempo televisivo y vertieron grandes sumas de dinero en el esfuerzo. (La serie omite un detalle interesante: trajeron, en secreto, a los más excelentes expertos en elecciones americanos y a publicistas que aplicaron métodos previamente desconocidos en Rusia.)

La campaña dio su fruto: Yeltsin fue, de hecho, reelegido. El mismo día él tenía otro ataque cardíaco y pasó el resto de la legislatura en el hospital. En la práctica, los oligarcas gobernaron Rusia. Uno de ellos, Boris Berezovsky, se nombró a si mismo primer ministro. Hubo un escándalo menor cuando se conoció que él (como la mayoría de los oligarcas) había adquirido la ciudadanía israelí, pero dejó su pasaporte israelí y todo estuvo de nuevo en orden.

A propósito, Berezovsky se jactaba de haber ocasionado la guerra en Chechenia en la que han muerto decenas de miles de personas y un país entero ha sido devastado. Él estaba interesado en los recursos minerales de allí y en un posible oleoducto. Para lograrlo acabó con el acuerdo de la paz que dio algún tipo de independencia al país. Los oligarcas despidieron y destruyeron a Alejandro Lebed, el popular general que diseñó el acuerdo, y la guerra ha permanecido incesante desde entonces.

Al final, hubo una reacción: Vladimir Putin, el duro y taciturno ex dirigente del KGB, alcanzó el poder, tomó el control de los medios de comunicación, puso a uno de los oligarcas (Mijail Khodorkovsky) en prisión, causó que los otros huyeran (Berezovsky está en Inglaterra, Vladimir Gusinsky está en Israel y se supone que otro, Mijail Chernoy, se está escondiendo aquí.)

Puesto que todas las hazañas de los oligarcas ocurrieron en público, hay un peligro de que el asunto pudiera causar un aumento del antisemitismo en Rusia. De hecho, los antisemitas defienden que estos hechos confirman los "Protocolos de los Ancianos de Sión", un documento fabricado hace un siglo por la policía secreta rusa y que pretende revelar una conspiración judía para controlar el mundo.

Moviéndonos de Rusia a Norteamérica; sucedió lo mismo en los EE.UU, por supuesto, pero hace más de hace cien años. Entonces, los grandes "barones ladrones", Morgan, Rockefeller etc., todos ellos buenos cristianos, usaron métodos muy similares para adquirir capital y poder a gran escala. Hoy funcionan de manera más refinada.

En la campaña de las actuales elecciones, los candidatos recaudan centenares de millones de dólares. George W. Bush y John Kerry los dos se jactan de su talento para elevar las enormes sumas de dinero. ¿De quien?. ¿De los pensionistas?. ¿De la mítica " señora mayor en zapatillas de tenis?" Por supuesto que no, sino de la camarilla de millonarios, de las gigantescas corporaciones y de los poderosos lobbies (distribuidores de armas, organizaciones judías, médicos, abogados y así). Muchos de ellos les dan dinero a ambos candidatos; tan sólo para estar en el lado seguro.

Todos éstos esperan, por supuesto, recibir una paga extraordinaria generosa cuando su candidato sea elegido. "No hay nada como un almuerzo gratis", como escribió el derechista economista Milton Friedman. Como en Rusia, cada dólar (o rublo) invertido sabiamente en una elección rendirá por diez - o por cien-.

El problema está arraigado en el hecho de que los candidatos presidenciales (y todos los otros candidatos para el aparato político) necesitan cada vez cantidades mayores de dinero. Las elecciones se están luchando principalmente en la televisión y cuestan grandes sumas. No es una coincidencia que todos los candidatos actuales en los EE.UU. sean multimillonarios. La familia Bush ha amasado una fortuna del negocio del petróleo (ayudada por sus conexiones políticas, por supuesto.) Kerry se casó con una de las mujeres más ricas de América que fue una vez la esposa del rey de la salsa Henry John Heinz. Richard Cheney fue el jefe de una gran corporación que ha acumulado un valor de billones con los contratos en Irak. John Edwards, candidato para vicepresidente, ha hecho una fortuna como abogado procesal.

De vez en cuando se habla en América sobre reformar la financiación de las elecciones, pero no sale nada que valga la pena. Ninguno de los oligarcas tiene algún interés por cambiar un sistema que les permite comprar al gobierno de los Estados Unidos.

En Israel, también, hablar sobre " Dinero y Poder" está ahora en boga. Ariel Sharon y uno de sus dos hijos han sido sospechosos de aceptar sobornos de un magnate inmobiliario. Una acusación fue bloqueada por el nuevo Fiscal General que fue nombrado por el gobierno de Sharon en la plenitud del asunto. Otra investigación sobre Sharon y sus hijos todavía está pendiente. Se trata de millones de dólares que llegaron a sus arcas electorales por rutas tortuosas cruzando tres continentes.

Las conexiones de Simón Peres con multimillonarios son muy conocidas, como lo son las grandes sumas proporcionadas por multimillonarios judíos americanos para las causas de la extrema derecha en Israel. Uno de los oligarcas rusos es el copropietario del segundo periódico israelí más grande.

(...)

Estos hechos deben alarmar a todos los que nos preocupamos de la democracia en Israel, Rusia, los Estados Unidos y en cualquier lugar. La oligarquía y la democracia son incompatibles. Como un comentarista ruso, en la serie de televisión, dice sobre la nueva democracia rusa: "Ellos han convertido a una virgen en una prostituta."

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=3065

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23 Dic 2009 17:49
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De James Petras, en 2004. Cuadro general de la situación entonces. Hay uno excelente de Ted Grant, pero a pégina está temporalmente fuera de servicio y tendría que dejarlo en inglés. A ver si en unos días puede ser:

Citar:
Capitalismo frente a socialismo: el gran debate revisitado

James Petras
Traducido por Manuel Talens para Rebelión


El debate entre socialismo y capitalismo sigue en pie. De hecho, la batalla de las ideas se está intensificando. Las agencias internacionales, incluidas las Naciones Unidas, la Organización Internacional de Trabajo (OIT), la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los informes de organizaciones no gubernamentales, de la UNESCO y de expertos económicos independientes, regionales y nacionales, son una buena prueba de que es necesario comparar las ventajas del capitalismo y del socialismo.

Las comparaciones entre países y regiones, antes y después del advenimiento del capitalismo en la Europa del Este, Rusia y la Europa Central, así como una comparación de Cuba con los antiguos países comunistas, nos proporcionan una base adecuada para sacar algunas conclusiones definitivas. Quince años de «transición al capitalismo» son un tiempo más que adecuado para juzgar el funcionamiento y el impacto de los políticos capitalistas, las privatizaciones, la política de libre mercado y otras medidas destinadas a restaurar la economía, la sociedad y el bienestar general de la población.


Resultados económicos: crecimiento, empleo y pobreza

Bajo el comunismo, las decisiones económicas y la propiedad eran nacionales y de dominio público. Durante los pasados quince años de transición al capitalismo, casi todas las industrias básicas, la energía, la minería, las comunicaciones, las infraestructuras y las industrias comerciales pasaron a las manos de compañías multinacionales europeas y estadounidenses y de multimillonarios mafiosos, o bien cesaron de existir. Esto ha llevado al paro masivo y al empleo temporal, a un estancamiento relativo, una enorme emigración y una descapitalización de la economía a través de transferencias ilegales, lavado de dinero y pillaje de recursos.

En Polonia, los antiguos astilleros de Gdansk, el punto de origen del sindicato Solidaridad, están cerrados y ahora son una pieza de museo. Más del 20% de la mano de obra se encuentra oficialmente en paro (Financial Times, 21/22 de febrero de 2004) y así ha sido durante la mayor parte de la década. Otro 30% está «empleado» en trabajos marginales y mal pagados (prostitución, contrabando, drogas, mercados callejeros, vendedores ambulantes y economía sumergida). En Bulgaria, Rumania, Letonia y la antigua Alemania del Este prevalecen condiciones similares o peores: el verdadero promedio per cápita del crecimiento durante los pasados quince años es muy inferior al de los quince años precedentes bajo el comunismo (sobre todo si incluimos las ventajas de la asistencia médica, la educación, la vivienda subvencionada y las pensiones). Además, las desigualdades económicas han crecido de manera exponencial y el 1% de la población que disfruta de los ingresos superiores controla el 80% de los activos privados y más del 50% de los ingresos, mientras que los niveles de pobreza sobrepasan con creces el 50%. En la antigua URSS, sobre todo en las repúblicas asiáticas más meridionales, como Armenia, Georgia y Uzbekistán, el nivel de vida ha caído en un 80%, casi un cuarto de la población ha emigrado o se ha convertido en indigente y las industrias y el tesoro público y las fuentes de energía han sido objeto de latrocinio.

Los sistemas científico, sanitario y educativo han sido casi destruidos. En Armenia, el número de investigadores científicos disminuyó desde 20 000 en 1990 a 5 000 en 1995, y sigue bajando (National Geographic, marzo de 2004). Armenia, de ser un centro de alta tecnología soviética ha pasado a ser un país controlado por bandas criminales en el que la mayoría de la gente vive sin calefacción ni electricidad.

En Rusia, el pillaje ha sido aún peor y el declive económico mucho más grave. A mediados de los años noventa, más del 50 % de la población (e incluso más en el exterior de Moscú y San Petersburgo, la antigua Leningrado) vive en la pobreza, ha aumentado el número de personas sin hogar y los servicios sanitarios y educativos universales ya no existen. Nunca en tiempos de paz de la historia moderna hubo un país que cayera tan bajo y con tanta rapidez y profundidad como la Rusia capitalista. La economía fue «privatizada», es decir, fue asumida por gángsteres rusos, dirigidos por los ocho oligarcas multimillonarios que sacaron fuera del país más de doscientos mil millones de dólares, sobre todo a bancos de Nueva York, Tel Aviv, Londres y Suiza. El asesinato y el terror han sido las armas escogidas para la «competitividad económica», conforme cada sector de la economía y de la ciencia quedaba diezmado y los científicos de clase mundial mejor entrenados se veían privados de recursos, de instalaciones básicas y de ingresos. Los principales beneficiarios fueron los antiguos burócratas soviéticos, los capos mafiosos, los bancos estadounidenses e israelíes, los especuladores inmobiliarios europeos, los constructores del imperio estadounidense, los militaristas y las compañías multinacionales.
(...)
El resultado del robo masivo –el paro, la pobreza y la desesperación– ha contribuido a un enorme aumento de suicidios, trastornos psicológicos, alcoholismo, drogadicción y enfermedades raramente padecidas en los tiempos soviéticos.
La esperanza de vida entre los rusos de sexo masculino cayó desde 64 años al final del socialismo a 58 años en 2003 (Wall Street Journal, 2 de abril de 2004), por debajo del nivel de Bangladesh y 16 años por debajo de los 74 años de Cuba (Estadística Nacional Cubana 2002).
La transición al capitalismo en Rusia, por sí sola, ha dado lugar a más de 15 millones de muertes prematuras (que no habrían ocurrido si las tasas de esperanza de vida hubieran permanecido en los niveles del socialismo). Estas muertes socialmente inducidas bajo el nuevo capitalismo son comparables a las del peor periodo de las purgas de los años treinta del pasado siglo. Los expertos demográficos predicen que la población de Rusia disminuirá en un 30% a lo largo de las próximas décadas (WSJ, 4 de febrero de 2004).

Las peores consecuencias de la «transición» al capitalismo apoyada por Occidente todavía están por venir durante próximos años. La introducción del capitalismo ha minado por completo el sistema de salud pública, lo que ha conducido a una explosión de enfermedades infecciosas mortales, antes bien controladas. El Programa Conjunto de las Naciones Unidas el sobre el VIH/SIDA (UNAIDS) publicó un informe general en el que se decía que en Europa del Este y en Asia Central «…los niveles de infección crecen con mayor rapidez que en otras partes, más de 1,5 millones de personas en la región están hoy infectadas (2004), en comparación con los 30 000 casos en 1995» (y menos de 10 000 en el período socialista). Las tasas de infección son todavía más elevadas en la Federación Rusa, donde la tasa de aumento de la infección por el virus del sida entre los jóvenes que llegaron a la mayoría de edad bajo los regímenes «capitalistas» apoyados por Occidente entre 1998 y 2004 se encuentra entre las más elevadas del mundo.

Las bandas criminales de Rusia, Europa del Este, los Balcanes y los países bálticos contribuyen enormemente a la epidemia de sida a través del tráfico de heroína y de las 200 000 «esclavas sexuales» que cada año distribuyen por los burdeles de todo el mundo. La violenta mafia albanesa, que opera en el recién «liberado» Kosovo, controla una parte significativa del tráfico de heroína y de la prostitución en toda la Europa Occidental y en Norteamérica. Las enormes cantidades de heroína producidas por los señores de guerra del «liberado» Afganistán –aliados de EE UU– pasan a través de los miniestados de la antigua Yugoslavia e inundan los países de la Europa Occidental. Los recién «emancipados» oligarcas de la mafia judía rusa controlan una parte importante del tráfico de drogas, armas ilegales, mujeres y niñas destinadas a la industria sexual y del blanqueo de dinero en todos los países de EE UU, Europa y Canadá (Robert Friedman, Red Mafiya, 2000). Los multimillonarios de la mafia han comprado y han vendido prácticamente a todos los principales políticos electorales y partidos políticos de las «democracias del Este», siempre en alianza informal o formal con los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos.

Los indicadores económicos y sociales demuestran de manera concluyente que el «auténtico capitalismo existente» es muchísimo peor que el pleno empleo y el crecimiento moderado de los estados del bienestar que existían durante el anterior periodo socialista. Desde el punto de vista personal –en lo relativo a la seguridad pública y privada, el empleo, las pensiones y los ahorros– el sistema socialista fue un lugar mucho más seguro para vivir que las sociedades controladas por bandas capitalistas que las substituyeron. Desde el punto de vista político, los estados comunistas fueron mucho más sensible a las demandas sociales de los trabajadores, pusieron límites a las desigualdades económicas e, incluso adaptándose a los intereses de la política exterior soviética, diversificaron, industrializaron y fueron propietarios de todos los principales sectores de la economía. Bajo el capitalismo, los políticos electorales de los antiguos estados comunistas vendieron a precio de rebaja todas las industrias principales a monopolios extranjeros o locales, crearon monstruosas desigualdades y dejaron de ocuparse de la salud y de los intereses de los trabajadores. Con respeto a la propiedad de los medios de comunicación, el monopolio estatal ha sido sustituido por monopolios extranjeros o nacionales, con similares efectos de homogenización. No hay duda de que si se analizan de manera objetiva los datos comparativos entre los quince años de «transición» capitalista y los quince años anteriores de socialismo, el período socialista es superior en casi todos los indicadores de la calidad de la vida.

Comparemos ahora el socialismo cubano con los nuevos países capitalistas surgidos de Rusia, Europa del Este y el Asia meridional.

El socialismo cubano sufrió el duro golpe del giro al capitalismo en la URSS y Europa del Este. La producción industrial y el comercio disminuyeron un 60% y la ingesta calórica diaria de cada cubano cayó a la mitad. No obstante, la mortalidad infantil en Cuba siguió disminuyendo desde 11 casos por cada 1000 nacimientos vivos en 1989 a 6 en 2003 (cifras que se comparan favorablemente con las de EE UU). Mientras que Rusia dedica sólo el 3,8% de su PNB al gasto sanitario público y el 1,5% al privado, el presupuesto cubano asciende al 16,7%. Mientras que la esperanza de vida entre los varones bajó a 58 años en la Rusia capitalista, en la socialista Cuba se elevó a 74 años. Mientras que el paro creció hasta el 21% en la capitalista Polonia, disminuyó al 3% en Cuba. Mientras que las drogas y las bandas criminales campan por sus respetos entre los nuevos países capitalistas, Cuba ha iniciado programas educativos y de formación para la juventud en paro y paga salarios mientras se aprende un oficio y se obtiene un empleo. Los continuos avances científicos de Cuba en biotecnología y medicina son de categoría mundial, mientras que las infraestructuras científicas de los antiguos países comunistas se han derrumbado y sus científicos han emigrado o viven sin recursos. Cuba conserva su independencia política y económica, mientras que los nuevos países capitalistas se han convertido en clientes militares de EE UU y proporcionan mercenarios al servicio del imperio en los Balcanes, Afganistán e Irak. Al contrario de los europeos orientales, que trabajan como soldados mercenarios para los EE UU en el Tercer Mundo, 14 000 médicos cubanos trabajan en algunas de las regiones más pobres en América Latina y África en cooperación con diversos gobiernos nacionales que han solicitado sus habilidades. Hay más de 500 médicos cubanos en Haití. En Cuba, la mayor parte de las industrias son nacionales y públicas, con enclaves de mercados privados y empresas conjuntas con capital extranjero. En los antiguos países comunistas, casi todas las industrias básicas son de propiedad extranjera, como lo son la mayor parte de los medios de comunicación y las «industrias de la cultura». Mientras que Cuba conserva una red social de seguridad para los alimentos básicos, la vivienda, la salud, la educación y los deportes, en los nuevos países capitalistas el «mercado» excluye del acceso a muchos de estos bienes y servicios a sectores sustanciales de los desempleados y de los trabajadores mal pagados.

(...)

El debate sobre la superioridad del socialismo y el capitalismo sigue en pie, porque lo que ha sustituido al socialismo tras el derrumbamiento de la URSS es mucho peor en todos los índices de importancia. (...)

http://www.rebelion.org/hemeroteca/petras/040304jp.htm

Como puede verse, los datos sobre salud y esperanza de vida son devastadores (repito, el texto es de 2004).

Petras ha ido afinando sus análisis sobre Rusia en los últimos años conforme la administración Putin fue tomando distancia de su predecesora. Un caso es el demográfico, por ejemplo, y la reversión de los procesos de privatización al nacionalizar la industria energética. No obstante, el daño ya estaba hecho y sabemos que la Rusia moderna aún no ha llegado a los niveles en los que se había instalado durante su pertenencia a la URSS.

Saludos.

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23 Dic 2009 18:13
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Qué buenos posts, Kozhedub. Muchas gracias.


23 Dic 2009 21:19
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Echad un vistazo a la gráfica de nacimientos y muertes en Rusia en los últimos años. Verde = muertes; morado = nacimientos

http://www.obkom.com/russia/images/graf ... emosti.gif

Caída de la población:

http://upload.wikimedia.org/wikipedia/c ... Russia.PNG

Y no os perdáis esta gráfica. En unos 12 años habían recuperado la población perdida durante la guerra; y en 1937 (purgas de Stalin) la población seguía creciendo. (¿Pero no habían matado a la mitad de la población...?). Se ve también la caída durante la Guerra Civil y las hambrunas del 33.

http://www.polit.ru/img/content/idea/alternatives_1.gif


23 Dic 2009 22:02
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Muy buenas las gráficas Facorrov, dejan muchas cosas claras...

por cierto, respecto a Stalin, fijáos en la población rusa de 1927, por ejemplo, se supone que antes de las brutales matanzas de Stalin, para entonces la población no llegaba a los 100 millones de habitantes ... pero todavía hay necios que dicen que Stalin mató a 70 millones, o a 110 millones de habitantes :)))))))

(nota: las estadísticas se refieren solo a Rusia, no a otras repúblicas, pero las consecuencias no cambian)


23 Dic 2009 22:13
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Más madera, que nos lo ponen fácil:

Citar:
Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!

Higinio Polo
El Viejo Topo



Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.

Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos.

Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.

Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.

* * *

Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.

El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.

Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.

Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.

Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.

Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.

Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.

La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.

Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.

La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.

Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.

Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.

La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.

Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.

A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.

Referencia:
http://www.thelancet.com/journals/lance ... 2/abstract

Fuente: Publicado en el nº 265 de El Viejo Topo, febrero de 2010.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=102272

Esto pasa ahora pero no veo asomar por ahí a Conquest y compañía. ¿Están de vacaciones?

Un saludo.

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La ciencia, marcada por la política

La caída de la URSS, Oriente Medio o el auge chino afectaron a la investigación

RIA NOVOSTI MIGUEL ÁNGEL CRIADO - MADRID - 06/03/2010 21:01


Entre los recuerdos de un pasado glorioso del imperio soviético, la casa de subastas canadiense Waddington's ofrece al mejor postor el traje espacial de Anatoli Artsebarsky. El cosmonauta llegó como soviético a la estación espacial Mir en mayo de 1991 y cuando la abandonó, en octubre, sólo era ruso. En agosto, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se desintegró. Y con ella, su ciencia.

El traje de Artsebarsky es sólo una metáfora del hundimiento de la ciencia soviética que revela un estudio de la firma canadiense Science-Metrix. Para realizarlo, se ha recopilado el número de investigaciones publicadas en revistas científicas (la métrica más fiable del avance científico) desde 1980 y lo han relacionado con algunos de los hechos históricos del último tercio del siglo XX. La desmembración de la URSS, Oriente Medio o el despertar de China son, si no la causa, sí contemporáneos al avance o retroceso de su ciencia.

La URSS presumía de tener 1,7 millones de científicos en 1989
Cuando Mijail Gorbachov llegó al poder en 1985, la ciencia de la Unión Soviética publicaba más de 37.000 investigaciones. Estaba lejos de EEUU, pero nadie discutía su posición como segunda potencia del mundo. En disciplinas como la física o las matemáticas eran líderes. Incluso en 1989, el año de la caída del Muro de Berlín, la URSS presumía de tener 1,7 millones de científicos.


En agosto de 1991, nostálgicos del KGB, el ejército y los más reaccionarios del PCUS dieron un golpe de Estado. Su intentona acabó con Gorbachov, pero también con sus reformas. Subido a un tanque, el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, heredó los restos de la Unión Soviética. Pero la ciencia se hundió con la URSS.

Desde entonces, como revelan las estadísticas de Thomson Reuters (en las que se basa el estudio), Rusia ha sido incapaz de tomar el relevo. No se trata de que, al dividirse la URSS en 15 repúblicas, se atomizara la ciencia en 15 partes. Kazajistán o Ucrania no producen hoy ni la mitad que cuando eran soviéticas. Rusia ha perdido un tercio de su producción como país.


Las razones son variadas. El descalabro económico tras la desaparición del Estado asistencial provocó el fin de la inversión en ciencia básica. En 1999, el porcentaje del producto interior bruto invertido en investigación era un tercio del de 1991. La fuga de cerebros no se detuvo hasta esta década. Sólo la mitad de los investigadores seguía en su puesto en 2000.

Sólo la mitad de los investigadores rusos de 1991 seguía en 2000
Más daño hizo el desmantelamiento del complejo industrial militar. Alimentada por la Guerra Fría, la investigación con fines militares acababa llegando a la sociedad. La edad media de los miembros de la Academia Rusa de Ciencias es de más de 50 años (y 60 en el caso del sector de defensa). Hoy, la producción científica rusa es inferior a la canadiense o a la australiana.


Libres de la bota soviética
Pero no a todos les ha ido tan mal. Dos países de la ex URSS producen ahora más que cuando eran soviéticos. Lituania, el primero en independizarse en 1990, y Estonia no han dejado de crecer.
En especial la primera, cuya aportación a la ciencia se ha multiplicado por ocho. Sólo Letonia sigue estancada.

La ciencia, motor de Israel desde su creación, sufre ahora un estancamiento
También han mejorado los antiguos miembros del Pacto de Varsovia (disuelto también en 1991). Ciencias como la checa, la húngara o la polaca, que destacaron en la primera mitad del siglo XX, se oscurecieron tras caer bajo la órbita soviética. Entre los emigrados (en su mayoría judíos) a EEUU, los muertos durante el terror nazi y las nuevas generaciones que marchaban a universidades de Moscú como la Estatal Lomonosov o el Instituto de Física y Tecnología -del que han salido una decena de premios Nobel- se creó un vacío en el Este europeo que sólo empezó a llenarse al librarse de la bota soviética.


Esta liberación y su giro hacia la UE, en particular a Alemania, han provocado el despegue. Polonia ha multiplicado casi por cuatro sus publicaciones. Checoslovaquia (computada como una unidad) ha pasado de 4.000 papers a 8.000 desde 1990. Hungría y, en menor medida, Rumanía y Bulgaria, también han despertado. Sin establecer una relación de causalidad, Science-Metrix recuerda que son también los de cultura protestante y germánica. [No sé quién suelta semejante majaderia, pero considerar germánicos y protestantes a polacos, húngaros, búlgaros y rumanos es de juzgado de guardia]

(...)

http://www.publico.es/ciencias/300244/c ... a/politica

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Y para los que sepan inglés, un artículo sobre Rusia de 1998 ubicado en la sección... de Tercer Mundo. Como perder dos categorías en menos de una década. Lo que no consiguiera Yetsin... :nono:

El autor tira con bala: en efecto, a los occidentales les importaban un pimiento los cientos de miles de muertos o desplazados, o los millones de hambrientos. No hablaron de crisis en Rusia hasta que ésta se vió imposibilitada para hacer frente al pago de su deuda con las entidades financieras de Europa y EEUU.

Citar:
Capitalist Collapse
How can Russia Recover?


by David M. Kotz
Dollars and Sense magazine, November/December 1998



Russian scientists were once famous for launching he world's first space satellite. Their counterparts today survive by growing vegetables in their small yards. These are not retirees enjoying some well-deserved leisure time gardening, but prime age workers-miners and teachers as well as scientists-trying to meet basic needs in the face of economic collapse. People go to work every day and do whatever their employer asks, yet weeks and months pass without a single paycheck. They stay on the job because at least it provides some fringe benefits, and no alternative paying job exists.

This has been the meaning of Western-inspired "reform" to a majority of public and private sector workers in Russia. But the media began calling it a crisis only in August of this year, when Russia stopped making timely payments to Western bankers and other investors who had taken a chance on Russian bonds.

After imposing years of suffering on ordinary Russians, Russia's Western-inspired 'neoliberal" program for rapidly building capitalism appears to have finally collapsed under its own weight. This program was devised seven years ago by top economic advisors to Russian President Boris Yeltsin's government, working closely with specialists from the International Monetary Fund (IMF).

Any visitor to Russia can see the effects of the IMF program. The nation's economic output has fallen by half and its investment by three-fourths since 1991, with no recovery in sight. Money is so scarce that half of economic transactions are conducted through barter. A small group of influential insiders has been handed ownership of the former Soviet Union's most valuable properties, while the majority has been plunged into poverty and hopelessness. The economic and social collapse has caused more than two million premature deaths since 1991, due to sharp increases in alcoholism, murder and suicide, infectious diseases, and stress-related ailments.

Despite the unprecedented economic depression, until recently Russian bankers kept getting richer and the stock market soared, buoyed by the lucrative trade in Russia's valuable oil, gas, and metals. Western banks helped to finance the speculative binge that drove up Russian stock prices, making it one of the world's best-performing stock markets in 1997. Then in the late spring of this year, Russia's stock market began to fall and investors started to pull their money out of the country.
The Clinton administration, fearing that Yeltsin's government would not survive a looming financial crisis, pressed a reluctant IMF to approve a $22.6 billion emergency loan on July 13. This bailout proved unsuccessful. Four weeks later the financial crisis resumed as investors fled and Russia's government had to pay as much as 300% interest to attract buyers for its bonds.

After Washington rejected Yeltsin's desperate plea for still more money, Russia did the unthinkable: it was forced to suspend payment on its foreign debt for 90 days, restructure its entire debt, and devalue the ruble. Panic followed, as Russia's high-flying banks teetered on the edge of collapse, depositors were unable to withdraw their money, and store shelves were rapidly emptied of goods. The financial collapse produced a political crisis, as President Yeltsin, his domestic support evaporating, had to contend with an emboldened opposition in the parliament.

What caused the financial crisis?
Two immediate developments turned Russia's euphoria into financial crisis. One was the growing realization that the IMF had failed to resolve the Asian financial crisis, despite huge loans and the imposition of severe economic measures (known as "structural adjustment programs") upon the suffering Asian countries. This created a ripple effect in the late spring of this year, spreading fear of the world's "emerging markets" among international investors. Equally important was the sharp drop in oil and other raw material prices during 1998. This caused the value of Russia's oil exports, its main source of foreign currency earnings, to fall by almost half in the first six months of 1998 compared to the same period of 1997. Together, these two developments led investors to begin removing their funds from Russia.
Russia suddenly began slipping into a classic debt trap. Although the government's deficit was running at only a moderately high rate of 5% of GDP, by early summer the growing flight of capital out of the country forced the government to pay rapidly escalating interest rates on the money it borrowed to finance the deficit. To make matters worse, Russia mainly sold very short term bonds, some coming due in a matter of weeks after issue, which only deepened its repayment problem. By July, Russia's monthly interest payments exceeded its monthly tax revenues by 40%. Realizing this was unsustainable, investors began a stampede for the door despite the IMF's huge bailout loan.

But the underlying cause of Russia's financial debacle runs deeper than the Asian financial flu or short-term movements in raw material prices. The ultimate cause of Russia's financial collapse is nearly seven years of free fall in its real economy. The financial sector cannot prosper indefinitely while production of real goods and services is collapsing.

... At the IMF's urging, Russia rapidly dismantled its pre-existing economic system-abolishing central planning, eliminating controls on imports and capital movements, and privatizing most state enterprises. A new and effective capitalist market system was supposed to appear rapidly through individual initiative, if only the government kept out of the way. But in the contemporary world building a capitalist system requires an active state role and a considerable period of time. With its old economic system dismantled and no new one to take its place, the economy and society descended into chaos.

The IMF also insisted that, to combat inflation, Russia must pursue a tight fiscal and monetary policy-that is, make sharp cuts in public spending and keep money and credit scarce. This assured that plunging demand for goods and services would bring on a major depression. Eventually the Russian government found it could meet the mandatory IMF spending reduction targets only by increasing delays in paying workers and suppliers. Unpaid suppliers could not pay their own workers, spreading a chain of unpaid wages and taxes through the economy.

No amount of stern IMF moralizing about how Russia must start collecting taxes could succeed under such conditions. For example, there has been much noise about the government's failure to force Gazprom, the privatized natural gas monopoly, to pay its enormous back taxes. But it turns out that, due to IMF-required public spending cuts, the government's unpaid gas bills exceed Gazprorn's tax arrears!

When the financial crisis struck Russia, the IMF actually insisted that the solution was more of the same-more cuts in government spending, higher taxes, and tighter credit. For a country suffering from a 50% decline in production, this is absurd advice. Any economics textbook notes that such measures, by further reducing the demand for goods and services, will only make an already severe recession worse-as President Herbert Hoover proved during 1929-32.

An Alternative Strategy
Russia's neoliberal strategy appears to have finally reached a dead end. It has failed in economic terms, and it has few supporters left in Russia-although this does not deter the Western powers from demanding that Russia "stay the course." Advocates of the neoliberal strategy always insist that, in any event, there is no alternative.
Russia's left and center opposition has indeed developed and argued for an alternative economic strategy. Many of Russia's best economists have participated in drawing up detailed economic plans. These plans have three main principles in common: 1) the recovery of Russian industry and agriculture must take center stage; 2) the economy should be directed toward producing consumer goods for the domestic market, rather than exporting raw materials and relying on imported consumer goods; 3) the state must play an active role in economic recovery and long-run economic development instead of leaving it to the "free market."Some specific policies that opposition groups have proposed include:
* Create a large public infrastructure investment program in transportation, power, communication, and sanitary facilities. This would both increase demand and ease supply bottlenecks.
* Immediately pay back wages to government employees, back pensions to retirees, and debts owed to non-state enterprises for goods and services delivered to government agencies. This would facilitate payment of wage arrears by non-state firms and would stimulate demand for Russian output.
* Steer credit away from speculation and instead provide it at low cost for productive uses in industry, construction, and agriculture.
* Renationalize those enterprises that were given away, or sold at less than true value, to influential insiders and criminal elements. This would help to establish the principle that economic reward should come from effective labor, not from insider influence.
* Increase public spending on science, technology, education, and public health. This is necessary for the long-term health and welfare of the economy and population.
* Establish temporary protection of selected domestic industries and agricultural products, to provide Russian producers an opportunity to modernize and thus compete with foreign firms on a more equal footing. It is not desirable for a large, industrialized country such as Russia to become dependent on imports for over half of its consumer goods. (Moscow food processors currently import an estimated 85% to 90% of their raw materials.)
* Redirect a major part of Russia's energy and raw materials toward use by Russian industry rather than export to the world market, while still using some primary product exports to earn foreign currency.
* Control capital flows in and out of Russia, with the aim of stopping capital flight by the oligarchy and discouraging excessive dependence on short-term foreign loans.
* Use exchange controls to redirect the foreign currency earnings from Russia's exports away from the purchase of Mercedes automobiles and other luxuries and toward products essential for the welfare of ordinary consumers and for rebuilding Russian industry.
Apart from the renationalization plank, none of the above policies are very radical. Many of them were used at some point during the New Deal era by the U.S. government, which explains why the Russian opposition continually refers to the American New Deal as an inspiration for its program!
If Russia decisively turns away from neoliberalism and embraces a program something like the above, there is a good chance its disastrous economic collapse would be reversed, followed by economic recovery and expansion. Russia does not require Western aid or investment. It has everything it needs: abundant raw materials, an educated and skilled labor force, a diversified economic base, and a potentially large domestic market.
If Russia can be freed from the neoliberal policies that have shackled and destroyed its economic potential, it can begin to grow and develop again. Ironically, a growing Russian economy might well attract the kind of long-term foreign investors that would be helpful, although not essential, for its development. Such investors have shied away from a Russia made unstable and impoverished by seven years of neoliberal policies. K

http://www.thirdworldtraveler.com/Econo ... ussia.html

El tiempo transcurrido, más de una década, nos permite ver que las recetas propuestas por los antiliberales y que han sido aplicadas en buena parte por los sucesores del borracho, han funcionado relativamente bien (aunque siguen dejando mucho que desear en varios ámbitos) Obvia que, al fin y al cabo, el New Deal de Roosevelt era una copia encubierta de muchos de los procedimientos de la economía planificada soviética, por lo que habría que debatir quién copió a quién. Lo único que queda meridianamente claro es que el capitalismo es perjudicial para la salud, y cuanto más libre, peor.

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17 Mar 2010 13:59
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Hola.

Tras haber criticado con tanta dureza los efectos del capitalismo en Rusia, se impone una tregua y ver las cosas desde otra perspectiva, digamos más "liberal". Si algún forero consigue aguantar una lectura completa del texto sin soltar una carcajada y/o juramento, será condecorado con la Medalla al Mérito de Héroe de Todas las Rusias.

Como poco. :shock:

Citar:
Al final, Yeltsin se decidió por la libertad

por Andrei Illarionov

Andrei Illarionov es ex-asesor económico del presidente ruso Vladimir V. Putin y Académico Titular del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute.

Boris Yeltsin vivió y murió como un hombre libre.

Las cosas más importantes que hizo en su vida las logró por si mismo, desde el banya (un tipo de sauna ruso) que construyó cuando era joven y con sus propias manos para su abuelo, hasta el hecho de haber renunciado a su puesto en el Kremlin el último día del siglo XX. Esta clase de independencia es característica de una persona libre.

Yeltsin era un disidente. Criado por una familia que había sufrido la represión Estalinista, vivió su vida entera en desafío de ella. En 1986, contra todas las reglas y tradiciones de los gigantes del partido, él solo se lanzó a las calles a realizar campaña en los autobuses y los almacenes, sin acompañamiento o algarabía. En el verano de 1991 pidió que el piloto del avión que lo traía desde Kazajstán aterrizara en un aeropuerto distinto, eludiendo así su captura de la de los que le acompañaban por los agentes de la KGB, los cuales les esperaban en el lugar de aterrizaje planeado. El 19 de agosto de ese año, en contra del consejo de sus asistentes y consejeros, fue a la Casa Blanca, a pesar de la incertidumbre y la posibilidad real de que podría ser asesinado.

La disidencia es característica de una persona libre.

Yeltsin respondía por sus hechos. Ya sea por sus grandes realizaciones —la victoria sobre el comunismo, la disolución pacífica del imperio, la liberación de la economía y la introducción de una constitución democrática— como también por sus errores más graves —la Orden 1400 con la cual disolvió el parlamento en 1993, la primera guerra en Chechenia y la falsificación de las elecciones del Estado Duma en 1996. Él no se ocultó detrás de alguien ni intentó librarse de la culpa. No solamente hablaba acerca de asumir la responsabilidad —él lo hacia. No solamente de sus propios errores, pero también por los de otros. No intentó ocultar momentos de incompetencia, excusarse por sus debilidades o recurrir a la maldad de culpar a otros. Asumió toda la responsabilidad por si solo. Ya sea por aquellos que perdieron sus vidas defendiendo a la Casa Blanca, como por la hiperinflación y el declive económico y los horrores de la guerra, él asumió la responsabilidad por otros y pagó por ello con la caída de su propio respaldo y popularidad.

Poder asumir responsabilidad y seguir adelante, con ese peso encima, es señal de una persona libre. [Aquí lo llamamos cinismo, pero usted nos se corte, siga siga]

Yeltsin cometió errores y, en armonía con su carácter, fueron enormes. Pero resultó ser el peculiar político ruso que no tuvo miedo de admitir sus errores y que, cuando era posible, los arreglaba. De la demolición de la casa de Ipatiyev en Yekaterinburg en donde ejecutaron al Zar Nicolás II y a su familia vino la erección de un monumento en el mismo lugar. Él comenzó la primera guerra en Chechenia y la llevó a un final. Mientras que el dejaba el poder, se disculpaba con el pueblo ruso.

La capacidad de aceptar la responsabilidad de errores propios es muestra de la verdadera fuerza y esta clase de fuerza puede pertenecer solamente a una persona libre.

A pesar de sus fuertes instintos políticos, Yeltsin podía ser notablemente ingenuo. Podía creer sinceramente en la invulnerabilidad del rublo en la misma víspera de la devaluación de 1998, por ejemplo. Pero sin importar que tan burlones, tenaces y sin fundamento se volviesen los ataques de la prensa, él nunca los persiguió con una palabra de represión política o intentó restringir las actividades de los periodistas.

La libertad del discurso es solamente entendida y valorada por una persona verdaderamente libre. La idea de la libertad del discurso era central para Yeltsin.

Yeltsin amó y se aferró al poder. Es difícil imaginar a cualquier otra persona que haya luchado tanto por obtener el poder y luego por retenerlo. Para él, era un instrumento peculiar y valioso. Su valor estaba en lo que podría lograrse con este, y no solo para sí mismo. Él no se convirtió en un esclavo del poder. Él fue más grande que el poder.

Yeltsin necesitaba del poder para utilizarlo por Rusia. Era como si no hubiera nada que él no estaba dispuesto a hacer por el país. En su lucha por la libertad y la prosperidad del país, realizó grandes hazañas y cometió errores trágicos. Se aferró al poder y después se lo devolvió a Rusia. Sacó al país del comunismo, fuera del imperio y su pasado —y lo encaminó hacia el futuro. Lo empujó hacia adelante, hacia la civilización, hacia la apertura y la libertad.

Cada persona crea en su propia imagen y es imposible para una persona que no es libre crear una sociedad libre. Rusia es libre porque Yeltsin y aquellos alrededor de él en 1991 ya eran libres.

Para sus rusos queridos, el resultado era siempre algo maravilloso o algo catastrófico. Quizás él no tenía la educación, visión o experiencia necesarias. Pero está claro ahora que este muchacho de un pequeño pueblo en los Urales demostró más consistencia, patriotismo y decencia humana que cualquier graduado de una universidad de ciudad grande.

Ningún esclavo puede ser un patriota. Un esclavo pertenece al dinero, a los activos, a las corporaciones, a los amigos o al mismo poder. Un patriota pertenece solamente a su país. El patriotismo está en el carácter de una persona libre.

Yeltsin pasó su presidencia entera buscando un sucesor —no para defender los intereses suyos, pero los del país. Antes de la crisis económica 1998, buscó entre sus economistas jóvenes. Todos, desde Yegor Gaidar hasta Sergei Kiriyenko, fracasaron en pasar la prueba. Después del desplome, su enfoque se dirigió hacia los miembros jóvenes de los servicios de seguridad, todos fallaron la prueba rápidamente. Vladimir Putin, la octava figura que fue examinada, parecía el mejor de entre todos. La decisión fue hecha y a Putin se le dio todo: poder, recursos, ayuda emocional, etcétera. Sobretodo, se le dio una orden importante y sincera: “Cuida a Rusia”. [NOTA: "Rusia" era el apodo que Yeltsin daba a su botella de vodka favorita. O eso creo, a tenor de lo que acabo de leer]

Pero las dudas del principio eventualmente se convirtieron en preguntas y estas últimamente se convirtieron en objeciones. Yeltsin reaccionó a la dolorosa traición no de él, sino de Rusia. Pero ya no había nada que él podía hacer para detener la marcha hacia atrás. Sus preocupaciones privadas y sus súplicas públicas fueron detenidas rápidamente. Se había convertido en su peor error.

Todo lo que se había hecho en esos años, en el curso de una lucha inmensa que cobró tantas víctimas, fue perdido. Todo lo creado por Yeltsin en el nombre de libertad rusa ha sido sistemáticamente y metódicamente destruido.

¿Qué podía hacer él una vez que el tremendo error había sido cometido? En un momento en que nadie era culpable aparte del mismo Yeltsin y en que él ya no tenía el poder, salud, tiempo o aún la oportunidad de hablar abiertamente y de intentar revertir el error. ¿Qué podía hacer él? ¿Podía solamente sentarse y escuchar, tolerar y resignarse a lo que sucedía? ¿Podía haberse reconciliado a si mismo con aquello y, por su acuerdo silencioso, sancionar la destrucción de la Rusia libre que él había creado? Eso habría significado haber luchado por la libertad toda su vida y, al final de todo, ayudar al enterrarla. No era una opción. Yeltsin rechazó jugar ese juego. Atrapado en un callejón sin salida, Yeltsin encontró una salida —la salida para una persona libre.

Yeltsin tomó la decisión más importante de su vida misma. Su corazón no podía resistir el dolor de la Rusia de hoy.

Entonces se fue.

Como en señal de protesta.

Como muestra de rechazo.

Como muestra de que no aceptaría lo que le sucedía al país.

Nunca le entregó su libertad a persona alguna. Permaneció libre. Por siempre. Un hombre libre de una Rusia libre.

Este artículo apareció en el periódico Moscú Times abril 28 de 2007.

http://www.elcato.org/node/2490

Así, con un par, pero un par de libres, ojito. Se admiten sugerencias sobre las substancia ingerida/esnifada/inoculada vía intravenosa/fumada por el autor de las líneas precedentes. Naturalmente, puede ser una mezcla de substancias.

Pero todas ilegales, seguro.
¡Saludos!

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09 Jun 2010 23:17
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Yeltsin era libre pero para enriquecerse a costa del estado ruso, no tienen vergüenza alguna de defenderle a el y a su entorno, hay que preguntarse si la ciudadania era libre.

Un hombre libre, claro de hacer a su antojo y gobernar como un autocrata, en eso sabia usar muy bien su libertad, realmente para la risa, soy impropio jamas me ganare una medalla.


10 Jun 2010 01:31
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Me han entrado unas terribles ganas de ..............vomitar!

jejeje! groserias aparte el instituo Cato cuenta con 24 millones de $$$ anuales para financiarse estas cositas quizá a alguno (o a todos) sus "desinteresados" patrocinadores:
* Altria Group (Formerly Philip Morris)
* American Petroleum Institute
* Comcast Corporations
* FedEx Corporation
* Microsoft
* R. J. Reynolds Tobacco Company
* Visa Inc.
* Wal-Mart Stores Inc.
* A number of foreign and domestic car companies
Les gustaría un nuevo Yeltsin pero me parece a mi que los árticulos en Moscow Times van a darles pocas oportunidades.

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Вылезай, буржуи! Будем вас судить.
За измену Родине будете платить.


10 Jun 2010 09:32
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Vamos, que de momento nadie se ha ganado la medalla... :lol: :lol:

Schuka-B escribió:
Un hombre libre, claro de hacer a su antojo y gobernar como un autocrata, en eso sabia usar muy bien su libertad, realmente para la risa, soy impropio jamas me ganare una medalla.


A eso iba yo, aquí tuvimos cuarenta años de "libertad individual", un tío hacía lo que le daba la gana y los demás a obedecer. Obsérvese que los liberales casi siempre defienden la "libertad individual", ¿tanto les cuesta usar el plural? :nolose:

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10 Jun 2010 09:59
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